Sandokán, el cabrero que se convirtió en dios del ladrillo y acabó en la cárcel

Imagen de archivo de la llegada de Rafael Gómez a la prisión de Córdoba | MADERO CUBERO

Atribuyen a Luis Carreto, expresidente de los empresarios de Córdoba, la frase que mejor define a Rafael Gómez Sánchez, alias Sandokán: “El hombre que corría más que los papeles”. Como si de una película del Oeste americano se tratara, Gómez era quizás la mente más rápida de Córdoba para los negocios. Gracias a su temeridad erigió de la nada un imperio del ladrillo, pero con unos pies de barro. Correr más que los papeles significaba construir sin tener licencias y emprender sin pagar impuestos. Por eso ha acabado con sus huesos en la cárcel.

Rafael Gómez Sánchez nació pobre en 1944. Él mismo le contó su infancia a lágrima viva al tribunal que juzgó Malaya, el mayor caso de corrupción urbanística de la historia de España y desarrollado solo en un Ayuntamiento, Marbella. Ya de niño se puso a trabajar como cabrero, como pavero y hasta como hombre anuncio de unos cines de verano que décadas después llegó a comprar. Con una cultura limitada por la falta de estudios (él mismo fraguó una leyenda de que apenas sabía leer) y una inteligencia innata para hacer negocios, pronto comenzó a destacar.

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Aunque a nivel nacional es conocido como Sandokán por su notable parecido con el famoso personaje -el actor indio Kabir Bedi- de una serie de televisión de los años setenta, a Rafael Gómez le llaman en Cañero el Tapaeras. Tras emigrar y regresar a Córdoba desde Francia, Gómez comenzó a ganarse la vida vendiendo ollas a las clientas de su mujer, su Loli (Dolores Serrano), que era peluquera. Gracias a ese beneficio, pronto pudo comenzar a prosperar en la actividad que en esos años era la gran industria de Córdoba: la platería y la joyería.

En su increíble comparecencia ante el tribunal del caso Malaya, Gómez relató cómo comenzó a ganar dinero en el negocio de los oros. Sandokán le compró el taller a su jefe junto a otros dos socios más cuando estaba a punto de irse a trabajar a Suiza a “pelar pollos”. Sus socios se marcharon al país helvética y él logró comprarles su parte gracias al dinero de la “orza”, el material que salía cuando los joyeros tras trabajar se lavaban las manos. Acabó convirtiéndose en el joyero más importante de España.

En los años noventa, Rafael Gómez era ya uno de los hombres más ricos de Andalucía. Se empezaba a codear con los nuevos ricos de España. A principios de la década del nuevo milenio se “enamoró” de la construcción, según llegó a confesar. Funda Arenal 2000 gracias a una promoción de viviendas que empezó a construir en este popular barrio, junto a La Fuensanta. Gracias a las plusvalías que logró en Córdoba y, sobre todo, al crédito fácil y abundante que le suministraba Cajasur, principalmente, a través de su presidente, el fallecido Miguel Castillejo, Rafael Gómez dio el salto definitivo a la Costa del Sol.

Compra el Tivoli, construye en Puerto Banús, en Fuengirola, en Torremolinos, en Benalmádena, y se queda con el Córdoba Club de Fútbol cuando el equipo malvivía en Segunda B. Son sus años felices. Se codea con Jesús Gil, juega timbas míticas con los que luego acabarán detenidos en la operación Malaya (Juan Antonio Roca), financia todo lo que le piden en Córdoba (ahí están la Fundación Gala, los cuadros de Romero de Torres que él mismo aseguró que la exalcaldesa Rosa Aguilar le pidió que comprara...), se construye una mansión en Sansueña donde llega a imitar Tara, la casa de Lo que el viento se llevó, y hasta se hace una suerte de Despacho Oval en una de sus salas. Empieza a pensar a lo grande.

Rafael Gómez decide construir el Parque Joyero en los suelos que ocupaban antiguas instalaciones industriales del Oeste de Córdoba. Para hacerlo, se fija en uno idéntico en Nápoles. En la ciudad es mítico el viaje que él mismo financia a la ciudad del sur de Italia, con periodistas y altos cargos municipales. Anecdótico y significativo es el regalo que le hace al presidente de la República de Italia en los noventa, Carlo Ciampi, un caballo blanco que sorprende a todos los presentes.

En esos años, Rafael Gómez es “el gladiador de los billetes”, como él mismo se bautiza. Tiene tanto dinero que es habitual que se convierta en una especie de padrino de Córdoba: todo el que acude a pedirle ayuda la recibe. Paga sin pedir nada a cambio bodas, carreras universitarias, ayudas para acabar de pagar hipotecas, facturas... Coloca a trabajar a hijos de amigos y familiares y llega a crear un imperio con miles de trabajadores a su servicio.

A principios del siglo XXI, Rafael Gómez es poderoso. En círculos íntimos, él mismo llega a considerar su propia importancia por la cantidad de dinero que debe en impuestos, que decide no pagar, algo por lo que acabará en la cárcel casi 15 años después. A través de un conglomerado de empresas, sigue construyendo sin parar. Se siente invencible. Sigue operando a crédito (llega a generar débitos con los bancos de casi 1.000 millones de euros) y adquiriendo todas las propiedades que se le ponen a tiro.

Compra la antigua fábrica de Colecor en la carretera de Palma del Río, donde de la noche a la mañana demuele la histórica torre de la leche en polvo, que estaba protegida. Nada lo para, nadie le tose. Tiene dinero “para asar una vaca”, por lo que de manera temeraria decide ir a por todas y construye sin parar aunque no haya recibido aún los permisos para hacerlo. En semanas, construye una nave industrial gigantesca en la antigua Colecor. En la Carrera del Caballo, en medio de un oasis de encinas, levanta una urbanización de semilujo. El Ayuntamiento de Córdoba empieza a ponerse serio. Pese a su cercanía con la alcaldesa Rosa Aguilar, hoy consejera de Justicia, a la que invita a la boda de su hija (esa en la que el marisco llegaba recién pescado desde la costa en helicóptero), la Gerencia de Urbanismo le impone las multas más altas de Europa por construir sin permiso (aunque no precinta las obras).

Empieza el ocaso. Rafael Gómez quería convertir la antigua Colecor en una especie de centro comercial de todo tipo de productos muy baratos. Una especie de chino gigante. Creó una marca, Retier, con la que iba a jugar ya en otra liga: la de las grandes superficies. Estuvo a punto de lograrlo. Viajó a China y llenó un barco de productos que siguen hoy en las estanterías de la antigua Colecor. Pero la multa del Ayuntamiento y la falta de permiso frustraron sus planes.

En la primavera de 2006 los acontecimientos se precipitan. En una segunda fase de la operación Malaya Rafael Gómez es detenido cuando acababa de salir de su chalet de Sansueña. Iba a las naves, desde que decidió centralizar allí todas sus empresas. Pasó casi 100 horas detenido en la comisaría de Marbella. Fue arrestado por un intento de soborno para construir unas oficinas y casi una década después condenado a 18 meses de prisión. No tenía antecedentes y la condena le dio más un dolor de cabeza que otra cosa.

Con Malaya y con el estallido de la crisis inmobiliaria, su imperio comienza a derrumbarse. Incapaz de pagar lo que debe, llegan los embargos de los bancos, que nunca ejecutan sus débitos y lo desahucian. Aún hoy, sigue teniendo las llaves de las naves de Colecor, aunque sobre el papel son del Banco Popular.

Pero Rafael Gómez, incombustible, no se rinde. A finales de 2010 decide presentarse a las elecciones municipales. En mayo de 2011 logra convertirse en jefe de la oposición. El PP ha arrasado, ha logrado una histórica mayoría absoluta, pero Rafael Gómez ha obtenido cinco concejales, uno más que Izquierda Unida, que llevaba 12 años en la Alcaldía.

Como líder de la oposición se convierte en un auténtico fenómeno mediático. Sus improvisadas ruedas de prensa, en las que nunca se sabía qué iba a decir, acaban convirtiéndose en noticias de alcance nacional. Se hace más famoso de lo que ya era. Sigue ayudando a gente pobre, especialmente a la extremadamente pobre, financiando la construcción de platos de ducha en sus cuartos de baño. Y se gana su afecto. Pero el pasado siempre vuelve y Rafael Gómez va a ver cómo se convierte en su pesadilla.

Es precisamente una noticia exclusiva de Cordópolis la que revela que Rafael Gómez puede acabar en la cárcel. Gómez, su mujer y sus cuatro hijos son investigados por dejar de pagar impuestos. La deuda que le reclama Hacienda es millonaria. Acaban sentados en el banquillo y pese a que la sentencia es benevolente, ya que los jueces dejan libre primero a su mujer y luego exculpan a sus cuatro hijos, Rafael Gómez es condenado a cinco años de cárcel.

El gladiador de los billetes, el impolvorizable, el hombre que corría más que los papeles, se tiene que rendir. El 4 de diciembre de 2017, y tras recurrir a todas las instancias judiciales habidas y por haber, Rafael Gómez Sánchez acaba entrando en la cárcel de Alcolea. Antes visitó la de Melilla. Pero se inclina por la de Córdoba. Prefiere estar cerca de su casa. A sus 73 años, Rafael Gómez cumple una de las últimas etapas de su vida. En la noche del 4 de diciembre, la puerta de su celda se ha cerrado. Por delante, cinco años de condena. Sus abogados esperan que no llegue a cumplir tantos, pero él sabe lo que le espera y se siente fuerte. Está enfadado, más con la Justicia que consigo mismo. Pero no se va a rendir.

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