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Hay quien vive en un bloque de pisos sin ascensor, pero Pepe Báez, de 60 años, lo hace atrapado en un cuarto piso. A este vecino del barrio de La Fuensanta, en Córdoba, le amputaron las dos piernas, la última hace un año y medio. Ahora, no tiene cómo bajar a la calle, a no ser que lo haga casi arrastrándose y sujetándose a la barandilla y que su hijo y su mujer le ayuden. Esa es la única manera que ha encontrado para hacerlo y, aún así, el esfuerzo físico que supone solo le permite hacerlo una vez por semana. “Salgo solo los martes y si tengo ganas y me encuentro con ánimos”, explica a Córdópolis.

Pepe es diabético desde que tenía 24 años, casi los mismos que ha estado sentado en un camión. Como consecuencia de su enfermedad y problemas con la circulación, agudizados por su trabajo, el médico le comunicó que tendrían que amputarle la pierna izquierda hace casi cinco años.

Tres años después fue la otra la que comenzó a darle problemas, aunque al principio no le dolía. “Un día me vi una mancha negra en la uña y fui al médico y me dijo esta uña la vas a perder, y me la arrancó”, narra. Ese mismo día, Pepe perdió los primeros dedos del pie. Los médicos fueron poco a poco, explica, porque querían salvarle el miembro. “Querían que la piel se regenerase y formar así un muñón con el que pudiera apoyarme”.

Pero no fue así, y el insoportable dolor que sufría Pepe, y que le hizo volverse adicto a la morfina para poder soportarlo, le llevó hasta el hospital para pedir que le amputasen el miembro. “Un día me levanté y le dije a mi mujer vístete que nos vamos al Hospital, voy a que me corten la pierna”. “Notaba que me estaba muriendo en vida del dolor”, cuenta, pero con su decisión “una vez muerto el perro, se acabó la rabia”.

“Veía bichos por todas partes por las pastillas”

Tal era el dolor que tenía Pepe que llegó a tener un problema de adicción a la morfina del que, a día de hoy, se sigue recuperando. “Ahora me estoy desenganchando, todavía tomo unas pastillas con una dosis muy baja”, detalla. Cuando aún tenía una pierna, necesitaba constantemente tomar el medicamento para sobrellevar el dolor, “estaba enganchado a la morfina ya no sabía ni quién era, estaba enfadado con mi mujer y con mis hijos”.

Tal era su adicción, narra, que unos chupachups que le dieron para tomarse cuando sintiese dolor se los tomaba en cuestión de días. “Una caja que me tenía que durar para un mes, me la comía en menos de media semana”. A consecuencia del abuso del calmante, Pepe llegó a tener alucinaciones, “veía bichos por todas partes por las pastillas”. “No es normal ver una lagartija en un calentador de la habitación tumbada calentándose o una rana saltando en la cocina”, señala.

Sin ascensor y sin poder desplazarse apenas por su casa

Pepe le pidió ayuda a su amigo el deportista paralímpico Domingo Díaz para colgar un video en las redes el pasado verano. Gracias a este, ha conseguido una ayuda de Vimcorsa con la que a partir de este lunes le cambiarán y renovarán todas las puertas de su domicilio. Y es que, hasta ahora Pepe solo puede desplazarse desde el salón hasta su dormitorio, sin poder entrar en cualquier otra habitación. Para entrar al baño tiene un banquillo con ruedas que deja siempre al lado de la puerta para poder desplazarse desde la silla de ruedas hasta este. “De ahí voy hasta el váter, de ahí salto para la bañera y me siento en otro banco”, detalla.

Sin embargo, a pesar de que ha recibido esta ayuda unos meses después de la publicación del vídeo, Pepe sigue sin encontrar la manera de que le ayuden a instalar un ascensor en su bloque. Fue su coraje el que le hizo tirar para adelante y no quedarse “muerto en vida”. Según confiesa, en otras ocasiones ha pensado en acabar con su situación de otras maneras más drásticas. Aunque ha sido por su familia por quien no lo ha hecho. “Le he echado mucha voluntad y para adelante”, apunta.

Para los días en los que baja, agarrándose con una mano a la barandilla y con otra apoyándose en el suelo, escalón tras escalón, tiene abajo una silla eléctrica o su “todoterreno”, como la llama. En esta se monta para recorrer la ciudad y dejar atrás su piso y su silla de ruedas que le impide avanzar unos metros por el esfuerzo. “Eso sí que es libertad, poder moverme solo y no así, que no llego de aquí a esquina porque me asfixio”.

Pero lo primero que necesita Pepe para sentir la plena libertad es un ascensor que le baje las cuatro plantas hasta la puerta de la calle. Algo que lleva esperando desde hace años y en lo que sus vecinos no tienen objeción ya que todos son también personas mayores y con otros problemas de movilidad. Sin embargo, aún no le han dado una solución.

Unas prótesis pioneras en España

Pepe tuvo una prótesis pero nunca se llegó a adaptar a ella, “el último día de las clases para adaptarme me caí y me rompí dos costillas”, explica. Por ello, gracias a su médico de rehabilitación, podrá tener unos anclajes nuevos de Estados Unidos, con los que será pionero en España. Estos le facilitarán apoyarse en el suelo para desplazarse y apoyarse mejor. “No lo pondrán a mucha altura, lo harán para que pueda entrar al baño y andar por casa”, aclara.

Su médico fue quien le recomendó no seguir intentando adaptarse a la prótesis ya que, al tener también problemas de corazón a causa de la diabetes, hacer fuerza para levantar la prótesis le podía acarrear más daño. “Me dijo que si me costaba trabajo levantar una, más me costaría levantar las dos”, explica. Tras esto, no ha vuelto a usarla y espera confiado a los nuevos anclajes.

Pero el mayor problema de Pepe no es desplazarse por casa, ya que en que en pocos días le habrán ampliado las puertas para poder pasar con la silla. La mayor coacción de su libertad y movimiento se lo provoca la falta de ascensor en su edificio, para el cual sigue pidiendo ayuda.

De momento, Pepe pasa los días en casa viendo la tele, jugando en su ordenador; con su familia; su perro; su cobaya y sus pájaros, hasta que otro martes sigue sacando su fuerza de voluntad para bajar a la calle. Demostrando así que este es el principal ingrediente para salir adelante.

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