Bill Frisell: el material con que se fabrican los sueños

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El intérprete presentó anoche su disco de jazz 'Guitar in the Space age'

Bill Frisell presentó anoche en Córdoba su disco Guitar in the Space age, integrado en el ciclo de jazz del Festival de la Guitarra junto a los conciertos de Marc Ribot, Frank Gambale, y Sting, que cerrará la edición el domingo en la Plaza de Toros.
 Le acompañaban Tony Scherr al bajo; Kenny Wollesen con la batería, percusión y vibes; Greg Leisz al pedal steel y la guitarra eléctrica; y tres simpáticos alces de peluche que presagiaban la nostalgia impregnada en todo el concierto. Son compañeros y amigos en la música de toda una vida; como Greg Leisz, a quien considera su hermano de guitarra. Se solapan ajustados entre sí como engranajes de una maquinaria precisa, para elevar el sentimiento de una música aparentemente sencilla, pero profundamente evocadora. Esta complicidad se refleja especialmente en temas como Reflections From The Moon, un canon a dos guitarras con reminiscencias oníricas, y, por supuesto, espaciales, que crean armonías melancólicas y cargadas de ensoñación. En palabras del guitarrista, este disco resulta de “amar esta música y a estos chicos. Todo es aprender y profundizar en la música, y buscar de dónde venimos. (...) Ninguna música está por encima o por debajo de otra. Toda es difícil. Toda es hermosa. Es una sola”

La portada es muy expresiva: un astronauta sin cara rodeado de unas bombas supuestamente atómicas y sobre unos girasoles. Frisell, que nació en Baltimore en 1951 y pasó su infancia en Denver, tenía sólo once años cuando el Telstar fue noticia como primer satélite artificial de telecomunicaciones del mundo que se lanzó al espacio. El mismo año nació uno de los ingredientes característicos del disco, la Fender Telecaster (conocida también como la tabla), cuyo

sonido marcó una generación de músicos a los que este disco rinde homenaje. Fue al entrar en su adolescencia cuando el Chicago blues y la música surf y alt-country de la época le impactó e

impulsó a tocar la guitarra. Esta década y el comienzo de la siguiente marcará la selección (junto con temas propios del guitarrista) de lo que encontraremos en Guitar in the Space age.

Frisell arrancó su concierto apelando al espíritu más folk de su repertorio. El tipo de sonrisa perenne y espíritu de abuelo en zapatillas de deporte nos transportó a la escena de cafés y músicos folk de Greenwich Village durante los primeros años sesenta. La época en que hicieran eclosión la contracultura, los cultural studies, el movimiento feminista, la música psicodélica, el movimiento por los derechos civiles, o los lemas haz el amor y no la guerra y USA fuera de Vietnam. Durante unos minutos el público de el Gran Teatro se sintió transportado al festival de Woodstock en 1969: decenas de personas disfrutando de la música, el cerebro inundado de serotonina, sosegados y felices como bajo los efectos de alguna droga. Incluso en los solos de una canción puramente folk, que gravita a la disonancia, Frisell es capaz de construir estructuras elaboradas y desestabilizar el ritmo. Es el culmen de esa década de rebeldía, resistencia pasiva, LSD, rock psicodélico y literatura original e innovadora. Cierro los ojos y pienso en Ken Kesey, que en 1964 comandó los Merry Pranksters, un grupo de amigos que vivían en comunas y recorrían EEUU en un bus escolar repartiendo LSD. Wollesen, el batería, mueve también sus escobillas con los ojos cerrados, living is easy with eyes closed/ misunderstanding all you see.

Tras el folk los abueletes entrañables se adentran en el surf rock con el

Pipeline de los Chantays y las hipnóticas notas de Scherr al bajo como su acorde vertebrador. Frisell y Leisz tocan al unísono, sosteniendo las notas para embellecer la melodía y desplegando efectos de distorsión. La evidente influencia de Hank Marvin le da un sonido extrañamente occidental, y la cajita de música de Frisell -como un recuerdo de tiempos pasados- aporta su toque personal al tema. Su intuitivo diálogo es más pronunciado aún en Tired of Waiting for You, de Ray Davies, que se transforma de melodía pop a jam psicodélica; en Boogie de Bryant de Jimmy Bryant, con el swing que forma una gran parte del ADN musical de Frisell; o en la polifónica y límpida The Shortest Day.

Para el bis se guardaron una versión ecléctica del Turn turn turn de The Byrds, canción de Pete Seeger previa adaptación del libro del Eclesiastés. Su versión americanizada habrá, quizá, levantado ampollas tanto entre los puristas del jazz tradicional como entre los jazzistas de vanguardia. Para los primeros, jugar con tres o cuatro acordes para occidentalizar la melodía representa una desviación de lo que el jazz debe ser: oscilación del blues. Para los segundos, el Frisell melancólico no está explotando plenamente su potencial como músico creativo.

Sin embargo, como a esos abuelos a los que se escucha relatar durante horas sus batallitas de aventuras pasadas -nunca tan apasionantes para el oyente-, Frisell se ha ganado el derecho a comprometer su memoria y ser escuchado con atención. El concierto fue -al igual que los aplausos- nostálgico, pero aunque resulte imposible igualar en una representación artística la emoción de lo vivido, creo que el guitarrista respondería a los críticos como aquel Sam Spade interpretado por Bogart en El Halcón Maltés: citando a Shakespeare, pues, “Está hecho del material con que se fabrican los sueños”.

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