La idea definitiva para salir de la crisis

Oye, voy a contarte un secreto.

Ayer encontré la solución definitiva a la crisis.

Me he topado con una idea rompedora. Con una idea novísima: con algo ignorado centuria tras centuria, que se deslizó en silencio ante los ojos de la ciudad, más preocupada por generar conocimiento que por limpiar vasos y servir aceitunas.

Tengo un sueño. Lo pronuncio alto y claro, de forma rotunda.

Voy a montar un bar.

Nadie nunca en Córdoba desarrolló tan ambicioso proyecto. Yo lo he pensado y yo lo he visto claro. Opciones no me faltan. Se tratará de un bar que regale tapa con la consumición, igual que ocurre en Granada o en Jaén. ¿Te imaginas? Todos los establecimientos de los alrededores se subirán al carro, y se alzará un parque temático de la hamburguesita y el minikebab en apenas tres calles, como un Isla Mágica del por ná ya estás comío.

O un bar que apueste por la gastronomía típica de la provincia, con el objetivo de seducir a los turistas que paseen por Córdoba sus calcetines blancos, y rendir tributo así a Nuestra Señora Madre María Santísima de las Pernoctaciones. Un bar con flamenquín y salmorejo, con la mayonesa casera como especialidad que rematará cada bandeja: oh huevos, oh aceite, aliados de la ensalada como guarnición, que nuestro fiel arcángel os bendiga.

O un bar, mejor aún, que se bautice restaurante y ofrezca todo eso pero con vajilla de la buena, con listón por las nubes que garantizará más personas todavía durmiendo aquí más noches y con más ímpetu y visitando todos los espectáculos nocturnos, uno tras otro, al aire libre y en monumentos y en bares, que garantizará la supervivencia de los gatitos de las cadenas que te envían por correo electrónico, que garantizará intervenciones de Baquerín en todos los plenos que se celebren hasta que el mundo deje de considerarse mundo y explotemos todos y PUM.

En ese momento, ya se imaginan, los bares perderán todo el sentido: el mío el primero.

Pero yo pienso, mientras tanto, en montar un bar en la Sala Victoria; qué digo un bar, un puesto y otro puesto y otro puesto en los que ir coleccionando fichas, aquí un pescadito, allá un vino, y gozarlo todo después, comentándolo en el bar con los colegas. Transformar la Pérgola en una discoteca, que es algo nunca visto, cosa loca. Instalar una yogurtería en el Quiosco de la Música: no rogar a la banda la generosidad de un tema más, sino preguntar cuántos toppings me pones. Un bar en el avión cultural. Un bar en el C4: multitud de bares, bares cofrades, peñas flamencas, franquicias de comida rápida, preguntadle a Nieto y Sobejano cuánto espacio para cuántos bares proyectaron en su día.

Un bar en la Mezquita-Catedral atendido por Don Demetrio, tabernero de verbo infatigable. Evoca sus conversaciones al otro lado de la barra: ay la Trini, menuda es, que se va con cualquiera, y lo de los niños, qué me dices, qué opinas, anda que. Y mientras el trapo en el hombro, para limpiar los cercos de los vasos de cerveza.

Un bar en el vestíbulo del Ayuntamiento. Con un altar temático como reclamo. Que si la Semana Santa, que si la Cata, que si la Feria, que si el Metrotren, que si el Halloween.

Un bar permanente en la Cuesta del Bailío. Una mesa con sus sillas en cada escalón. O un verbena espontánea, sin arraigo, porque sí. La vida es joven. Vete al bar.

Un bar siempre está bien y un bar siempre logra parroquianos: aunque condenados al paro, quién no dispone de un par de euros para gastarlos en cañas. Que en los bares te encuentras con los amigos. Que en los bares te emborrachas y te abrazas incluso con quien te traiciona. Que los bares significan perdón y redención. Que los bares significan belleza y felicidad y en los bares se celebra la alegría de vivir y de vivir, claro, en los bares, muy contento.

He soñado con bares ocupando zonas verdes. He soñado con niños que jugaban en los parques que ahora —que entonces— ocupan —ocuparían— los bares, y reclamando un zumo de piña y creciendo en esos bares, y después montando los suyos propios. He soñado con bares con olor a cañería. Con bares con periódicos en papel. He soñado con hombres y mujeres de camisa blanca y pantalón negro que avisan del cierre de cocina. Que te traen la cuenta. Que festejan la propina.

Oye, yo lo del bar lo veo claro.

Pero lo digo bajito, no se me vayan a copiar.

Vosotros dedicaos a los rollos de siempre: las empresas de base tecnológica, las industrias culturales, los negocios sostenibles, hablando de I+D+I todo el santo día en lugar de bajaros al bar a tomar una caña.

Anda con vuestras cosas raras.

Que el futuro nuestro es montar un bar.

Eso sí, que no se entere nadie.

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7 de octubre de 2012 - 08:00 h