La teoría de las luces largas

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Mi mujer suele ser el último filtro antes de mandar cada uno de estos artículos, la última lectura crítica y subjetiva previa a que el texto llegue a CORDOPOLIS. Suele tener mucho ojo a la hora de saber qué artículos generarán polémica, cuáles tendrán más éxito o pasarán más desapercibidos. Es muy aséptica y racional, así que suele estar muy alejada de la terminología facilona y a veces ñoña que rodea a la inteligencia emocional, por eso me exige referencias, bibliográficas o científicas, para que los textos sean lo más fiables y sólidos posible. Sólo en determinadas ocasiones acudo a otras opiniones externas que den el visto bueno a los artículos, gente con criterio y en los que confío esperando la mayor crudeza y la crítica más sincera.

Uno de ellos es mi amigo Boelo, del que escribí hace tiempo y que además de su experiencia me aporta otra perspectiva cultural. Aunque lleva más de 20 años viviendo en Málaga dice que sigue siendo muy holandés en su carácter y en su forma de pensar, muy crítico, con la frialdad centroeuropea que contrasta con la sangre caliente mediterránea. Hace un par de semanas confié en él para que me diera su opinión acerca de un artículo que podía levantar ampollas y obtuve una respuesta que no por esperada dejó de hacerme reflexionar. Estoy casi seguro de que él no lo hubiera escrito, pero en caso de hacerlo no lo hubiera publicado nunca porque un segundo antes de darle al botón de enviar hubiese impuesto su criterio racional sobre la impulsividad emocional. Hace unos días hablé con él y me dejó una pregunta para darle una vueltecita: "¿Con qué objetivo lo escribiste?"

¿Para qué hacemos las cosas? ¿Con qué fin? ¿Qué queremos que pase en una situación concreta? ¿Qué final deseamos para una historia? ¿Cuál queremos que sea el resultado de un conflicto? ¿Qué consecuencias a medio o largo plazo pueden tener nuestras acciones inmediatas? ¡Buff!, vaya batería de preguntas, demasiado incómodas y quizás demasiado inesperadas, porque puede que nunca nos las hayamos hecho o quizás nunca en el momento adecuado. Puede que hayan llegado demasiado tarde, cuando un arrebato de ira o una acción incontrolada lo han echado todo al traste o cuando nuestros instintos más primitivos e irracionales han decidido tomar las riendas de una situación que quizás nos provoca placer o satisfacción instantánea, pero que probablemente deja heridas abiertas para el futuro, alguna de ellas incurable.

Preguntas, preguntas… Los buenos coaches sólo hacen preguntas. No dan consejos ni mucho menos respuestas brillantes. Es tan presuntuoso pensar que tenemos respuestas efectivas para todos los problemas de todo el mundo… Sí, sólo hacen preguntas, ni más ni menos. "¿Te parece poco?", me dijo un día uno de mis profesores, porque lo fácil es ir por la vida de listo, solucionándole la vida a la gente repartiendo fórmulas maestras como ese cuñado sabiondo que todos tenemos. Hacer preguntas es la esencia del coaching, buscar las respuestas del otro, hurgar en sus recursos para que descubra y explote sus propias estrategias, confiar en que cada uno de nosotros sabe mejor que nadie qué hacer para salir de un atolladero. Quizás sólo hay que arrojar algo de luz para que todos veamos nuestro camino. Si por cada certeza que tenemos en la vida nos hiciéramos una pregunta quizás descubriríamos un mundo entero que aparentemente ha estado oculto ante nuestras narices. Cuestión de luz.

La única pregunta que en principio está prohibida en coaching es ¿por qué?, ya que suele estar enfocada más a pasado, a explicar por qué hemos llegado hasta aquí pero con pocos visos de avanzar hacia ninguna solución. Preguntar por qué pasan las cosas es como meterse en un bucle con información para chismosos, pero con pocas pistas para salir del atasco. Luego vemos que tampoco hay que ser tan talibán y que en determinados momentos preguntar por qué es interesante para saber de dónde venimos y qué hizo que llegáramos hasta la situación actual. Pero no es la clave.

¿Para qué? Esa sí es la gran pregunta, la que deberíamos hacernos cada vez que tenemos que tomar una decisión, nos planteamos una duda o estamos a punto de dar un paso clave. ¿Cuál queremos que sea final de esta película? ¿Cuál queremos que sea la última escena? Ese "para" implica finalidad, una necesaria mirada a futuro para identificar las consecuencias o efectos que tendrán nuestras acciones y los objetivos a los que pretendemos acercarnos, pero también los motivos que nos empujan a ponernos en acción o a quedarnos quietos. La pregunta "para qué" nos exige enfocarnos en el resultado que queremos obtener y nos obliga a canalizar todas nuestras acciones en base a esa meta final. Ese es el problema de muchas personas y muchas empresas, que actúan desmesuradamente sin tener un fin concreto, lo que genera un enorme cansancio físico y emocional, además de no llevar a ningún sitio. O al menos, a cualquiera menos al pensado en algún momento del proceso.

No suelo trabajar mucho con parejas, pero en algún caso me ha llegado un matrimonio con problemas, con dudas acerca de su relación y crisis que tienen en vilo una historia común de años. Buscar culpables es tan recurrente como inútil, porque por mucho que demos con el responsable, la situación no va a cambiar ni un milímetro. En ocasiones vinieron a pedirme consejo, pero sinceramente no tengo ni idea de qué hacer para salvar la relación de otro. Bastante tengo con tratar de llevar la mía lo mejor posible, y a veces me cuesta. Así que como no tengo una respuesta válida (y menos, "la" respuesta definitiva), en estos casos sólo me queda hacer una pregunta: ¿Qué queréis que pase? Sí, porque en las relaciones de pareja (que no son más que una asociación de individuos vinculados por aspectos personales, económicos y emocionales), como en cualquier otra relación humana, lo mejor para adecuar las acciones presentes es definir con la mayor claridad posible el objetivo futuro. ¿Queréis separaros? ¿Queréis que este sea el final de vuestra historia en común? Pues poneros de acuerdo y como personas sensatas id mañana al juzgado y dejad de joderos entre vosotros y a toda la gente que os rodea. ¿Por el contrario, queréis que esto se arregle? Pues empezad a actuad hoy como os gustaría que fueran las cosas. Será difícil, porque quizás hoy la relación está herida, pero no hay otra forma de que mañana esté sanada. Esta idea, como casi todas, no es mía, sino de Guillermo Echevarría desarrollada en una obra maestra llamada Cómo hacer que las cosas pasen.

Como ves, es una simple cuestión de foco. Dónde lo pongas marcará el sentido de tu percepción y también de tus acciones. Si el foco está puesto en el presente y en las consecuencias instantáneas obtendrás unos resultados, obviamente, y aunque quizás satisfagan tus necesidades inmediatas, pueden ser catastróficos en el futuro. Por el contrario, si el foco está claramente apuntando a una meta final más grande e importante, las acciones y decisiones de hoy estarán alineadas con ese objetivo. Seguramente hoy no tienen sentido y te chirrían enormemente, porque además difieren un resultado instantáneo y aparentemente operativo, pero todo se aclarará al final, cuando cada pieza encaje en el puzle. Sólo necesitas un poco de paciencia y una visión clara de adónde quieres llegar.

Me gusta poner el ejemplo de las luces del coche. La corta nos da una visión nítida de lo que tenemos ante nuestras narices, pero no nos aporta ninguna información de lo que hay más allá. La larga nos otorga una visión general y más amplia, aunque perdemos detalles de lo inmediato y además puede deslumbrar a los que nos acompañan en la vía. Ambas son necesarias en un momento determinado, pero sólo los buenos y avezados conductores saben manejar las dos adecuadamente. Sólo ellos saben poner bien el foco en el momento preciso y ajustar cada maniobra a un para qué suficientemente importante.

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29 de septiembre de 2019 - 22:07 h
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