No, no somos de Primera

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Una alegría inesperada, una celebración efímera, un necesario chute de autoestima, una inyección de orgullo, una forzada subida al carro del éxito… "¡Somos de Primera!", se oía hace poco más de una semana con el titánico ascenso del Córdoba CF Fútsal, una de esas gestas anónimas e imposibles que sólo pueden pasar en una ciudad como la nuestra. El trono, la gloria vana, el oropel vacuo, que dirían Les Luthiers. Un romántico zumbao como José García Román al mando, Macario (mi vecino de niñez en la Plaza de Andalucía) en el banquillo y (así autodenominados) "cuatro tontos que se juntan para entrenar por la noche" tras trabajar en un taller o de reponedor en el Deza han hecho que por unas horas vivamos el sueño ficticio de ser lo que no somos. Porque no, desgraciadamente, Córdoba no es de Primera. Ni de lejos.

Y ya me gustaría decir lo contrario, pero con todo el dolor de mi corazón, sería mentira. No es cuestión de ser estoicos sufridores senequistas, cordobitas lastimeros y quejumbrosos ni llorones de esquinas. Es cuestión de ser autocríticos, de mirarnos a la carita y de ver con las luces largas en lugar de cegarnos con la corta distancia, a la que estamos tan acostumbrados y que tanto nos impide avanzar

No somos de Primera. Como mucho, tenemos un equipo de Primera en ese deporte que toda la vida de Dios hemos llamado futbito, pero que ahora que mola y somos de los buenos tenemos que llamar por su nombre. También lo tuvimos hace cuatro años en el fútbol de verdad cuando el Córdoba ascendió de la forma más rocambolesca que se recuerda y pese a tener como presidente a un sátrapa innombrable que todavía se atreve a pasearse por aquí dando lecciones. Ya se sabe cómo terminó aquello, con un ridículo espantoso, con un descenso sellado perdiendo 0-8 en casa ante el Barcelona y poniendo los cimientos de la hecatombe de esta temporada. Hala, a cascarla.

Que no, señores, que no somos de Primera. Que nos podemos contar mil veces la historia de que Córdoba es muy bonita, que una vez fue la capital del mundo occidental, que es Patrimonio de la Humanidad no sé cuántas veces y que "se vive muy bien", mientras damos eternos paseos por el Vial, desde la Estación a Valdeolleros diciendo "hay que ver lo bonito que han dejado esto". Pero es mentira. No puede ser de Primera ni se puede vivir bien en una ciudad que es la primera capital de provincia en tasa de paro de toda España y que tiene a cuatro barrios entre los quince más pobres del país. No hay ni un solo índice socioeconómico que sostenga que somos de Primera, ni le llegamos a la suela del zapato a ciudades de nuestras mismas características como Las Palmas, Valladolid, Pamplona, Vitoria o Granada, para no irnos más lejos.

Nos damos golpes en el pecho con nuestro manido millón de turistas al año, cuando resulta que la ciudad de la Alhambra triplica ampliamente esa cifra (y sin AVE, ojo). Ni en eso tenemos mucho mérito, porque los turistas siguen viniendo a ver la Mezquita y poco más, porque realmente tienen poco más que hacer. Eso quiere decir que desde los Omeyas nadie ha hecho gran mérito para que la ciudad sea de Primera, y de eso hace ya más de mil años. Una mediocre clase política y la nula iniciativa privada hacen el resto, pero en esa lista de culpables y responsables tenemos que apuntarnos todos. No, no somos de Primera.

En coaching e Inteligencia Emocional trabajamos mucho un concepto llamado SER-HACER-TENER, una pirámide que muestra desde dónde construimos nuestra existencia y que explica gran parte de sus resultados dependiendo de dónde pongamos la parte más amplia. La disposición más correcta sería aquella cuya base estuviera basada en un SER sólido, teniendo claros nuestros valores, nuestras creencias, nuestros puntos fuertes y débiles. En definitiva, aquello que define nuestra esencia e identidad. A partir de ahí deberíamos construir el HACER, con unas acciones y pensamientos alineados con lo que somos. Así llegaríamos a TENER lo que poseemos, lo que hace que nos sintamos realizados y en línea con aquello que somos.

En mis formaciones suelo poner varios ejemplos para explicar algo que no siempre es fácil de entender. Me sirve mucho hablar de profesiones vocacionales como la docencia o la medicina, porque se puede tener un título de Magisterio e incluso dar clase, pero eso no quiere decir que seas maestro y estés plenamente comprometido con tu profesión. Simplemente tienes un trabajo, una forma de vivir. Lo mismo se puede decir de un médico, cuya esencia va mucho más allá del título que tenga colgado de la pared. Es más, puede haber profesionales que tengan su despacho empapelado con diplomas pero que no respiren, vivan y transmitan en absoluto su profesión. Cuando en los grupos tengo mayoría femenina lo explico de otra forma más explícita aún, pero muy clara: no es lo mismo hacer un hijo (basta un accidente), que tener un hijo, que ser madre. Se puede ser madre sin haber parido nunca, y hay quien tiene familia numerosa con menos instinto maternal que un armario ropero.

De hecho, en nuestra sociedad hemos confundido demasiadas veces los términos y hemos valorado más una pirámide invertida TENER-HACER-SER, en la que lo único importante y valioso para definirnos era lo que poseíamos. Tanto tienes, tanto vales. (OJO, EL SIGUIENTE PÁRRAFO ES POLÍTICAMENTE INCORRECTO). Uno de los recuerdos más frustrantes de mi juventud, allá por principios del siglo y en plena burbuja inmobiliaria, era parar en un semáforo con mi coche de segunda mano al lado de un chavalote pisando el acelerador de su Audi o BMW, en esa época en la que parecía que los regalaban con las tapas de los yogures. Mientras yo terminaba la carrera o empezaba a malvivir en el mercado laboral por 90.000 pelas al mes, ese chaval que seguramente había dejado el instituto se estaba forrando en la obra (en esto no le quito ni un gramo de mérito), ganando lo que yo no he ganado en mi vida y sin preguntarse siquiera si merecía ese pastizal. Era la España del pelotazo, en la que el que no sabía hacer la o con un canuto era un triunfador y el universitario un gilipollas. Lo único importante era lo que tenías sin hacer gran caso siquiera a lo que hacías. Preguntarse lo que eras era una solemne estupidez cuando el sobre (si era en negro, mejor) te daba para un carraco y copas sin fin en un privado de la Maná. A ese chavalote le llegaron los problemas el día que la burbuja explotó, se quedó sin nada que hacer y ya no tenía para pagar las letras y la gasolina del Audi. Entonces alguien le preguntó acerca del SER, que qué era. La respuesta, sin pasta en el bolsillo con la que definirse, era aplastante: nada.

Quizás entonces todos pensamos que éramos de Primera, alguno incluso de Champions (¡ay, Zapatero…!). Todavía hay coches con la pegatina de "Con el Córdoba a Primera", en la época más orgiástica de Sandokán, de Prasa y del ladrillo fácil. Todos recordamos que básicamente nos comimos un mojón y que pasamos 17 años en Segunda B, donde volveremos la próxima temporada. Puede, en el fondo, que esa sea nuestra categoría por mucho que los locos del futbito nos ilusionen con lo contrario y que García Román, cual émulo de Trump, quiera "hacer Córdoba grande". No, desafortunadamente no somos de Primera, pero también es cierto que de la misma manera que nuestra identidad se refleja en nuestras acciones, los hábitos terminan construyendo lo que somos. Quizás hoy nos chirríe coquetear con el éxito en medio de un mar de mediocridad, pero por algún sitio hay que empezar. Quién sabe…

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9 de junio de 2019 - 14:12 h
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