Bella ciao

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El viernes (con adelanto el jueves en la Plaza de Toros) se estrenó mundialmente la tercera temporada de La Casa de Papel, la serie que cambió para siempre la ficción española y que tras un estreno no especialmente exitoso en Antena 3 dio el gran salto internacional para convertirse en la serie de habla no inglesa más vista en la historia de Netflix. Reconozco que en su momento no vi la serie por mis reservas a todo lo que tiene que ver con el cine español y su tufo progre, alimentadas además por los devaneos proetarras de una de las protagonistas. Un par de años después terminé enganchándome hasta convertirme en apóstol y recomendador de la serie. Ya había leído algo acerca de su enorme éxito internacional, pero no me di cuenta de su alcance hasta que en el Carnaval de Colonia me encontré con cientos de personas vestidas con el característico mono rojo y la careta de Dalí, convertidos en un símbolo global. Pero, ¿por qué engancha La Casa de Papel?

Si sólo hablamos de cine, básicamente es porque es muy buena. Tanto que no parece ni española. Por eso es tan vendible y exportable, duplicable en cualquier país del mundo sin necesidad de adaptarla a situaciones locales. El concepto comercial ya es interesante desde el punto de partida, porque en plena globalización y en la época del consumo de televisión a través de plataformas de streaming (Netflix, HBO, Amazon…), La Casa de Papel no es un producto local, sino hecho a medida para que lo pueda entender y engancharse un espectador de contextos culturales tan distintos como España, Argentina o Arabia Saudí. Hay suficientes lugares comunes para que se trate de un producto global, bastante para pasar de sus modestas audiencias en España (máximas de dos millones de espectadores y un 12% de share) a la universalidad. A partir de ahí, el marketing hace el resto.

Hay más factores que explican su éxito. Una de ellas es la inmediata empatía que el espectador siente con los protagonistas cuando se supone que son los malos. La empatía es la capacidad para ponerse en la piel del otro, en sus pensamientos, sus sensaciones, en sus emociones, sus alegrías y sus penas. Empatía es pensar como el otro hasta meterse por completo en sus zapatos, aunque para ello lo primero que necesitas es quitarte los tuyos. Eso es lo que consigue la serie desde el primer momento, cuando envuelve al espectador en la claustrofóbica atmósfera de la Fábrica de Moneda y Timbre para convertirlo en uno más de la banda dirigida por el Profesor. Tanto que la Policía, supuestamente los buenos de la película, terminan convirtiéndose en los enemigos de un plan que desde el sofá de casa queremos que salga bien.

Cuentan Daniel Écija y Álex Pina (los productores que años antes sembraron la semilla con Vis a Vis) que el nombre original de la serie iba a ser Desahuciados, porque en el fondo sus protagonistas no tienen nada que perder y es fácil sentirse identificado no sólo con ellos, sino con sus acciones. Berlín tiene una enfermedad degenerativa, Tokio está sola en el mundo tras el fracaso en su último golpe, Oslo y Helsinki deambulan como mercenarios desde la Guerra de los Balcanes, Nairobi es una ladrona de guante blanco, el Profesor sólo quiere vengarse de la muerte de su padre… A todo esto le sumas un plan inteligente, planificado hasta el más mínimo detalle, siempre un paso por delante de la Policía y que pretende terminar con éxito sin pegar ni un solo tiro. Además, ese plan que quiere asaltar el sitio donde se fabrica el dinero no es sólo un robo para enriquecerse ellos mismos, sino "un golpe al sistema, una llamada de atención al capitalismo que nos asfixia", dijo Alejandro Bazzano, uno de los directores de la serie, algo que todos firmaríamos en un momento dado y que también es exportable a cualquier país. Por eso todos queremos que triunfen, porque es más fácil identificarnos con los ladrones que con los que supuestamente defienden un sistema que nos ha llevado a todos a la ruina.

La Casa de Papel utiliza perfectamente lo que en Programación Neurolingüística (PNL) se llama segunda posición. Las posiciones perceptivas son una herramienta de resolución de conflictos que pretende trasladar al individuo más allá de su papel como emisor de información y protagonista de la acción (primera posición), sino que busca meterse de lleno en el rol del receptor o paciente de lo que está pasando, es decir, el otro. ¿Qué puede pensar el otro cuando escucha lo que yo digo? ¿Qué está entendiendo realmente? ¿Cómo se puede sentir? ¿Qué emociones está experimentando? ¿Qué reacciones puede tener? ¿Cómo puedo yo entender esas reacciones? Esa es la segunda posición, exactamente lo mismo que hace un jugador de ajedrez cuando literalmente tiene que meterse en la mente de su rival para predecir y reaccionar ante los próximos movimientos. La tercera posición es una visión externa y objetiva de la situación que nos permita extraer el máximo de información desde una postura neutral y sin implicación emocional. Generalmente, esta sería la postura del espectador, pero en La Casa de Papel nos metemos directamente en el papel de un miembro más de la banda. De ahí su éxito.

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Y esta es la otra gran clave. Somos uno más, miembros de un grupo, de un colectivo cuyos integrantes trabajan de forma armónica para la consecución de un objetivo común. Somos un equipo de alto rendimiento en toda regla. Tenemos un líder (el Profesor), un uniforme (el mono rojo), un enemigo (la Policía) y hasta un himno, el Bella Ciao, la preciosa canción italiana utilizada como símbolo antifascista que supone otro guiño a la lucha contra el poder. Ya tenemos todo lo necesario para sentirnos miembros de un grupo formado por gente que piensa lo mismo que nosotros, algo que puede tener efectos fantásticos pero también perversos si nos dejamos arrastrar por el fanatismo (como explica genialmente la película La Ola). Por todo esto y mucho más ha triunfado La Casa de Papel. ¿Y a ti, te gusta?

Una mattina mi sono alzatoO bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciaoUna mattina mi sono alzatoE ho trovato l'invasor

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21 de julio de 2019 - 08:34 h