Hollywood

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Conocemos una sociedad por lo que pasa dentro de sus casas, igual que conocemos a un amigo cuando vamos a la suya, y nos terminamos de explicar ciertas cosas. Yo soy de tomarme mucha confianza y abrir la nevera, que me parece una foto fija extraordinaria: somos lo que comemos. La primera vez que fui a casa del Oreja casi muero apilado tras un alud de tuppers al abrirla. O lo que es peor, dentro de uno, macerado en una salsa exquisita. Por eso decidí hacerme muy amigo suyo.

Después de en casas españolas, donde más me he colado es en casas americanas, a través de las pantallas o la sábana santa del cine, donde las neveras son todavía más grandes. No hacía falta una adaptación de Bradbury o una película de Kubrick para que el resto del mundo viera el universo que se avecinaba décadas antes a través de la propia ficción: aquel aforismo del cinematógrafo como una apisonadora para nivelar las costumbres. Hollywood ha hecho a la sociedad americana, y a los que nos asomamos a ella, mejor: nos muestra a través de la propia ficción. Un espejo insuperable donde mirarse. A nosotros esto nos cuesta mucho. España es una familia mal avenida en busca del cruel hiperrealismo. Por eso, para Almodóvar, ser director de cine en España es como ser torero en Japón.

Hollywood es la Mesopotamia de nuestros días, pero intangible. Uno no llega, por lo visto, a Hollywood y se hace una foto, más allá del cartel puesto, milimétricamente despeinado, en el Monte Lee, Hollywood Hills, CA. Garci descubrió que era un estado mental. El cielo es tan azul como en Marbella –Carl Laemmle fundó allí Universal City, en 1912, por la sobredosis de luz-, las puestas de sol derriten el cielo como la mantequilla y a las mujeres nunca se les acaban las piernas, tostadas en todas las épocas del año, como dos piernas-salchicha en una storie de Instagram. Durísimas, además, como las piernas de un lateral derecho. Allí los canis deben parecerse al vaquero del Marlboro y ocurren ideas geniales bajo las luces de neón, capaces de dibujar aceitunas en el cocktail. No se hace botellón, claro. Bourbon a morro para hacer las cosas bien.

Lo que pase dentro del propio Hollywood –la Industria– nos da un poco más igual. Aquella novela, Hollywood, de Bukowski. Tiras y afloja millonarios, cobro de favores, Weinsteins, vidas destrozadas por el alcohol, Mustangs aplastados como una lata en la base de una palmera.

Entre estos debates, a la sombra de la trastienda de un videoclub de Manhattan Beach, bebiendo de películas serie B, kung fu y artes marciales tras criarse en Torrance, LA, nace el Quentin Tarantino director. Una vuelta de tuerca a Paquito de ANHQV. Un friki licuado como un zumo de costumbrismo americano, violencia, color y talento. Un guionista extraordinario que revolucionó los cimientos del cine moderno con el desayuno fundacional de Reservoir Dogs.

Hughes, en su última Columna sin fuste, su blog delicioso en ABC, detecta la violencia de Tarantino como un exageradísima arma arrojadiza. Ese elemento didáctico que se puede permitir la ficción. Como ya hizo con los negreros o aquel Kurt Russell tarado al volante, Tarantino pone en la diana a los hippies, a los putos hippies, que volverán a joderle la vida a Polanski sólo si a él le apetece. Porque con lo que no contaba Manson, ni su familia, ni cualquiera de sus acólitas con pelos en los sobacos, es que Tarantino, cuarenta años después, podría haberlos achicharrado con un lanzallamas. Nadie hubiera escrito PIG con sangre por las paredes de aquella casa de Cielo Drive.

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Publicado el
20 de agosto de 2019 - 23:46 h
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