Crisis Integral

En unas de sus múltiples acepciones, el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define "crisis" como "una situación dificultosa y complicada". Sin lugar a dudas, debido al drama que vivimos diariamente, rápidamente vinculamos este término con la calamitosa situación económica que atravesamos pero, en mi humilde opinión, la crisis monetaria, financiera y bursátil sólo es la manifestación más dolorosa y palpable de la crisis integral que invade todos los rincones de nuestra sociedad. Muy a mi pesar, actualmente, no hay esfera que toquemos en este país que no tengamos que hacerlo con la nariz tapada por el nauseabundo hedor que desprende y esta circunstancia, en caso de no atajarse con extrema prontitud, puede acarrear una paulatina pérdida de confianza de la ciudadanía hacia todo lo que le rodea, especialmente hacia aquello que desprenda cualquier tipo de connotación pública o política.

El caso Bárcenas a nivel estatal, las irregularidades de los ERE en el ámbito autonómico o, tal como hemos tenido la oportunidad de conocer recientemente, las denuncias de la oposición municipal respecto a la gestión de la Copa Davis por parte del gobierno local, constituyen una mancha de aceite que va emponzoñando la conciencia de todos los cordobeses hacia sus representantes públicos. Paralelamente, las instituciones tampoco ofrecen una actitud ejemplar: la Corona y los sindicatos caen en descrédito por idénticos motivos que la clase política, la independencia del Poder Judicial continúa en entredicho y nuestra organización territorial hace aguas por todos los flancos por la intolerante postura de las fuerzas nacionalistas que, al parecer, olvidan que su autonomía no es independencia y que aquélla, en cualquier caso, queda matizada por el principio de solidaridad.

El sector privado tampoco es la panacea. Si la avaricia de las entidades bancarias fue uno de los detonantes de la actual coyuntura económica, actualmente, las despiadadas ansias de beneficio de una parte del empresariado hacen estragos en la ya débil situación de los trabajadores y trabajadoras. Por otro lado, nuestra sociedad es cada vez menos libre pues muchos medios informan al dictado de intereses espurios que contribuyen a malformar la opinión de la ciudadanía, creando movimientos o tendencias que en nada o muy poco se asemejan a la realidad objetiva.

En cualquier caso, quiero reseñar que no todas las culpas son ajenas a nosotros mismos. Las referencias éticas y valores que han de guiar nuestras actuaciones, en consonancia con las de aquellos que nos dirigen, son cada vez más difusas y erróneas. Sin ir más lejos, esta semana he conocido a un individuo, un ciudadano como tú o como yo, que era muy crítico con todo lo que le rodeaba menos con él mismo. Este personaje es titular de una extensión de olivos y vive todo el año con las rentas que percibe por los mismos en concepto de subvención, sin importarle la productiva, la modernización o la competitividad de su olivar. Llegado el momento de la recolecta, aunque no participan en ella, contrata a su mujer y a sus dos hijos, los cuales, gracias a esto, adquieren el derecho a cobrar el subsidio agrario durante el resto del año. Además, ya que en teoría la unidad familiar se halla en situación de desempleo, los dos hijos obtienen cuantiosas becas para sus estudios, las cuales son empleadas para la compra de un ciclomotor o, en otro caso, sufragar un viaje veraniego al extranjero. Obviamente, este cuadro que aquí he descrito no es una generalidad pero doy mi palabra de que es real y, además, me atrevería a decir que existe con la envidia de muchos que maldicen su suerte por no poder organizar su economía de igual manera, es decir, viviendo a costa del erario público al que todos los que pueden contribuyen con sus impuestos, impuestos que, a su vez, se sufragan con cargo a salarios cada vez más exiguos.

¿Cómo podríamos definir este sentimiento o comportamiento que subyace en el seno de nuestra conciencia colectiva?; ¿Por qué hemos llegado a esta crisis integral?; Sinceramente, no puedo dar una respuesta pero me preocupa que la ciudadanía no crea ya nada de lo que lee, oye o ve. En cualquier caso, quiero concluir este, mi penúltimo artículo en Cordópolis, con una reflexión positiva. Si bien el término crisis comporta dificultad y complicación, también es una oportunidad para corregir déficits y retomar el buen camino. En mi opinión, no es tarea fácil por el calado de la situación pero, aun así, anhelo la irrupción en la escena pública de un verdadero liderazgo (no confundir con populismo) que, en primer lugar, dé ejemplo con su proceder y, seguidamente, ponga orden en este desaguisado.

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18 de julio de 2013 - 08:00 h