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Santiago

José María Martín

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Hoy las cosas son más que nunca las cosas de ayer. En primer lugar porque este artículo se ha ido resistiendo horas y horas. Debería haber sido publicado esta pasada madrugada y llega a menos de dos horas para que el jueves desaparezca. Primero por un agotamiento que me invade ya desde hace semanas y que se justifica en la dureza de este año, muy complicado laboralmente y muy interesante a la vez. En segundo lugar porque desde que ocurriera el accidente de tren de Santiago de Cosmopostela no hago otra cosa que escuchar la radio y mirar de reojo la televisión. Las cosas de hoy son, en este caso, las cosas de ayer porque este artículo hablará de lo ocurrido en Santiago, rompiendo así una tendencia reflexionada que busca evitar, en la medida de lo posible, las referencias a una actualidad que ya agota.

No sé nada de trenes, menos aún de sus sistemas de seguridad, ni de reacciones en situaciones de emergencia. De periodismo empiezo a entender algo más cada día, todavía poco, pero tampoco me apetece analizar lo ocurrido con las coberturas de este suceso. Solo diré que quien haya querido tener una lectura crítica habrá comprobado cómo afectan los despidos en los medios, el verano y la desaparición de las generaciones con experiencia, a la calidad de la información.

A día de hoy solo sé que hay una sensación que periódicamente se repite: la de tristeza ante la tragedia, la de consumo bulímico de información sobre la misma, la de emoción por la capacidad solidaria de la gente. El verano empieza a incluir en su escaleta un drama: de mis primeros recuerdos rescato ahora Biescas, luego han ido sucediéndose otros casos como Spanair, el accidente de Metro de Valencia, las Torres Gemelas, otrora los atentados de ETA, ahora el maldito tren de Santiago de Compostela. Ante ellos, siempre un mismo guión, siempre una misma cascada de sentimientos: la sorpresa, el dolor, la indignación en algunos casos y el periodismo. Sobre todo, la radio, porque estos días vuelve a demostrarse que la radio es el medio más elegante para informarse de esto: inmediato, profesional (gracias a los periodistas que la ejercen, aquí no hay excesivo sensacionalismo, no hay medios jóvenes) y respetuoso. Las mejores imágenes de lo ocurrido las hemos visto a través de las palabras de quienes hacen la radio. Mi elogio va hacia ellos a través de este artículo tardío, espero sepan disculparme.

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