El escuadrismo
M. el hijo del siglo fue el mejor libro publicado en Italia en 2019. Escrito por Antonio Scurati como una novela pero sin un ápice de ficción, todo lo narrado ocurrió, el libro hace un recorrido sobre cómo el fascismo italiano llegó al poder y señaló el camino a los totalitarismos de derechas que sacudieron Europa antes de la Segunda Guerra Mundial.
M. es Benito Mussolini, un periodista expulsado del Partido Socialista Italiano por su posición intervencionista en la Primera Guerra Mundial. Un político astuto y cruel, una personalidad potente en una época convulsa, que alumbra los fascios antes incluso de dotarlos de ideología. Escuadras de antiguos combatientes de la Primera Guerra Mundial, los Osados, héroes hasta 1918 y temidos en su reinserción social, sanguinarios y violentos, creadas primero para defender la lucha obrera y la grandeza de Italia.
Scurati traza una obra maestra en la que cada capítulo es un año, desde 1919 hasta la consolidación de Mussolini como primer ministro italiano. Desde unos años en los que la revolución socialista en Italia era inminente, donde el PSI arrasaba una y otra vez en ayuntamientos, ciudades y distritos del norte de Italia, hasta otros en los que el partido fascista se hizo con el poder absoluto del país. En un proceso que no es de un día para otro, ni mucho menos, si no una gota que va colmando el vaso, en el que raro era el italiano que no se convertía en fascista.
En aquellos años, violentísimos, el escuadrismo jugó un papel fundamental. Los fascios le declararon la guerra a los socialistas y a los anarquistas. Y el poder burgués y el agrícola acabaron subiéndose a un carro de una violencia en la que no se mancharon las manos pero sí que apoyaron con entusiasmo. Las huelgas campesinas y obreras de principios de los años veinte llegaron a poner contra las cuerdas al poder patronal.
Aquel escuadrismo violento se justificaba bajo una bandera, la italiana, bajo un heroísmo, el de la grandeza de una nación que dos siglos atrás controló el Mediterráneo, y a las órdenes de un gran jefe, el Duce, audaz, temerario, cruel y mentiroso. Mussolini fue un traidor: a sus ideas, primero, a sus matrimonios, a sus hijos y hasta sus compañeros de partido. Pero tuvo el olfato de saber cómo convertirse en Duce: con un terror más o menos controlado. Un escuadrismo que masacraba pero que de vez en cuando frenaba para imponer el orden. Y ante una crisis de legimitidad de un estado y un gobierno débil, que se descomponía y al que pasó por encima poco a poco.
La historia, cuentan, no se repite aunque a veces rima. Y ese escuadrismo que a veces vemos en lugares como Ceuta asusta. Son espacios que como en Italia en los años 20 el estado se presenta débil o incapaz. Son lugares que ocupan los escuadristas, los que a las malas se encargan de lo que el estado es incapaz: echar a los inmigrantes y devolver la paz a la ciudad.
Ha pasado más de un siglo desde que el fascismo comenzó a campar a sus anchas por Italia. Los primeros escuadristas se sintieron incluso impunes. Alguno que otro era detenido pero rápidamente salía de la cárcel. Muchas de sus acciones se ejecutaban con los carabinieri mirando para otro lado. Otras, incluso, eran facilitadas por los policías, los burgueses o los terratenientes, que señalaban la casa de tal o cual dirigente izquierdista al que había que apalear.
La historia nos enseña que se tiene que imponer. Y que si hay algo que hace que funcione en democracia es que asuma, sin excepciones, que el escuadrismo no puede quedar impune.
Sobre este blog
Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.
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