Crisis? What crisis?

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A nuestro diputado por Córdoba Rafael Merino le tocó anunciar la buena nueva, la crisis se ha acabado. Lo dijo desganado, se le notaban las pocas ganas que tenía de estar ahí, el bañador debajo del traje,  la arenilla de la playa aún entre los dedos de sus piés. Nos contó que hay menos paro registrado, o más ocupados, o menos ocupados registrados al paro, o menos registros que parados, no sé. No voy a decir que me dé igual porque no es así, suele ser menos malo tener trabajo que no tenerlo, pero eso de que estamos saliendo de la crisis…

Recuerdo haber vivido siempre en crisis. No en una existencial, ni personal, ni nada de eso, en  mi memoria España siempre está en crisis, incluso en los años de crecimiento. La democracia y el impulso al estado del bienestar (ambos inextricablemente unidos, no hay democracia sin ejercicio efectivo de los derechos) se inician en España cuando ya se había comenzado su demolición. Cada centro de salud, cada escuela, cada equipamiento nacía corroído por el descrédito, ya estaban nuestros liberales diciendo que eso era todo una antigualla socialdemócrata, que había que darle unos cuantos recursos a empresas privadas para que atendieran a los muy necesitados (ahora ni eso) y que del resto se encargaría el mercado. Y todo esto ocurrió porque a nuestras élites les dio por tomarse en serio a los Faemino y Cansado de la época (Margaret Thatcher y Ronald Reagan se llamaban) y hasta este desastre nos han traído.

A la vez que construíamos el estado del bienestar destruíamos sus bases, las industrias que generaban recursos, la progresividad fiscal que lo financiaba, la confianza en lo público, en lo colectivo, que hacía legítimos los esfuerzos, la solidaridad que lo fundamentaba. La mejora era producto de burbujas, calentamientos del mercado; los empeoramientos lo eran del realismo, penitencias por los malos comportamientos, o consecuencia de nuestra vulgaridad, inocultable ya en mercados globales . El progreso era siempre inestable, fugaz , una ilusión, mientras que el deterioro era irreversible, pertinaz, un anticipo de la muerte contra la que era inútil luchar. No tuvimos aquí ese optimismo que uno ve en las series americanas ambientadas en los 50 y 60, esa fé ilimitada en el progreso, porque aquí nos pusimos manos a la obra cuando ya le habían diagnosticado al enfermo su fin, y todo avance tenía ese sabor agridulce de lo efímero, del sueño falsamente cumplido.

A fuerza de realismo hemos convertido en real la profecía, de cada crisis salimos peor. Peor económicamente (suben los beneficios, bajan los salarios, crecen las desigualdades), pero peor sobre todo existencialmente. Nuestra experiencia de los últimos cuarenta años nos enseña que todo se mejora empeorando, no hay ningún análisis que apunte a algún futuro que no sea el de más dominación y precariedad, y las personas podemos soportar las situaciones más duras, pero no la ausencia de futuro. Decía que no hay ningún análisis que crea en el futuro, más exactamente diría que ninguno que no contemple una monumental y democrática patada en el culo a toda nuestra clase dirigente. Cuando se la hayamos dado, entonces se habrá iniciado el fin de la crisis.

Nota: En la imagen, portada del album de Supertramp, Crisis? What crisis?, publicado en 1975. Ya que estamos de números, ésta es La Caraba número cien. Las responsabilidades, a los editores.

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12 de agosto de 2014 - 06:29 h