Lo que pedí a los Reyes

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Hace un tiempo ya que recuperé mi ilusión por aquello de creer en lo que no creía. Entre otras cosas, hace un tiempo que volví a querer creer en los Reyes Magos, en lo que supone, porque me di cuenta de que, si lo piensas, hay mucho de Magia en todo lo que se genera a su alrededor.

Entiendo que he tardado treinta y pico años en asimilar la moraleja. No hay ni oro, ni incienso, ni mirra. No hay sorpresas traídas de oriente. No hay camellos que quepan por mi ventana y, por supuesto, no hay persona, por muy maga que sea, capaz de realizar tan increíble tarea, casa por casa, por medio mundo, por más que se repartan el trabajo entre tres. El mejor regalo, para los mayores, es vivirlo.

Empecé a captarlo hace unos seis años, cuando mi hija mayor me regaló, por estas fechas, todo un juego de muecas y sonrisas al ver toda la parafernalia que montamos en torno a sus majestades. Que si cabalgata, que si regalos bajo el árbol, que si "acuéstate pronto y levántate más pronto aún". En fin, fue bonito y viene siendo intensamente maravilloso enero tras enero. Me encanta y lo espero con silenciosa pasión, de verdad.

Es cierto que, en casa, es mi mujer la que se encarga de coordinar y planificar ese perfecto día para que nada falle. Pero eso es porque ella todo lo puede, y cómo no, también tiene conexión directa con Oriente. Yo no llego a tanto. Me aprovecho, y me dejo llevar.

Más tarde, al nacer mi segunda hija, la cosa cambió. Me cabreé, sinceramente, el primer año, porque tenía mi cabeza en otro sitio, preocupado por su evolución. Pero volví a la senda de la ilusión por los Magos a poco que ella iba conectando con el mundo. Otra vez, aunque más despacito, se repetían tímidas muestras y muecas de sorpresa y alegría por seguir el juego del 6 de enero. A su manera, iba despertando la niña que era y quería, como todos, jugar, abrir paquetillos y participar de la fiesta que nos viene.

Yo no podía estar más encantado. Hoy, a sus cuatro años y medio, sigue sin entender muy bien de qué va todo esto pero, igual, ella disfruta del momento como disfruta cualquier niño de cualquier fiestón al que se le invite.

Las dos se portan divinamente durante todo el año. La una, asistiendo sin rechistar a cada sesión o terapia que le toque, trabajando duro y avanzando muy poquito a poco, como lo hace un profesional de alto rendimiento. La otra, siendo niña, sana en todos los sentidos y sentimientos, sin maldad ni avaricia alguna, disfrutando de su cole, de sus amigas y de su hermana. Sobretodo de su hermana a la que, de tanta pasión, un día de estos nos la va a romper de un abrazo.

Ahora soy yo el que pide sus caprichos en su carta imaginaria. Pido lo difícil, tiempo, para pasarlo con ellas, con mi mujer. Día pasado, día descontado. Soy muy consciente, y cada vez me agobia más. Pido fuerza, porque se nos va en hemorragia, porque el desgaste es impresionante, por más que la satisfacción siga siendo grande, al hacer lo que hacemos por la pequeña. Pido ilusión, la que tengo, mantenerla, no perderla nunca, porque el día que la pierda será fatídico para nosotros. Es imprescindible esto último, créanme, que es el motor de nuestra vida.

En definitiva, si lo pienso, me parece que estoy pidiendo, un año más, lo que pedía Peter Pan, no crecer jamás, no dejar de ser niño. Tiene su gracia: tiempo, fuerzas e ilusión, justo las tres cosas que sueles dejar atrás con la niñez. Hay un momento en que no te preocupas por ello, luego te empeñas en madurar para, finalmente, querer frenar en seco en tu vida para no hacer más viejo. En fin, sus Majestades, que esta noche, si no es mucho pedir, acuérdense de este niño grande que encarecidamente se lo pide, y guarden un poquitito de eso para mí.

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Publicado el
5 de enero de 2017 - 13:05 h
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