El tiempo y la materia

Antes del anochecer (Before Midnight, Richard Linklater, 2013)

Al igual que James Gray, Kelly Reichardt y Jeff Nichols, Richard Linklater es una anomalía en el cine norteamericano, o más bien cabría decir, que en un estado de cosas vuelto del revés la verdadera anomalía son el resto, y ellos siguen representando una tradición cinematográfica a la que público, industria y crítica han dado la espalda a favor de tendencias estéticamente huérfanas y publicitariamente serviles, pero de rentabilidad económica acelerada y asegurada, como esos productos genéticamente alterados para crecer y engordar el doble en la mitad de tiempo.

A Richard Linklater es difícil ponerle una etiqueta que ayude a vender. Ha gozado de cierta holgura de presupuestos, sus películas no han tenido mala distribución, ha contado con actores más o menos conocidos y ha realizado un cine perfectamente capaz de conectar afectivamente con una generación de público que hoy debe rondar los cuarenta, sin embargo, el establishment se ha encargado reiteradamente de esconder sus propuestas más intelectuales o concienciadas [La cinta (Tape, 2001), Waking life (2001), Fast food nation (2006), A scanner darkly (2006)] y de vulgarizar las más lúdicas [School of Rock (2003), Una pandilla de pelotas (Bad new Bears, 2005)], colocando a Linklater en un limbo entre buena parte de los espectadores que acuden habitualmente al cine; especialmente en nuestro país, donde las pocas de sus películas estrenadas han sido reiteradamente olvidadas.

Aunque existen varios Linklaters -todos ellos interesantes- creo que será el brillante cronista generacional y sentimental [Slacker (1991), Movida del 76 (Dazed and Confused, 1993), Suburbia (1996), la serie Before...] el que resistirá el paso del tiempo. Confieso que soy de una generación muy cercana a la del autor de Antes del anochecer; tengo seis años menos que él, cuatro más que Ethan Hawke y tres más que Julie Delpy (los protagonistas de su celebrada, por el momento, trilogía), por lo que me resulta natural sentirme identificado e interpelado por crónicas generacionales como la de Movida del 76, en vez de hacerlo con las que dibujan títulos como American Graffity (George Lucas, 1973) o El gran miércoles (Big Wednesday, John Milius, 1978), por las que no siento la menor empatía cinematográfica y mucho menos vital.

Poco pude imaginar, y creo que no fui el único, cuando vi hace dieciocho años Antes de amanecer (Before Sunrise, 1995), cómo iba a prolongarse esa pequeña obra de Linklater en la que dos jóvenes se encuentran, se aman y se separan, todo durante una noche, en su paso fugaz por Viena. Era un bello embrión de algo, pero en ese momento sólo era eso: un sendero, una puerta, una pasarela, que años después, con las heridas del tiempo, la incorporación al guión de los dos protagonistas, y el mayor riesgo de Linklater en la puesta en escena- trabajando en bloques de tiempo, reduciendo el relato a pocas secuencias y privilegiando los planos muy largos-, sería capaz de convocar esa gran tradición de la pareja sorprendida por una crisis mientras pasaba unos días de vacaciones en una ciudad extranjera. Es inevitable pensar en Rossellini, Antonioni y su larga lista de epígonos, pero Linklater es americano y no renuncia a su cultura y sus raíces, y eso lo hace más interesante que si intentara disfrazarse de lo que no es; intelectualiza menos los sentimientos, y sus cuitas son menos metafísicas, más terrenales; hay cierto pragmatismo -especialmente en el personaje de Hawke- en su constante intento de ordenar el caos, de gestionar las pasiones para construir un espacio común donde la pareja pueda sobrevivir a las tensiones del mundo moderno, sin tener que renunciar a sus anhelos ni tener que convertirse en aquello que más detestan.

Se suele citar a Rohmer, invocando su abundante verborrea, cuando se escribe acerca de la trilogía Before..., de hecho, hay incluso un guiño a El rayo verde (Le rayon vert, Eric Rohmer, 1986) en Antes del anochecer. Pero Rohmer, que narró no pocas crisis vacacionales, es, al igual que Linklater, un cineasta que se interroga sobre las nociones de transparencia y representación, aunque a diferencia de éste, guste de confrontar los deseos y la libertad de los actos de sus protagonistas con las exigencias de su moral, por lo que su presencia, como las de Rossellini o Antonioni, es en realidad parecida a la de esas figuras que señalan un camino o abren una puerta secreta, más que la de aquellos otros, que a modo de guías, nos acompañan a lo largo de todo el trayecto, lo que no deja de parecerme una diferencia sustancial. Mayor parecido encuentro, sin embargo, con los Up de Michael Apted (serie documental para la BBC que se inició en 1964, y que cada siete años sigue los cambios en la vida de un grupo de niños británicos desde los 7 años hasta, por el momento, los 56, a lo largo de sus provisionales ocho entregas), y con Tsai Ming-Liang en sus cintas con Lee Kang-sheng, pero especialmente con François Truffaut y su serie de filmes dedicados a Antoine Doinel, que encarnara Jean-Pierre Léaud, [Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1959), Antoine et Colette (1962), Besos robados (Baisers volés, 1968), Domicilio conyugal (Domicile conjugal, 1970) y El amor en fuga (L'amour en fuite, 1979)], donde asistimos, como en los filmes de Linklater, al trabajo del tiempo sobre la materia -los actores y los personajes- y sobre las emociones -el amor-; donde tenemos también que rellenar mentalmente todas esas grandes elipsis, que separan cada una de las películas, en la vida de los personajes; y donde somos igualmente partícipes de la confrontación del amor romántico con los imponderables de la vida conyugal.

En Antes del anochecer, los personajes de Jesse y Celine son invitados por unos amigos a pasar el verano en Grecia. En la secuencia del viaje en coche desde el aeropuerto, donde han ido a dejar al hijo del primero, hasta la villa a orillas del mar, donde están pasando el verano, nos pondremos al día de cómo se encuentra su relación tras los nueve años transcurridos desde Antes del atardecer (Before Sunset, 2004). La secuencia -una de las cinco de las que se compone la cinta-, rodada casi íntegramente en un solo plano, brevemente interrumpido por el inserto de unas ruinas, lleva a los protagonistas a un país en el que las huellas del paso del tiempo son visibles por doquier. No podía haber un mejor escenario para una trilogía cuyo tema central es el tiempo -con el cinematógrafo como testigo del impasible avance de la muerte-; no sólo para el devenir de personajes y el envejecer real de actores, sino también en su esfuerzo por hacer invisibles las elipsis dentro de cada secuencia -el imperceptible corte de montaje de los pies que lleva a los protagonistas desde su paseo por una zona despoblada hasta el pueblo donde van a pasar la noche en el hotel-, o en su intento por hacer coincidir el tiempo real y el tiempo cinematográfico, apostando por una puesta en escena transparente, donde la representación y el artificio son virtualmente también invisibles, pero que en realidad, tras su aparente espontaneidad, esconde un enorme trabajo en los diálogos, en las interpretaciones, en las suturas entre los planos.

Si el salto de Antes del atardecer, con los protagonistas ya convertidos en treintañeros con familias a cuestas, con respecto a Antes de amanecer era ya notable, Antes del anochecer consigue lo que hasta ahora parecía imposible; igualar, y por momentos superar, a la anterior entrega. Estrenada en España durante esos tres meses en los que el pensamiento y la cultura se van de vacaciones para volver bronceados en Septiembre -otras, no pocas, para ni siquiera volver-, le auguramos un injusto y triste olvido a pesar de ser, con el permiso de James Gray, la gran película norteamericana de 2013, y sin duda uno de los mejores filmes que deparará la cosecha de este año.

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Publicado el
8 de julio de 2013 - 10:57 h
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