Un faro para tiempos oscuros

[La Commune (Paris, 1871), Peter Watkins, 2000]

El caso Watkins es uno de los muchos inexplicables vaivenes que a menudo se producen en la apreciación crítica de un cineasta, por motivos, no pocas veces, ajenos al valor de su obra. ¿Qué nos ocurrió a algunos para que la estima que le teníamos al autor de Culloden (1964) se convirtiera de la noche a la mañana en olvido, justo cuando acababa de firmar la que con toda probabilidad era su obra maestra, La Commune (Paris, 1871)?

La explicación cómoda, y que probablemente nos hará sentir menos culpables, es que Watkins dejó de rodar; pero todos sabemos que en realidad eso es tan sólo una disculpa tonta que nos aleja del verdadero fondo de la cuestión: el capricho con el que idolatramos y despreciamos a autores, o pasamos de un sentimiento a otro, sin que ello pueda ser explicado si no es por la aparición de otras figuras que nos hacen replantearnos las categorías de nuestro imaginario panteón.

Watkins pertenece a una cinematografía que gusta poco a los que verdaderamente les gusta el cine. No es este el momento y el lugar para entrar a fondo a debatir estas cuestiones, pero Watkins estaba tan cerca de cierta tradición (el docudrama, heredero de la tradición documentalista y realista británica) como, al mismo tiempo, se mostraba capaz de superarla y subvertirla mediante su apropiación de los métodos del noticiario, a través de los cuales revelaba sus mecanismos de falseamiento y control, que no eran otros que los del poder.

Watkins era claramente 'uno de los nuestros', pero el carácter marcadamente discursivo de su obra lo hacía presa fácil para ser superado cuando esa misma tradición británica realista y social se plantó desnuda y brutal ante nosotros, sin nada más que una mirada, unas manos desnudas y un obstinado silencio: Bill Douglas y Alan Clarke.

La reciente edición por parte del sello Intermedio de, por el momento, su testamento cinematográfico, La Commune (Paris, 1871), se nos presenta como una magnífica oportunidad para volver a una carrera única, marcada tanto por su pertenencia -y superación- inicial a un modelo cinematográfico ya comentado, como por su posterior condición de obra nómada y viajera, testigo de la mirada de un cineasta exiliado, de un outsider expulsado de su propio país, a cuyas gentes siempre quiso legar una actitud crítica frente a las voces oficiales de los medios de información públicos, de larga tradición y enorme poder en las Islas.

Si hay una película capaz de volver a tender puentes entre el cine de Watkins y el cinéfilo que ya ha perdido la inocencia con Clarke y Douglas no van a ser desde luego Privilege (1967), Gladiatorerna (1969), Punishment Park (1971) o Aftenlandet (1977) -a las que tan flaco favor están haciendo cierto cine de ciencia-ficción actual- sino títulos como Edvard Munch (1974), Resan (1987) o, el más bello de todos, La Commune (Paris, 1871).

Ésta última reconstruye los acontecimientos que se produjeron en París entre el 18 de marzo de 1871 –fecha en la que comenzó a organizarse el proletariado en una comuna, tras una insurrección popular– y el 28 de mayo, cuando el ejército francés derrocó a los comuneros, dejando tras de sí decenas de miles de muertos y encarcelados. En esos setenta y un días, La Comuna se constituyó como un gobierno de la clase obrera, que luchó por conseguir la emancipación económica del trabajo, y por desvelar los verdaderos mecanismos de poder y sometimiento de una clase apropiadora que se servía de los frutos de la explotación de la clase productora.

Watkins, en su obra más didáctica y emocionante, no se dedica, como ya es habitual en él, tan sólo a narrar y/o reconstruir más o menos fielmente un acontecimient0 real, que en el cineasta británico siempre se refiere a un presente histórico, y por lo tanto, como bien apunta José Ángel Alcalde en el libreto que acompaña la edición del filme: "...a un presente vivo, vinculado y solidario con el pasado y el futuro, al construir una dialéctica temporal en la que el presente se entiende como una actualización del pasado y una proyección del futuro...". El autor lo deja claro desde el principio mediante uno de sus habituales anacronismos, la aparición de dos cadenas de televisión rivales –la revolucionaria de la Comuna y la burguesa de Versalles– que van a cubrir los hechos, lo cual le va a permitir confrontar dos ideologías e ir un paso más allá, al hacer partícipes a sus actores -que se desdoblan en el personaje y la persona real que lo encarna-, para intentar que la película sea también un análisis de muchas de las contradicciones y conflictos no resueltos que aún golpean a la clase trabajadora en el año 2000, de muy similar manera a como lo hacían en 1871. En el rótulo final, la cinta lo confirma: "Esta película ha sido realizada gracias a la participación de más de 200 ciudadanos de París y de sus suburbios, de Picardie, Nord Pas de Calais, Limousin, Burgogne, sin olvidar el grupo de sin papeles de Argelia, Marruecos y Túnez. Esta película es el fruto de un trabajo preparatorio en grupo donde los participantes han podido elaborar sus personajes en función de sus propias búsquedas y motivaciones. Las declaraciones expresadas están ampliamente fundadas en sus propias convicciones y sentimientos personales."

El estilo crítico y antiautoritario de planificar y rodar La Commune (Paris, 1871), más su duración (345 minutos), está en las antípodas de la monoforma televisiva, algo que sin duda, como ya experimentó anteriormente durante su carrera Watkins, puso sobre alerta a los directivos de la cadena de televisión franco-alemana, La Sept-Arte, que le habían encargado el proyecto. Otro rótulo del filme nos da la clave: "la participación activa de los actores en esta película es lo que más temen los medios de comunicación. Y quizá uno de los motivos por lo que las cadenas de televisión consultadas se negaron a financiar la película. Lo que más temen los medios de comunicación es ver al hombrecito en la pequeña pantalla sustituido por una multitud, por el público…". Y fruto de ese miedo fue el hecho de que La Commune (Paris, 1871) fuera proyectada en el Canal Arte en un terrible horario y en un único pase, de las diez de la noche del 26 de mayo de 2000 hasta pasadas las cuatro de la madrugada, en el habitual ejercicio de cinismo y censura que tanto les gusta practicar a muchos de los que, lamentablemente, siguen ostentando tantos puestos de poder y de toma de decisiones en nuestras democracias secuestradas. Afortunadamente, la soberbia edición que acaba de lanzar el sello Intermedio (no se me ocurre mejor regalo navideño para limpiar miradas y alumbrar caminos) nos brinda la oportunidad -y libertad- de ser nuestros propios programadores y disfrutar de esta inolvidable experiencia sin el filtro de tanto censor disfrazado de programador y directivo televisivo.

INTERMEDIO DVD

PVP: 24'95 Euros

La Comuna (París, 1871)

Peter Watkins, Francia, 2000

Duración: Parte 1: 164 min + Parte 2: 181 min

Idiomas: Francés

Subtítulos:  Castellano

DVD: 2 x DVD + librito 36 páginas

Zona: 2

Imagen: 1.77:1

Pantalla: 16:9

Sonido: Mono 2.0 / Dolby Digital (AC3)

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Publicado el
22 de diciembre de 2014 - 11:18 h