La nave del maguferio

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Reconozco que lo que peor llevo de la pandemia del coronavirus es hablar de lo que está ocurriendo -cómo si se pudiera hablar de otra cosa- con toda esa masa de personas que hace semanas que, en mayor o menor medida, se están dejando seducir por la teoría de la conspiración. Aviso: Cada vez son más y de toda condición y educación.

Recuerdo, en los primeros días del estado de alarma, responder por Whatsapp a las dudas de un amigo que me preguntaba mi opinión sobre el asunto. Una petición amparada -imagino- en que para el mes de abril yo ya llevaba encima entrevistas con un veterinario, un epidemiólogo y un periodista que había estado cubriendo el estallido de la Covid-19 en China.

Vamos, que aunque yo cantara de oídas, la música que sonaba estaba afinada. O lo parecía.

Bien. Han pasado seis meses de aquellos días y miro a mi alREDedor y veo cada vez a más gente sumarse a esa especie de corriente de incrédulos que se dejan llevar por la idea de que todo lo que nos está ocurriendo está orquestado por un contubernio judeo-masónico-alienígena-gates/sorista.

Y me resulta agotador porque incluso yo, que me dedico a preguntar, tengo que reconocer que sus preguntas son mucho mejores que mis respuestas. Sus dudas son mucho más humanas que mis certezas. Porque en un momento como el actual, con un hartazgo que dura ya meses y un horizonte de tristeza, cualquier parecido con la realidad parece una pura coincidencia.

La propia realidad, o lo más parecido que haya, parece rendida ante la fantasía.

Así que es el momento perfecto para la vuelta de Iker Jiménez con un especial sobre el Covid. Hay a quien le parece peligroso. A mí no. No me puede parecer peligroso que una persona que hace programas sobre las caras de Belmez vea cosas raras en una pandemia mundial. Llegado el caso, me parece absolutamente natural.

De hecho, ninguno de los nuevos seducidos por la ‘Plandemia’ te apelará citándote a Cuarto Milenio o a Iker Jiménez. No. Te citarán por ejemplo a Pedro Cavadas, que puede ser, y de hecho a mí me lo parece, el mejor cirujano del mundo, pero que, por si alguien no lo ha notado, de epidemiología no tiene ni idea.

Y ahí está el verdadero peligro.

Lo peligroso es constatar que la comunicación política ha fallado; que el periodismo, con esos titulares llenos de ‘zasca al Gobierno’, está contribuyendo a fomentar un relato vodevilesco de la situación; y que la comunicación científica no se ajusta al estándar de inmediatez y sencillez expresiva que demanda una sociedad como la nuestra.

Vamos a la deriva.

Así que, despojado cada vez más de toda capacidad de convencimiento, siempre que me aborda la nave del maguferio, confieso pronto que carezco de respuestas para lo que estamos viviendo.

Eso sí, también aclaro que la única certeza que tengo es que es más fácil pensar que alguien mueve los hilos desde las sombras que asumir sencillamente que no tenemos ningún control de lo que nos ocurre.

Que la única verdad absoluta es que la naturaleza es caótica y caprichosa, y que ningún magufo resultó herido durante la escritura de este artículo de opinión.

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10 de septiembre de 2020 - 22:15 h