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La Sierra huérfana de Córdoba

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Antonio Manuel Rodríguez

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Somos cuerpo y alma. Y la Tierra, también. El cuerpo es la piel del planeta. Y su alma, la Humanidad que lo habita y sus culturas. De ahí que las reivindicaciones de ecología y memoria sean inseparables. No pueden existir la una sin la otra. Tan grave es la extinción de una especie como de una lengua milenaria.

No soy cristiano, ni judío, ni musulmán, ni ateo, ni agnóstico..., porque soy un poco de todo para saberme nadie. Mi religión consiste en respetar la espiritualidad del otro que respeta la mía. Siempre me llamó la atención que las tres grandes religiones monoteístas coincidan en un mismo libro a modo radiografía de la condición humana. Y me duele que cada una la interprete a su manera tomando como fundamento el castigo divino. Yo no lo creo así. Para mí, Adán y Eva no tenían más opción que desobedecer a Dios para afirmar su humanidad como seres libres, a diferencia del resto de los animales. A continuación, nos retrata miserables hasta el extremo de matarnos entre hermanos. Luego nos advierte que ante una catástrofe natural la única salida consiste en salvar la diversidad ecológica, una pareja por especie incluida la humana. Y con la Torre de Babel proclama nuestra diversidad cultural y la necesidad de entendernos desde el respeto a la diferencia.

El mundo se divide entre quienes protegen esta diversidad (biológica, cultural, social y política) como un tesoro y quienes la combaten como un problema. Yo me encuentro entre los primeros. Y creo con firmeza que militar en esta trinchera es tan necesario y urgente como revolucionario y comprometido. Paradójicamente, en el otro bando suelen estar quienes utilizan este libro sagrado como arma arrojadiza sin advertir que se trata de uno de los manifiestos más humanistas y ecologistas que conozco. No es una cuestión baladí sino la clave sociopolítica del siglo XXI. Frente al discurso de una civilización superior fundada en la primacía del ser humano occidental y de una moral concreta, debe levantarse un pensamiento hegemónico que defienda la diversidad cultural para aspirar a ser iguales en derechos en cualquier parte del planeta. Y eso sólo se consigue venciendo en las trincheras más pequeñas donde ecología y memoria se den la mano. Sirva como ejemplo, la Sierra Morena de Córdoba.

Me parece inconcebible que uno de los suelos más antiguos de la Tierra sea un paréntesis entre las Sierras de Hornachuelos y Cardeña-Montoro, además de la única pieza huérfana de protección en la cadena que continúa con la Sierra Norte de Sevilla y la Sierra de Aracena y Picos de Aroche. Y me parece aún más sorprendente cuando nos hallamos ante uno de los lugares de memoria milenaria de la península. Minas tartesias, puertos béticos o cuna del eremitismo paleocristiano, la faja de la Sierra de Córdoba aún conserva las huellas de sufismo andalusí de Ibn Masarra, sin duda, uno de los pensadores más grandes de nuestra historia. Plagada de torres y rosales de nombres esotéricos que quedaron abandonadas al crearse las Ermitas, desde el nordeste al suroeste nos encontramos con una de las reservas de mayor diversidad ecológica de Europa.

Córdoba, Villafranca, Adamuz, Obejo, Villaharta, Pozoblanco, Villanueva de Córdoba, Villaviciosa, Espiel, Villanueva del Rey, Almodóvar del Río, Posadas y Palma del Río, merecen que su cuerpo y su alma sean protegidas con el mismo rango que las sierras hermanas con las que comparten identidad ecológica y cultural. El movimiento ciudadano que ha retomado esta reivindicación histórica añade argumentos sólidos de protección medioambiental, impacto económico para la zona y desarrollo sostenible. Quien alega (o calla) razones urbanísticas para impedir o retrasar que la Sierra de Córdoba no sea protegida como merece, pertenece al bando de los que defienden egoistamente sus intereses sin pensar en lo poco que dejarán a generaciones futuras. De un modelo económico y cultural que nos destruye a una velocidad de vértigo. Muchos de ellos, valedores a ultranza de ese libro sagrado que ignoran y desprecian con sus actos cotidianos. Los mismos que democráticamente prefirieron salvar a Barrabás porque era uno de los suyos.

En el siglo que vivimos, tras la devastación y bestialización del anterior, la Sierra de Córdoba debe ser sagrada. Pero no será ningún Dios quien la proteja, sino la administración pública declarándola Parque Natural como así se le ha exigido por la ciudadanía. El único Dios en democracia.

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