A propósito de clásicos

Un clásico. Eso es lo que nos falta en nuestro deporte local. Un clásico con el que acumular una historia particular donde cada parte encuentre suficientes rincones para su victoria moral. Suficientes afrentas para sus facturas personales.

Pero no lo hay. Ni siquiera tenemos un vecino de un nivel semejante a quien odiar deportiva y regularmente, dos veces por año. Si acaso, somos demasiado buenos, y convertimos cada temporada nuestro hermanamiento con el Recreativo en un perol y un reparto de puntos. Y, mientras, en los últimos dos años hemos vivido ya trece Real Madrid-Barcelona, o viceversa, tanto monta, monta tanto.

Por eso, y porque en los últimos cuarenta años no hemos catado un partido de primera división, son muchos los que comparten su corazón cordobesista con un símbolo de caza mayor. En esta escalada federal que nos ocupa, en esta búsqueda de referentes particulares y diferenciados, hay mucho purasangre que critica a quienes disfrutamos del Madrid, o del Barcelona, con cierta relación de parentela. Hace algunas décadas un aficionado al fútbol, lo era de un equipo a través de sus hitos. Recuerdo que mi abuelo era del Athletic de Bilbao, y no era el único, porque el equipo vasco era un equipo copero y de tradición futbolística. Yo estuve a punto de caer en la tentación culé con la llegada de Cruyff al Barça, pero no cabía en mí de gozo cuando ví a mi padre saltar en una final de copa tras meter el cuarto el Madrid al equipo azulgrana. Ahí supe que no había elección. En ese momento, incluso podría haber intuido que ese bautismo estaría a prueba, incluso, de un futuro Mourinho de turno. No me culpen por ello. Ser del equipo de tu ciudad es fantástico, pero es fácil para quien ha nacido en dicha ciudad. En eso estamos todos de acuerdo. Es casi un hecho inevitable y hay poco que debatir. No conozco a nadie que discuta entre el Córdoba y el Séneca, único debate futbolístico local que más nos valdría solucionar algún día, por el bien de nuestra cantera.

Pero lo otro... lo otro es una elección personal. Una religión donde la salvación eterna dura un fin de semana. Donde las copas de Europa cuentan o no según quién las gane, cuándo las gane, o si teníamos o no televisión en color. Donde la discusión con los amigos dura toda la vida, cada uno con un arsenal irrefutable de razones, goles y agravios.

Un clásico. Eso nos daría una razón cada año para sacar a pasear nuestros símbolos de pequeña guerra deportiva. Pero no. Córdoba es la intersección de no nacionalismo y no clásico. ¡Dónde vamos a parar! Una ciudad sin motor visceral. Hola, fondo norte, hola, fondo sur. Hola, preferencia, tribuna no contesta.

- Y tú, si el Córdoba jugara con el Madrid, ¿quién querrías que ganara? - pregunta el agudo inquisidor pensando que acaba de destruir tu falso edificio de identidad deportiva.

No entienden nada, pensaba yo. Tras criticar a Dubarbier por su atropellado fútbol, coreaba su nombre tras marcar el segundo al Barça B. Y soñaba con el clásico del día siguiente como una continuación, pero sin franjas verdes. Porque, lo que de verdad me preocupaba, la pregunta realmente incómoda, es la que hay que empezar a responder, cada uno, en cada casa, cada lunes.

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8 de octubre de 2012 - 08:00 h