Pasar de cuartos

Ha tenido lógica repercusión en los ambientes deportivos la muerte de Luis Aragonés. Más de una vez hemos comentado la característica propia de este país cainita, que sólo abandona las armas ante la muerte. En ese contexto, la unidad suele ser factor común ante el fallecimiento de cualquier personaje.

Yo nunca he sido muy fan de Luis Aragonés. Me hacía más gracia su imitador en los carruseles, que desataba una chulapería castiza que lo caracterizó a medida que pasaban los años. Pero creo que fue un futbolista mucho mejor de lo que la memoria colectiva sostiene hoy. Mejor que entrenador, en cuya faceta ha tenido una larguísima vida profesional, responsabilizándose de equipos de todos los niveles, muy buenos algunos. Su balance, siendo bueno, no me parece, sin embargo, extraordinario. Hasta llegar a la selección.

En un combinado nacional no hay lugar a grandes programaciones, a muchos entrenamientos. Si en el fútbol de hoy en día la mentalidad es crucial, en equipos que juegan poco juntos, entrenan poco colectivamente y cuyos resultados tienen gran repercusión, una adecuada mentalización resulta vital para lograr la victoria final. Con la mejor generación de futbolistas de nuestra historia, Luis Aragonés tuvo el acierto de apostar por el único fútbol en que esos jugadores se desenvolvían con naturalidad. E insistió lo suficiente. Lo aderezó de experiencia y picardía en sus charlas técnicas. Y fue corresponsable, por ello, de concienciar a toda una generación de la posibilidad de superar traumas extraña y reiteradamente insolubles. El más característico, la metáfora de tantas cosas en nuestras vidas: Pasar de cuartos.

Sólo decirlo me parece aún mágico. Pasar de cuartos. Soltar las cadenas. Mucho más grande que haber ganado después.

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Publicado el
3 de febrero de 2014 - 07:00 h
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