Dormir

"Ante las puertas de la cueva fecundas adormideras florecen, e innumerables hierbas de cuya leche el sopor la Noche cosecha y lo esparce húmeda por las opacas tierras" (de "La metamorfosis").

Recuerdo haber estado mirando la estatua de Ovidio en el centro de su ciudad natal, Sulmona, en el Abruzzo italiano, uno de los enclaves con más encanto que jamás he visitado. El don de la poesía le fue otorgado a quien, en expresión más mundana, había nacido "rico por su casa". Pudo dedicarse a vivir sin estrecheces tras la muerte de su padre y por ello lo hizo visitando diversos lugares, alguno realmente caluroso como Sicilia. Desconozco si fue allí donde pudo disfrutar en todo su esplendor de uno de los deportes de verano más característicos: dormir.

Pero el sueño de Ovidio es un sueño creador, onírico. El sueño de nuestras noches de verano adelantado merece ser desprovisto de todo trabajo y vivencia. Dormir es el complemento perfecto de la contemplación. El alivio de una sensibilidad exacerbada. La verdadera paz. Un tiempo sin tiempo. Hablo del sueño sin sueños. Hablo de la nada reconfortante. Dormir a pierna suelta, o como un bendito. Dormir como un bebé.  Hacerlo sin pijama. La sensación de bucear respirando. Dormir como un ceporro, o en su expresión más sencilla, como un tronco. Dormir como un lirón, o un remedo de marmota. Dormir la siesta.

Por eso no me gusta el sueño de Morfeo, empeñado en componer figuras y transmitir designios. Sin embargo, amo a cualquier durmiente, mi par, mi media y callada naranja, sea en la versión de Perrault, de los Grimm, la de Disney, la de Edgar Allan Poe...

Abandonarse. Sin anuncios ni publicidad. Sin patrocinadores. Sin IVA. En brazos de uno solo, del "Sueño":

"Sueño, descanso de las cosas, el más plácido, Sueño, de los dioses, paz del ánimo, de quien el cuidado huye, quien los cuerpos, de sus duros menesteres cansados, confortas y reparas para la labor."

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17 de junio de 2013 - 08:00 h