Nuevo trabajo

Sí, amigos: soy un crack. El mejor en mi puesto; por eso me rifan, estoy en la élite, hago rico a mi agente y a sus padres. No es que esté en el mercado: Soy el mercado. Podría ser futbolista universal, pero tengo un problemilla en el menisco y una pubalgia que se ha cronificado. Por eso me dedico a los gabinetes de comunicación y he abandonado las canchas.

Así que en mi mesa, en la bandeja de entrada de mi servidor de correo electrónico, tengo un montón de ofertas mareantes para la nueva temporada: Me tiran los tejos desde la Casa Blanca y la oferta es tentadora. No me importaría trabajar para Clinton o justificar las bravuconadas de Trump, soy muy profesional.

También tengo una oferta de El Vaticano para llevar los asuntos del Papa Francisco ante la radicalización de ciertos asuntos religiosos en un ambiente geopolítico muy crispado. Yo lo haría bien. Me muevo con solvencia en asuntos de ecumenismo.

Sin embargo he desestimado la oferta de Washington, la de El Vaticano y otras venidas de Abu Dabi, Qatar o Petrogrado…

He optado por trabajar para la Federación de Hosteleros. Una apuesta ganadora.

Los hosteleros llevan razón en todo, impulsan el empleo, le dicen a las administraciones locales o supranacionales lo que deben hacer, inundan la vía pública de mesas metálicas, llevan "la marca España" a donde haga falta, saben inundar un flamenquín en una freidora, son el pulso de la ciudad y, además, se reproducen entre ellos hasta la eternidad de los tiempos.

Ahora me dedico al gabinete de comunicación de los hosteleros (incluidas redes sociales) y he comenzado con un gran argumento que parafrasea a Jean Paul Sartre (que para eso tengo cultura) y que dice así: Somos los hosteleros, "el infierno son los otros".

Con un par. Anda que no.

Soy un puto genio (lo sé).

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Publicado el
31 de julio de 2016 - 04:50 h
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