Todos los muertos

En el pueblo están celebrando este día con la matanza de un cerdo. La primera de la temporada –tal vez la única, los tiempos ya no son como antes-. Es un día de fiesta. Esto es una fiesta, que no se olvide, se le dé un valor añadido desde cualquier institución o no.

Ha llegado el matarife. Han esperado al veterinario del servicio público que ha analizado el bazo del animal sacrificado. "La corbata", le llaman, "limpia", dice: "Adelante".

Se extraen los lomos, se despiezan los jamones, las paletas. Con ajo, comino, pimentón, orégano y ajonjolí se sofríen las vísceras… Te ofrecen una "prueba" sobre una hogaza de pan y una copa de alcohol duro (anís seco, orujo; es temprano). Las mujeres toman café con leche (aquí hay también una perspectiva de género ancestral. Hay que seguir trabajando en ello).

La mondonguera embute salchichas y chorizos, venciendo a la Muerte. Los niños –el futuro- revolotean jugando con las orejas y la careta del cerdo. Me acuerdo de "El señor de las moscas". Son un futuro incierto de la tribu.

Es el "Día de Todos los Santos". Hay, también, que llevar flores al camposanto. Lo harán. Hay tiempo para todo en el día de fiesta.

Ese sitio de Irlanda que nos contó Joyce, el pueblo de Comala que nos describió Juan Rulfo, van a estar siempre aquí. Mi padre, mi madre, mi amigo, la sobrina estarán siempre aquí. Y el marrano y la mondonguera y un verso de Santa Teresa y una calabaza.

Y la tontísima idea de la inmortalidad mientras ves desfilar a tus muertos. Sonriendo.

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1 de noviembre de 2015 - 02:00 h
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