Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Mi educación sexual

El plátano de Andy Wharhol.

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Puede que al principio estuvieran los libros de Historia o de Historia del Arte. Rubens, Goya, el Laocoonte y sus hijos, Boticelli, el pubis de las mujeres de Egon Schiele, el David de Miguel Ángel…

Leí que el canon romano (y luego renacentista) esculpía y pintaba varones con el pene pequeño como símbolo de virtud mientras que los penes insultantemente erectos estaban relegados a la decoración de copas y vasijas como símbolo de lujuria y cachondeo. El varón inteligente y virtuoso debía tener una polla discreta y laxa.

A mí eso no me parecía mal. Toda información me parecía importante. Y ciertos prejuicios se desvanecían.

Luego llegaron las revistas usadas, de macuto en macuto, bajo los pupitres, y el VHS, todo un invento que te dejaba las manos libres y los ojos de plato.

Mientras, me fijaba en una chica de mi clase. Imaginaba estrategias: “si coincidimos en la esquina antes de bajar al Instituto es que le gusto”. Pues coño, funcionó!

Crecí en un barrio con parque. Una ventaja. El parque era un sortilegio de árboles, sombras y recodos en el trayecto de las clases del instituto a la casa en las tardes del tardo invierno y la primavera.

Los besos y las curvas del jersey. Las manos en la espalda baja, suaves e incansables. Peinar eternamente el cabello sobre el lóbulo de la oreja.

Las cremalleras cuando deciden abrirse. Zip se dice en inglés, otra de las onomatopeyas de ese idioma: ziiiiiiiip y se abrió el pantalón vaquero entre sus piernas. “¿Lo quieres más fácil?”, me dijo. Jamás olvidaré esa frase.

Yo acabé estudiando filología inglesa. No sé si por esas onomatopeyas.

Lo que vino después fue un típico juego de “ensayo y error” divertido y sorprendente: un portal de bloque de barrio, aquel sofá, un coche prestado, la cama pequeña y malsonante de un apartamento en Fuengirola…

Todo lo demás ha sido como conducir con los ojos cerrados.

Y no salirse en la curva que da al acantilado.

Jamás le he puesto un condón con la boca a un plátano, pero me gustan. Los he visto serigrafiados por Wharhol en el MoMA y se los compro a la Mari en el mercadillo de los sábados de mi barrio.

Los como. Son ricos en potasio.

Creo que mi educación sexual es permanente. Me di cuenta desde aquel principio, desde aquel parque afortunadamente mal iluminado.

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Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

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