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Sobre este blog

Imaginaba que en la jubilación iba a entrar en una fase tranquila, dedicada a leer tumbada a la bartola debajo de una encina, mi deporte favorito. Pues no es posible, no en estos tiempos. Basta con prestar un poco de atención a lo que ocurre alrededor para que ese dulce far niente se transforme en una molesta agitación interior. Y entonces recordé la primera expresión que aprendí en Córdoba: el niño está desinquieto, ante la que ninguna madre aceptaba el cambio por inquieto.

Había algo más y ahora lo he descubierto: es la intranquilidad que se produce cuando la calma es perturbada por estímulos indeseados y, como aquellos niños, ni puedo estar quieta ni dejar de estar atenta a lo que pasa alrededor. Por eso les escribo, para ver si me ayudan a solucionar el malestar y si no funciona, iré al psiquiatra y le diré que estoy desinquieta. Aunque no sepa qué es, seguro que lo descubrirá, como me ha pasado a mí.

Resistencia

Mujer leyendo

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¿Qué pasaría si nos fuéramos transformando poco a poco, casi sin darnos cuenta, en un país —incluso en un mundo— de hombres y mujeres distraídos, de niños, jóvenes y viejos inatentos, de personas permanentemente enfocadas a la pantalla más cercana que varía con rapidez, sin apenas atender a nada más de su entorno? ¿Qué pasaría si perdiéramos la capacidad de reflexionar, de juzgar lo que percibimos, si nuestra comprensión y nuestra capacidad de comunicarnos se volviera cada día más simple y nuestro lenguaje más rudimentario hasta casi desaparecer? 

Estas preguntas tan tenebrosas surgen al leer los resultados del último informe PISA, un estudio que mide las competencias académicas de 760.000 adolescentes de los países considerados más desarrollados del mundo. España, en la que fueron examinados ha obtenido el peor resultado desde que, en el año 2000, se iniciaron las valoraciones. El descenso, tanto mundial como español, es más profundo en comprensión lectora, matemáticas y ciencias.

¿Por qué es tan preocupante la caída de la comprensión lectora? Esta función, entender lo que leemos, es la puerta de entrada al aprendizaje de cualquier otra materia. Si esa puerta permanece cerrada, la posibilidad de adquirir nuevos conocimientos, ya sea de matemáticas o de geografía, puede ser difícil, incluso imposible. En el informe también se dice que los alumnos estudiados son menos capaces, o están menos motivados, a detenerse en textos largos; son menos curiosos y han perdido interés por la lectura, sobre todo en papel. Prefieren leer en pantallas, que permite cambiar de un tema a otro y evitar esforzarse en mantener la atención en temas más difíciles o en completar tareas.

Para mi alivio, encontré artículos que, desde el ámbito académico, critican la forma de medir resultados del sistema PISA y, por un momento, pensé que mis miedos eran exagerados, pero entonces, pocos días después, y desde el mundo de la cultura, el escrito argentino Alberto Manguel, al inaugurar la Feria Internacional del Libro (FIL) de Monterrey, señaló que la lectura nos ayuda a percibir a los otros y la falta de comprensión lectora puede afectar no solo al mundo literario, sino a toda la sociedad, dado que la falta de imaginación, de reflexión y de comunicación que conlleva, nos impedirá convertirnos en buenos ciudadanos. El alivio se esfumó de nuevo.

Esta situación me ha recordado el mundo que Ray Bradbury describe en su novela distópica Fahrenheit 451. En ella traza una sociedad en la que está prohibido leer y los bomberos son los encargados de perseguir libros y bibliotecas para quemarlos. La gente apenas se comunica, se estimula escuchando a través de dispositivos que nos recuerdan a nuestros auriculares, o viendo enormes pantallas de televisión que pueden tapizar habitaciones de una casa y con las que actúan en algo parecido a los actuales realities. Se ha perdido la capacidad de observar el entorno, de valorar la belleza, de emocionarse ante el dolor de otros y su conducta es cada vez más impulsiva y violenta, ya sea contra otros o contra sí mismos. Las personas no parecen tener una idea de lo que es la ciudadanía, como diría Manguel, y sin ningún sentimiento de colectividad, se someten con una obediencia acrítica al control férreo de todo lo que el poder —anónimo, oculto, del que solo visibilizamos consignas— exige. ¿Estaremos llegando a ello?

El camino hacia ese estado es ahora más sutil: no está prohibido ni perseguido leer, no se queman piras de libros en las plazas ni se destruyen bibliotecas, simplemente se inunda el entorno de estímulos que provocan ruido, aunque sea un ruido silencioso, y se facilita tanto la distracción a través de lo inmediato y superficial que nos olvidamos del silencio, de la lentitud necesaria para observar, calibrar y disfrutar, o no, de lo percibido. Así, es fácil pasar por alto tanto peligros potenciales como la observación de la belleza porque ¿quién puede admirar un paisaje o escuchar a Bach con prisas?

¿Estamos entrando en un círculo diabólico de pérdida de atención que impide aprender conocimientos nuevos y reflexionar sobre lo que percibimos? La consecuencia sería volvernos crédulos, engañables, objetivo de timos y de lo que ahora llamamos fakes. ¿Y si estamos en ese círculo, cómo salir de él? 

Solo se me ocurre una respuesta: leyendo. En Fahrenheit 451, ante la imposibilidad de leer, las personas que constituían la resistencia, memorizaban cada una un libro, o una parte de un libro, que merecía conservarse, se convertían en vagabundos para escapar del control policial y esperaban el momento para salir a la luz y transmitir el libro guardado en su mente.

Así que he decidido unirme a la resistencia y empezar por un libro. De acuerdo, ahora leer no está prohibido, pero se perderá por desuso o llegarán —están llegando— los que quieren suprimir los libros que incomodan. Tiene que ser un texto que emocione, porque sin emoción no hay memoria, un texto como La Odisea, que nos ha legado en qué consiste el viaje del héroe y su lucha contra los grandes poderes y las miserias cotidianas, contra los elementos externos y contra las penurias internas y al leerlo me uno a todos los que lo han hecho y pido yo también: «Háblame, ¿oh, Musa!, de ese ingenioso héroe que viajó de aquí para allá después de saquear la famosa ciudad de Troya». Y si lo leo en voz alta, la emoción aumenta. Puedo oler el mar, oír su enfado y su calma, ver cómo los dedos rosados de la aurora descorren el velo de la noche y empieza el día. Noto el calor de las hecatombes de los pueblos y el frescor de la brisa al navegar. Pruébenlo. Después no podrán olvidarlo.

Sobre este blog

Imaginaba que en la jubilación iba a entrar en una fase tranquila, dedicada a leer tumbada a la bartola debajo de una encina, mi deporte favorito. Pues no es posible, no en estos tiempos. Basta con prestar un poco de atención a lo que ocurre alrededor para que ese dulce far niente se transforme en una molesta agitación interior. Y entonces recordé la primera expresión que aprendí en Córdoba: el niño está desinquieto, ante la que ninguna madre aceptaba el cambio por inquieto.

Había algo más y ahora lo he descubierto: es la intranquilidad que se produce cuando la calma es perturbada por estímulos indeseados y, como aquellos niños, ni puedo estar quieta ni dejar de estar atenta a lo que pasa alrededor. Por eso les escribo, para ver si me ayudan a solucionar el malestar y si no funciona, iré al psiquiatra y le diré que estoy desinquieta. Aunque no sepa qué es, seguro que lo descubrirá, como me ha pasado a mí.

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