La mujer perfecta

Elisa no echa de menos su vida de éxito. Ya no añora los micros ni las cámaras. Nunca lo ha hecho. Ni un sólo día desde que hace 5 años decidió no volver a ejercer de periodista ante la sorpresa, crítica y condescendencia de buena parte de la redacción.

Ahora su plató es el parque por el que pasea con el más pequeño de sus hijos y su cámara, los ojos de sus cuatro criaturas. Elisa es madre por encima de muchas cosas. Tiene una de esas casas hechas a medida de la infancia donde la mesa del comedor sirve para hacer tareas y los jarrones nunca serán de cristal. En la cocina, un enorme calendario marca los días que toca pediatra, partido de fútbol, clase de piano, inglés, alemán, visita familiar o cumpleaños. Las paredes de casa son una improvisada galería de arte infantil y la despensa siempre esconde alguna chuchería.

Elisa viste vaqueros y zapatillas de lona, lee y canta ópera. Nunca se queda en los cumpleaños a tomar café con el resto de madres y es una verdadera ignorante en asuntos de chismorreo. El otro día fue incapaz de responder a otra madre cuánto pesaba su bebé y hace años mintió en la visita al pediatra cuando le preguntó cuántas palabras era capaz de decir su hija pequeña, la misma que aprendió a leer con las revistas del baño. Una tarde de partido gritó el nombre de su hijo mayor para animarlo sin darse cuenta de que la que jugaba era su hija, la que aprendió a leer un año después que el resto de su clase cuando la maestra se percató de que la niña no veía las letras.

Elisa, la insuperable locutora de hace un lustro, no es la madre perfecta. Es sólo una madre que ha decidido no juzgar a nadie por sus decisiones y eso la convierte en la mujer perfecta.

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29 de diciembre de 2012 - 07:45 h