Jodechinchos

La primera vez que se dirigieron a mí como jodechinchos tardé un par de horas en entender lo que estaba pasando. Claro que era de madrugada y mis neuronas andaban algo aliñadas. Fue en la cola del baño. Dos chicas esperaban con la impaciencia propia de las vejigas etílicas. Mi amiga pasó primero. Yo sujeté la puerta haciendo equilibrismo para no empaparme los meñiques con esa sustancia negruzca que emana del suelo de cualquier garito que aspire a ser algo en la noche. Cuando llegó mi turno, lo oí alto y claro:

- Hay que fastidiarse con las jodechinchos, que se vayan a su pueblo a mear.

Mi amiga que es un angelito y no sólo por su nombre de pila, les soltó una parrafada en gallego profundo con la mejor de sus sonrisas, que es una que ella luce siempre cuando achica los ojillos y parece flotar. Le pedí que me explicara lo que había pasado y el caso es que lo hizo, pero entre su sonrisa y la mía nos fuimos flotando sin que yo acabara de entender la etimología del insulto. A la mañana siguiente lo pillé rápido. No había que ser Lázaro Carreter.

Jode-Chinchos: Dícese de la persona que jode los chinchos.

Chinchos: Peixe barato de la ría que sube como el dólar cada vez que hordas de veraneantes ocupan los chiringuitos y restaurantes de la zona.

Desde mi bautizo oficial como jodechinchos cuando era una de esas veinteañeras a las que el verano se les pasa de fiesta en fiesta, he vuelto cada verano al mismo pueblo a comer peixes de la ría, a ir echando arrugas y canas y a lucir orgullosa mi condición de veraneante. Hasta este año.

Sí, lo admito, este verano he creído ver a la chica del baño en cada esquina; en la cola del súper; en la de la panadería; en el puesto de pescado del mercado de abastos; durante mis carreras mañaneras; en las rutas guiadas por los montes cercanos; en la playa durante la puesta de sol; en la terracita disfrutando de una botella de vino; en todas partes.

Jodechinchos, jodechinchos, jodenchinchos, te voy a pinchar las ruedas de la bici y a pintarte el coche. Jodechinchos go home.

El empeño de algunos en bautizar como turismofobia lo que nació como una legítima crítica a un modelo turístico que hace aguas por todas partes y que un par de energúmenos ha llevado hasta ese extremo en el que la crítica se esfuma para convertirse en mala educación, en el mejor de los casos, o en delito, en el peor. Ese empeño, digo, nos ha convertido en conspiranoicas a todas las personas que jodemos chinchos por las costas y ríos del país.

Yo, que tan orgullosa he estado de mi condición de veraneante, he sentido el peso de todas las columnas de opinión y tertulias de radio –en la tele ni me molesto- que están llenando el verano de turistafóbicos. No sabe ya una si darle los buenos días a la farmacéutica o pedir perdón por haber hecho sonar el timbre de la puerta de la botica, que tiene un precio el watio como para que llegue la jodechinchos de turno toda gentrificadora a hacerle gasto de luz. Luego me han explicado que no, que aquí sólo gentrifica quien puede y no quien quiere; que veranear no es hacer el turista y he respirado algo más tranquila cuando he comprendido que el problema no lo provocan quienes visitan una ciudad, sino quienes pretenden hacer el agosto sacrificando sus chinchos, los del vecino y los de los nietos de los nietos de la farmacéutica si hiciera falta.

Empecé a frecuentar el noroeste cuando en el sur, el pueblo de mis veranos desapareció oculto entre ejércitos de siliconados y sus vecinos abandonaron sus oficios para vivir exclusivamente de lo que podía exprimir de quienes les visitaban. Ahora aquel pueblo de mis recuerdos no existe. Lo comprobé hace poco más de un mes cuando encontré convertidas en hoteles todas las casas patio de la calle donde pasaba mis veranos y la dueña de la droguería de enfrente de nuestra casa me saludó como limpiadora en uno de ellos.

Afortunadamente, en mi pueblo, le sigue fastidiando que les jodamos los chinchos y han conseguido mantener el equilibrio sin rendirse a los cantos de sirena del dinero fácil. Yo, por si acaso, sigo poniendo velas a la imagen de la santa del baño que me reveló hace 18 años lo sano que es mandar a mear a su pueblo al personal de vez en cuando.

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12 de agosto de 2017 - 16:53 h