Hormigas

La primera imagen que recibió al volver de vacaciones fue la de una delgada hilera de diminutas hormigas que recorría todo el pasillo hasta llegar al baño.

Al principio no le dio importancia. Se limitó a pisarlas y a barrer los cadáveres que fueron directos a la basura. Después deshizo las maletas, se duchó y

mientras se cortaba las uñas de los pies descubrió la entrada del hormiguero. Una minúscula grieta entre el retrete y el bidé y pensó que aquel emplazamiento era una estupenda metáfora de la mierda de vida llevaban sus nuevas compañeras de piso. Todo el día trabajando para acabar pisoteadas.

Entonces cayó en la cuenta de que habìa sido demasiado cruel.

¿Y si fuera al revés? ¿Qué ocurriría si cayera en un hormiguero? ¿serían ellas tan despiadadas a la hora de defender su hogar?

Aquellas ideas le hicieron recapacitar. Se vistió apresuradamente, salió a la calle y cogió el coche. Condujo durante más de una hora buscando algún supermercado abierto. Lo encontró precisamente junto a su oficina, donde tendría que regresar al día siguiente después del oasis estival. En la sección de droguería encontró lo que buscaba. Pagó y regresó a casa.

En el baño abrió el paquete. No tardò mucho en instalar el último grito en armas insectivoras. Una trampa que engañó a las disciplinadas hormigas atrayéndolas hacia lo que ante sus diminutos ojillos pareciera un verdadero paraíso en el que podrían comer cuanto quisieran, vivir como reinas, sin distición de clases, todas ricas.

Las primeras en salir hacia la tierra prometida fueron las obreras. Las observó aligerar el paso y le pareció que su decisión había sido justa. Morirían al fin y al cabo, pero al menos lo harían felices al creer que una vida de hormiga trabajadora y

obediente, una vida vivida según los dictados de la ley, no sería una vida de mierda. O sí

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30 de agosto de 2014 - 13:01 h
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