Sebastián de la Obra: “Los sefardíes nunca se fueron”

Sebastian de la Obra | MADERO CUBERO

Sebastián de la Obra nos recibe en la Casa de Sefarad, museo privado que dirige y que sirve de nexo de unión de la ciudad con su pasado hebreo. Su patio se ha convertido en una particular entrada al infierno, recreando el acceso principal al campo de exterminio de Auschwitz y preside la exposición actual, Donde se queman los libros, al final se quemarán personas. Una muestra que recoge la ingente colección que De la Obra posee sobre publicaciones ligadas con el Holocausto.

De la Obra, bibliotecario e historiador, lee en el móvil sus palabras recogidas por el Washington Post acerca de la posible agilización que el Gobierno busca en el trámite que permita que los descendientes de los sefardíes opten a la nacionalidad española. Sus palabras, muy críticas, han sido mal recibidas entre sectores del poder político central. Y con esa cuestión comienza la entrevista.

PREGUNTA. ¿Por qué han enervado tanto tus declaraciones sobre dar la nacionalidad a los descendientes de los sefardíes?

RESPUESTA. He dicho lo que opino como ciudadano, lo que pienso como persona que sabe y conoce el mundo del procedimiento jurídico y legislativo. Y he dicho lo que, como hombre de la cultura sefardí, tenía que decir. Por una parte, es una noticia emocionante que 529 años después de la expulsión alguien le diga a los sefardíes -palabra que significa español en hebreo- que son españoles y pueden ser españoles. Eso es un acto de justicia poética. Es increíble que pasados 529 años alguien del Estado español venga y les diga que es verdad, que son sefardíes; que son españoles.

P. Y ahora viene el pero...

R. Así es. Este es un procedimiento que los medios de comunicación y la clase política han banalizado con titulares como "los sefardíes de todo el mundo podrán acceder a la nacionalidad española". No es así. El procedimiento legislativo es tan fácil y, además, lo que se presenta es solo un anteproyecto de ley. Todavía queda mucho para que vea la luz.

Es increíble que pasados 529 años alguien del Estado español venga y les diga que es verdad, que son sefardíes; que son españoles

P. ¿Y cómo viven los sefardíes estas noticia?

R. Pues depende de dónde estén. No es lo mismo un sefardí de Salónica, que uno de Estambul, Egipto, Marruecos, Nueva York, París, Berlín o Buenos Aires. Depende. Pero todos lo viven con una sensación contradictoria porque la relación psicológica entre el mundo sefardí y España es una sensación como la que uno tiene con un primer amor que le haya abandonado. Por un lado, piensas que nunca vas a tener algo igual y por otro lado, sientes el resentimiento más grande por aquel amor que se rompió. Es una percepción ambivalente y constante en el mundo sefardí.

P. Cientos de generaciones después de la expulsión, ¿se sigue teniendo esa imagen de Sefarad como un lugar mítico?

R. Sí, cuando hablas de esto necesitas tiempo y mucha capacidad didáctica para que se entienda. Hay muy pocos judíos en el mundo que se digan a sí mismos, "yo soy un judío polaco; yo soy un judío ucraniano; yo soy un judío húngaro; o yo soy un judío checo". Sin embargo, todos los sefardíes del mundo llevan 500 años diciendo que no son ni turcos ni marroquíes ni tunecinos ni griegos ni palestinos; lo que te dicen es que son sefardíes. El propio término de Sefarad cumple la función del salvoconducto en la literatura. Si yo digo Sefarad, estoy abriendo una puerta a una relación casi mitológica de alguien que se sabe, intuye, percibe o sueña que nunca estuvo mejor que en Sefarad. Y al mismo tiempo, esa persona es alguien que sabe que una de las grandes tragedias del mito del judío errante es la expulsión de los sefardíes; una desgracia equivalente a la destrucción del Templo de Jerusalén y a otros sucesos que han acontecido con posterioridad.

La relación psicológica entre el mundo sefardí y España es una sensación como la que uno tiene con un primer amor que le haya abandonado

P. Creo que te he desviado de tu primera respuesta. Volvamos. ¿Cuál es el verdadero problema -además de que no es algo inmediato- sobre dar la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes?

R. Me produce cierto temor el momento y el contexto elegido. Y también me preocupa quién hace esta propuesta. La derecha española ha sido profundamente antisemita durante muchos siglos -sálvese quien pueda salvarse-, como también lo es una parte de la izquierda. Nuestra clase política no hace nada desde hace 30 años si no es pensando en las elecciones. Por lo tanto, algún rédito electoral podría buscarse al hacer un anuncio público de esta dimensión. Por eso, considero que es un ejercicio de propaganda porque parece cómo si, por primera vez en la historia de España, un gobierno conservador hubiese dado un paso en este sentido. Y no es cierto, porque la primera vez que se produjo un intento de facilitar la nacionalidad a los descendientes de nuestros sefardíes, fue en 1924, bajo la dictadura de Primo de Rivera. ¿Qué se anuncia ahora? Pues algo parecido a lo que se dijo el 12 de noviembre de 2012, cuando el actual ministro de Justicia [Alberto Ruiz-Gallardón] lanzó a bombo y platillo que se estaba elaborando una instrucción para agilizar el procedimiento de adquisición de nacionalidad de los sefardíes. Muchas familias fueron a pedir instrucciones en todos los consulados de España en el Mediterráneo para saber qué había que hacer para obtener la nacionalidad. Pero desde noviembre de 2012 no se ha hecho nada. Ha sido un bluf y ahora, el 7 de febrero, Gallardón vuelve a salir diciendo, a bombo y platillo, que se ha aprobado un anteproyecto de ley para agiliza la adquisición de la nacionalidad. Y se anuncia justo cuando el fenómeno migratorio va a convertirse en uno de los caballos de batalla de las próximas elecciones europeas y la derecha que gobierna va a plantear que es muy dura con la inmigración. Y justo en ese momento se plantea a bombo y platillo la posibilidad de que los descendientes de tres millones de sefardíes puedan adquirir la nacionalidad. Es un contrasentido. Este país, como cuento en el Washington Post, es uno de los países más cicateros en la política de acceso a la residencia y al trabajo para la población migrante y también es de los países más cicateros en las políticas de asilo y refugio. Todavía tenemos cientos de familias sirias esperando en Melilla poder acceder mediante el estatuto de asilo a la Península. ¿Qué más necesita el Gobierno español? ¿Que desaparezca Siria para entender que quien huye de ese país está solicitando refugio y asilo? Cómo puede presumir Gallardón de gallardía a la hora de anunciar que varios cientos de miles de personas del planeta descendientes de sefardíes van a adquirir la nacionalidad por un procedimiento excepcional cuando se está viviendo esa otra situación.

El anuncio de Gallardón de facilitar la nacionalidad a los sefardíes es un ejercicio de propaganda

P. ¿Por qué se ha insistido más en tratar de recuperar la nacionalidad española del pueblo de Sefarad y no la de otros pueblos expulsados o víctimas de nuestra colonización? Sé que no es un empecinamientos, pero se ha repetido varias veces...

R. No, no es un empecinamiento. Lo de Primo de Rivera coincidió con el primer movimiento prosefardí en España, protagonizado por un senador, humanista e intelectual llamado Ángel Pulido. Él escribió una obra muy curiosa que rompió muchos esquemas. Se tituló Españoles sin patria y fue el resultado de haber conocido a una gente muy extraña y muy cercana en ciudades como Alejandría, El Cairo, Constantinopla, Atenas, Livorno, Tetuán y Orán. Allí descubre que esta gente mantiene una identidad hispana tan pura o más que los más castizos de la península. Y descubre que en sus usos y costumbres hablan un español de Cervantes, escriben un español cervantino, cantan, comen, rezan, viven, se expresan y mueren a semejanza de lo que nosotros consideramos que es la identidad hispana. Pulido hace entonces una campaña que deriva en un movimiento que no pretendía nada más que reconocer lo asombrados que estaban de haber descubierto algo que se les había ocultado.

P. Como mirarse en un espejo.

R. Claro, es como cuando las tropas españolas llegaron al recién fundado Protectorado de Marruecos y descubren una cancioncilla muy rara que canta una gente muy rara de Tetuán en un español muy raro. Y la canción decía algo así como "estaba el señor don gato sentadito en su tejado". Y nuestros soldados se traen la canción de vuelta a la Península y termina formando parte del repertorio infantil hispano. Esas personas de Tetuán, Tánger y Larache, descendientes de los expulsados, son una gente muy rara que no se siente marroquí, tampoco son musulmanes ni españoles. Son forasteros en una tierra.

P. Poco a poco se logra ese reconocimiento del otro, del sefardí.

R. De manera lenta y paulatina, sí. Se reconoce que esta comunidad ha mantenido unas señas de identidad sorprendentes y que eso no ha ocurrido con otras comunidades. Los descendientes de los moriscos -para lo que yo he apoyado causas importantes- tienen la misma razón de fondo para reclamar su propio reconocimiento, pero no coinciden con la razón de hecho. Salvo en algún lugar de Marruecos o Túnez, no es fácil encontrar una identidad morisca autónoma que haya mantenido su tradición, lengua y usos y costumbres a lo largo de 500 años. Pero hay una explicación que es razonable. Nuestros moriscos se fueron diluyendo en sociedades con las que compartían tradiciones culturales, lengua y religión. No ocurre eso con la memoria sefardita que ha vivido siempre en comunidades minoritarias y ajenas a la cultura del lugar donde se asentaron. Además, hay un elemento en el que yo siempre insisto: la cultura judía es una cultura de la memoria; la identidad judía, hasta hace poco, solo tenía un lugar donde vivir: la memoria. No tener un espacio físico hizo que durante 2.000 años la identidad se construyese y soportase sobre la memoria.

La identidad judía, hasta hace poco, solo tenía un lugar donde vivir: la memoria

P. La memoria es también, en parte, la que crea los modelos, los paradigmas. Córdoba siempre ha sido ejemplo del paradigma de esa ciudad donde pudieron convivir las tres culturas. ¿Ese recuerdo es algo real?

R. No, es un recurso de carácter turístico y cultural. Y es un recurso usado y abusado por la propaganda política. Pero no responde a la realidad. Ni el término paradigma ni el término convivencia encajan, porque el primero implica una voluntad y el segundo es un término de análisis contemporáneo que no se puede aplicar cuando hablamos de la Edad Media. Lo cierto es que la concepción heredera de Al Andalus es una concepción que se construye con una hegemonía mayoritaria política y religiosa del Islam, pero aceptando el reconocimiento de la diversidad. Esa es la clave, no para hacer propaganda política o turística, sino para reconocer que en un momento de nuestra historia el concepto y la realidad de la diversidad era entendido como lo normal y no como lo excepcional. La constitución del estado moderno español, que trae muchos parabienes y muchas desgracias, se constituye sobre la negación de esa diversidad. Es un Estado moderno porque se entiende por modernidad la eficacia y la eficiencia. Un solo Estado, un solo poder político, una sola creencia, una sola lengua, una sola administración. Y eso es un avance sociológico, jurídico y político que convierte a España en el primer estado moderno europeo. Pero, ¿a costa de qué? A costa de negar la posibilidad de una vecindad diversa, no de la convivencia, sino de la vecindad. Y en Córdoba, es cierto que en determinados momentos de su historia, había varias sinagogas, varias iglesias de culto mozárabe y había una hegemonía política y cultural del Islam. Pero todos coexistían.

P. Las culturas del Libro.

R. Sí señor.

P. ¿La Mezquita es un símbolo de esa concordia?

R. Los edificios religiosos casi siempre son símbolo de celo, porque todos sabemos que todos los dioses son celosos de sí mismos. Todos los lugares de culto representan lugares de exclusión y eso ocurre en la tradición judía, cristiana y musulmana. No existe el paradigma de la tolerancia en las religiones. La historia de las religiones es la historia de la exclusión del otro porque todos se creen poseedores de la verdad.

Todos los lugares de culto representan lugares de exclusión y eso ocurre en la tradición judía, cristiana y musulmana

P. Entonces, ¿el uso que el Obispado y el Cabildo hacen de la Mezquita entra dentro de lo normal?

R. Entra dentro de otra cosa que no son las creencias. El problema es que hay un sector del episcopado español que es muy militante, muy arcaico y poco inteligente por no reconocer que disponen de la potestad y del privilegio de manejar unos recursos patrimoniales y económicos que responden a algo que va mucho más allá de los fieles y sus creencias. La mezquita de Córdoba sí que es un paradigma, hay pocos lugares en el planeta en el que una imagen y una palabra condensen una identidad. Y cuando alguien dice Mezquita en España todo el mundo dice Córdoba. Y cuando dice Córdoba todo el mundo piensa en la Mezquita. Eso es un privilegio pero, para saber administrarlo, hay que tener un poco de bondad, mucha inteligencia y sobre todo estar muy abierto de mente, cosa que no le ocurre a un sector de la empresa del episcopado español.

P. ¿Estarías a favor de que la titularidad y gestión fuese pública y de que se permitiese el culto católico o incluso el musulmán?

R. Creo que el monumento nacional de la mezquita de Córdoba, como patrimonio del estado y de la humanidad, debe de tener una gestión transparente y pública. Pero no es que confíe mucho en la gestión de lo público. A la vista está que cuando algo cae en manos de lo público aparecen inmediatamente las corruptelas. Digo esto para que conste que mi mirada crítica va también hacia ese concepto de lo público que llena las bocas de muchos militantes que no saben muy bien de qué están hablando. Pero creo que, por ser patrimonio de la Humanidad, y por superar con creces la dimensión física y humana de la ciudad de Córdoba, debería de tener una gestión transparente y pública. Entre otras cosas porque es un edificio que ha recibido suficientes ingresos del poder público como para que el Estado, se llame Ayuntamiento, Junta de Andalucía, Diputación o Gobierno de España, pueda intervenir en su gestión. Creo en la transparencia y en la gestión pública de lo que es patrimonio público.

La mezquita de Córdoba sí que es un paradigma, hay pocos lugares en el planeta en el que una imagen y una palabra condensen una identidad

P. Y con respecto al culto, ¿qué te parecería que se permitiese el culto a otras confesiones?

R. Tengo mis dudas. Insisto, aunque la gente que acuda a los cultos sea bondadosa, los templos suelen ser homenajes a la exclusión. Yo tengo mi dios y el recinto en el que estoy con mi dios no debe de acceder ningún otro.

P. El mundo sefardí tiene su propio paradigma en Sefarad.

R. Es una construcción neorromántica, como ocurre con el mito de Tartessos o de Al Andalus. Es cierto que se ha alimentado, pero tiene distintos planos y requiere de distintos análisis. Para el mundo judío, la memoria de Sefarad es la memoria de un espacio físico donde vivía el mayor número de judíos entre los siglos VII y XIII en Europa. Al mismo tiempo, su mayor protagonismo en las élites políticas, económicas, culturales y sociales se da también en Sefarad. La presencia en las élites culturales del judaísmo hispano es apabullante, en la política, en la poesía, en el pensamiento, en la filosofía. Hay que esperar a los siglos XIX y XX para que en Europa la judería vuelva a florecer con un movimiento creativo, artístico cultural y filosófico y humanista como el que se dio en Sefarad. Y eso son datos que forman parte del acerbo común de los judíos. Y la memoria tiene esa trampa, uno coge de ella aquello que le permite reconocerse y sentirse orgulloso tras una diáspora de 500 años. Ese es el cariz tan particular que tiene la memoria sefardí en la tradición judeoespañola.

P. Siempre que hablamos de judaísmo, se levantan voces que sitúan el discurso en la contemporaneidad y en la cuestión del conflicto entre Israel y Palestina. Y, por ejemplo, se hacen comparaciones dolorosas entre el muro del gueto de Varsovia y el de Cisjordania.

R. El ejemplo del muro del gueto de Varsovia -por qué no elevarlo a lo que todos pensamos, el Holocausto como acontecimiento excepcional en la historia- y equipararlo a otro proceso es un error de cálculo. Cada uno tiene unas causas, un desarrollo y unas consecuencias. Y todas son diferentes. Entre otras cosas, no se puede equiparar porque ese ejercicio nunca nace de la compasión sino del celo. Yo no podré comparar nunca el Holocausto con los campos de refugiados palestinos, aunque haya participado en campañas de solidaridad con los refugiados palestinos. Pero nunca podré comparar el término genocidio con el término conflicto político. Y nunca podré equiparar el término exterminio con el de confinamiento. Responden a realidades diferentes.

Para gestionar la Mezquita, hay que tener un poco de bondad, mucha inteligencia y sobre todo estar muy abierto de mente, cosa que no le ocurre a un sector de la empresa del episcopado español

Y dejemos claro que Israel no es la Alemania nazi. Sé que esto generará muchos comentarios a pie de página en la entrevista pero ni Israel es la Alemania nazi ni los palestinos son los judíos ni los discapacitados exterminados en el Holocausto. El conflicto político que existe en Oriente Medio desde 1948 es deleznable y me he opuesto pública y privadamente a todos y cada uno de los gobiernos que han estado en Israel, ya fuesen de derechas o de izquierdas. Pero a mí, mi inteligencia y mi emoción no me lleva a equiparar el dolor, me lleva a defender el sufrimiento ajeno, pero no a equipararlo. Porque mi compasión está con ambos, porque mi actitud política está con ambos, porque creo que Israel tiene derecho a existir y creo que el pueblo palestino tiene exactamente el mismo derecho para dotarse de un estado con fronteras, capacidad de gestión y autonomía plena. Pero lo que marca la relación es el antagonismo, -no la dialéctica- y determinada gentuza lo que quiere es que yo diga que odio a Israel y yo no voy a decirlo. Estaría dispuesto a establecer una conversación que dijera que cuestiono la política de Israel, fue terrible la desproporción de lo sucedido en Gaza, es deleznable la política de colonización en los territorios ocupados se siga manteniendo.

P. ¿Consideras que estas polémica son signo de antisemitismo?

R. Muchas personas dicen que no son antisemitas sino antisionistas, haciendo gala de una enorme confusión conceptual con los términos. Pero en última instancia siempre hablan de judíos. Y no hay nada más cosmopolita que esa palabra. Detrás del librepensamiento de la humanidad y del concepto del cosmopolitismo están los judíos. El haber sido un pueblo sin espacio durante 2.000 años ha hecho que sea todo el espacio donde están el lugar donde adquieren la identidad. El cosmopolitismo de Modigliani, Karl Marx, Noam Chomsky, Woody Allen, Leonard Bernstein, Yehudi Enuhin... Hay un concepto que nace en la diáspora y es el de la disolución en las sociedades de acogida. Le ocurrió a nuestros marranos conversos que eran odiados por los cristianos, porque no se creían que se hubieran convertido; y eran despreciados por los judíos que les veían como traidores. Así que mantenían un constante ejercicio de simulación. Los marranos son atormentado por la duda porque no eran cristianos ni judíos y ya no sabían lo que eran. Solo les quedaba una vía: el conocimiento. Y sobre eso se construyó el librepensamiento. Un marrano fue Espinoza, uno de los mayores filósofos modernos. Así que hablar con frivolidad de todo estos para terminar diciendo que yo lo que odio es a Israel no tiene sentido. Y menos cuando el Holocausto puede volver a suceder. Alemania no era ni Ruanda ni Camboya ni Armenia. Alemania era el país más avanzado de Europa, el que reunía más liceos y conservatorios de Europa. Todo el horror que ocurrió se desarrolló en medio de una ciudad que es paradigma de la modernidad. Por eso no nos podemos quedar tranquilos.

Ni Israel es la Alemania nazi ni los palestinos son los judíos de la Segunda Guerra Mundial

P. ¿Llegaremos a entender a través de los libros el genocidio como concepto?

R. No, hay mucha gente tratando de descubrirlo y no se ha logrado todavía. Hay que estudiarlo desde un punto de vista histórico y social.

P. ¿Volverán los sefardíes?

R. Los sefardíes nunca se fueron.

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