Palomo Spain: "Me considero muy clásico"

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Entrar en la casa de Palomo Spain debe parecerse, en otra dimensión, a hacerlo en el rancho Neverland en tiempos de su dueño, Michael Jackson. Un parque de atracciones en la Andalucía profunda que bien podría haberse ubicado en la famosa Rue Cambon parisina, pero que su propietario, lejos de dejarse cegar por los focos del lujo, prefirió tener cerca de sus raíces. Porque en esta tierra ya se sabe que el futuro tiene precisamente eso, raíces.

Alejandro Gómez Palomo (Posadas, 1992) es el diseñador español con mejor proyección internacional. Levanta expectación allá por donde pisa, ya sea abriendo la Semana de la Moda de París o luciendo modelazo en el talent show de La 1 del que es jurado, Maestros de la Costura. Beyonce y Miley Cyrus han lucido los diseños para hombre de un modisto que ha conseguido rejuvenecer a Pedro Almodóvar.

Una casa con tipología de cortijo por fuera y de cortijo kitsch por dentro situada en las afueras de su pueblo acoge la buena casa de moda internacional que aspira a ser Palomo Spain. También todo su universo maximalista con reminiscencias barrocas y aires andaluces, ese lugar intransferible y desacomplejado que Palomo ha creado con talento y trabajo. Taller, tienda y vivienda conviven en un espacio amplio, alegre, colorido, rebosante de brocados, sedas, tweeds, lanas, volantes y siempre lleno de gente. Una fábrica artesana de alta moda que desde la vega del Guadalquivir viaja a puntos de venta tan prestigiosos como el Opening Ceremony en Nueva York.

Un enorme collage en la pared, junto a la mesa de trabajo de Palomo, adivina las mil y una referencias que tendrá su próxima colección. En la mesa, junto a sus lápices y cuaderno de dibujo, brilla un bolso negro con cadena de Dior regalo de su novio, el modelo Pol Roig. Tenerlo en las manos es como rozar el lienzo de Turín.

P. Orlando fue el nombre de tu primera colección. También es el nombre de una novela de Virginia Woolf en la que se cuestionaron las diferencias entre hombres y mujeres. Su protagonista es un joven aristócrata que atraviesa épocas y geografías y que acaba convertido en una mujer. Menuda declaración de intenciones.

R. Sí, fue el contexto perfecto para que se entendiese mi moda, cuál era mi mensaje. Me daba un contexto, una historia y una fantasía. Un viaje entre lo masculino y lo femenino, un viaje a través del tiempo sin referencias concretas… Era totalmente perfecta para decir aquí estoy yo jugando con todo esto, con la libertad a la hora de jugar con uno mismo. Luego está la grandiosidad que aparece en Orlando y que yo arrastro, estilo Luis XIV, plumerío isabelino, toda la seda brocada que haya por el mundo y todo el exceso posible. Una mezcla muy coherente entre Londres, donde yo he aprendido, y la tradición española que he mamado en mi taller de la forma más tradicional mezclado con lo de allí, la libertad a la hora de crear, la gente vistiendo como le da la gana y el disfrute que hay allí de la moda, que está muy cercana a la gente. Era la idea perfecta de chico-chica, Londres-España, moderno-antiguo.

P. Una de las ventajas de tu generación es que habéis crecido en una época en la que el género fluido ya no es un tabú. ¿O tal vez estoy pecando de optimista?

R. No sé si te refieres a las personas que tienen el género fluido, porque eso es mucho más complicado, pero a la hora de vestir creo que sí, que mi generación ha crecido de esa manera. Te explico cuál es mi caso y cómo me surgió la idea. Desde que tengo 15 o 16 años yo y la gente que me rodea hemos querido ir a la última. Comprábamos en tiendas de segunda mano. Yo en Córdoba iba al Reto en los recreos y buscábamos trapos en un pilón de ropa. Esto me gusta, me sienta y me lo quedo sin jamás plantearnos si era ropa de chico o de chica, y así miles. Compras una pieza vintage, ves si te queda bien y a lo mejor al llegar a tu casa te dabas cuenta si estaba cortado para chico o para chica. Entonces a la gente de mi generación que nos ha gustado el vintage fue donde empezamos a vestir sin tabúes y sin plantearnos nada en absoluto. Eso lo tiene mi generación y, al menos, la gente que me rodea. Y eso me ha acompañado siempre. Cuando trabajaba en Liberty, en Londres, o con el coleccionista vintage si nos gustaba una chaqueta de Yves Saint Laurent daba igual que fuera de mujer. Si te quedaba bien y te gustaba, pasaba a formar parte de tu colección y la llevabas con orgullo.

'Orlando' Era la idea perfecta de chico-chica, Londres-España, moderno-antiguo

P. ¿Todo ha sido así de natural siempre? ¿Nunca ha existido discriminación ni sufrimiento?

R. No. No soy una persona nada sufridora. Al principio en el pueblo choca. Ahí están mis amigos desde que tengo 14 años y donde empezó el look que tengo ahora, con el pelo tipo cacerola, rapado y vestido hecho un cuadro. Me han podido decir cosas, pero yo era de los de ¿sí? Pues mañana traigo más collares puestos. No he tenido miedo por nada nunca ni me he venido abajo. Y al final la gente se acaba habituando. Si te gusta bien y si no, mira para otro lado.

P. Creo que eres el primer artista que me dice esto. Que ha vivido con libertad y felicidad su orientación sexual.

R. Mis padres y mi familia me han tratado así y nunca ha habido problemas en que me vistiera y me expresara a mi manera. Incluso cuando me ponía abrigos de cuero enormes, jamás me han dicho vete a tu cuarto y te cambias, ni tampoco lo hubiera hecho. Eso en un pueblo puede costar más y maricón me han dicho mil millones de veces, pero es lo típico, tampoco…

P. El artista Antonio Villatoro sostiene que en los pueblos existe ahora más apertura que en las ciudades.

R. Puede ser posible perfectamente. Y además, cuando ya conciben lo que eres se acabó. Ahora aquí vienen chicos y chicas de todo tipo, de Bélgica, de Helsinki, de mil sitios del mundo porque vienen a hacer las prácticas aquí y van rapados, con pintas por la calle y la gente del pueblo feliz y con ganas de relacionarse. Ya le han cogido el gusto a que venga gente nueva porque eso es enriquecedor y divertido.

En Córdoba iba al Reto en los recreos y buscábamos trapos en un pilón de ropa sin jamás plantearnos si era ropa de chico o de chica

P. ¿Significa que las cosas comienzan a cambiar?

R. Hombre, yo creo que sí, ¿no? Si no sería un desastre. Queda mucho por hacer pero hoy día en España te lo puedes montar para ser más o menos feliz si piensas en todas las barbaridades que hay por ahí fuera. He estado en Moscú desfilando y he conocido a un montón de niños que eran modelos míos y que han venido porque querían desfilar y sentirse libres y me contaban barbaridades. Aunque sean muy fuertes y luchen como yo y hagan lo que les dé la gana, la gente no va a dejar de mirarlos como si estuvieran locos o fueran freaks. Ya no eres el maricón, eres escoria y ellos están dañados psicológicamente todos, porque han sufrido bullying. Luego vas por la calle allí con ellos y te dicen cosas, pero pasamos.

P. ¿Te fue sencillo desfilar en un país como Rusia con un gobierno tan homófobo?

R. Superfacil. Me trataron increíblemente bien, jamás me han tratado tan bien, tan ostentosamente, con todo el lujo que hay allí. Los mejores hoteles, chófer, flores, una organización volcada y feliz, porque en el mundo de la moda cualquier cosa fresca es bienvenida. Y luego la prensa vuelta loca, aunque al final se dijera que no era un desfile, sino gay propaganda, pero para mí no había otro sentido en ir a Moscú que ser un poco provocador, algo mucho más político que business.

Era mi primera colección y no sabemos cómo ni por qué ni por quién me invitaron, pero allí estábamos desfilando. Para mí tuvo todo el sentido traer a chicos de Bielorrusia, de San Petersburgo, de fuera de Moscú, niños lindísimos que se identificaban con mi trabajo y que venían a ser felices. Al final me abrazaban, lloraban y me daban regalos. Te puedo enseñar posts en Instagram de ellos diciendo que fue el día más feliz de sus vidas, que se jamás se habían sentido tan libres y que esto era una gran familia muy alejada de a lo que estaban acostumbrados.

Me han podido decir cosas, pero yo era de los de ¿sí? pues mañana traigo más collares puestos

P. ¿Hasta ese momento te habías planteado si tu moda era activista?

R. No, nunca me lo había planteado así. Pero ahí salió a la luz que hay un movimiento detrás de la ropa. Hay una liberación total desde un punto de vista natural, fresco, sin querer hacer protesta pura y dura. Yo soy muy contrario a la pancarta, a dar por culo y molestar, yo soy de acción. Si quieres algo lo intentas cambiar de una forma bonita. No soy de la calle ni del orgullo gay. No tengo nada en contra, pero para mí hay otras formas de hacerlo más elegantes y estéticas.

P. ¿Todo empezó con una Barbie?

R. Sí, con unas cuantas de mis vecinas. Ellas eran un poco más mayores que yo y me han educado. Su madre hacía disfraces y mi infancia eran escaleras para arriba y para abajo, barbies, bolsas llenas de ropa… Por otro lado, pasaba las tardes con mi abuela y con un trozo de cortina hacíamos la falda de la Barbie. Mi primer interés por la moda surge de ahí y de los dibujos. Luego cuando empecé a descubrir la moda real, John Galliano, Yves Saint Laurent y tal, las barbies empezaron a tener imagen de Galliano Couture, con un traje de gitana, con boina, con un corsé… de una colección buenísima que tiene para Dior, y yo con eso en la cabeza y el traje de gitana de la Barbie recortado, con un sujetador, con la boina para recrear lo mismo.

Para mí no había otro sentido en ir a Moscú que ser un poco provocador, algo mucho más político que 'business'

P. Y dibujando moda desde muy pequeño.

R. Sí, dibujaba moda, el vestido con el bolso, con el zapato, el collarcito, el pendiente… Solo dibujaba eso. Si alguien iba a una boda le dibujaba el traje. Y dibujaba chicas, yo el chico lo descubro más tarde en Londres. En esa época dibujaba chicas en una ciudad con rascacielos de fondo y en el pie de página ponía chaqueta de Armani, pantalón de Chanel 6.000 euros, bolso de Valentino (risas)... como si fuera un editorial de Vogue.

P. ¿Era tu revista de cabecera?

R. Sí, Elle y Vogue. Ahora las leo rápido, pero en esa época me las tragaba hasta el último detalle. Me sabía todos los nombres de las modelos, los diseñadores…

P. ¿Qué tienes de hombre de pueblo?

R. Muchísimo. La presencia (risas), el cuerpo de hombre de pueblo que no se me quita, la robustez, la sencillez, porque aquí vuelves y te rodea lo mismo que te ha rodeado antes, te baja a la tierra. Me encanta estar aquí mucho más tranquilo, en mi mundo trabajando que no vivir de una fantasía efímera y absurda. Cuando voy a Madrid lo paso fenomenal por eso, porque no vivo allí y no abuso de eso. Aquello es la fiesta, el glamour, el photocall y mi pueblo es mi abuela, mis tías, mi madre que me trae la comida todos los días.

[De pequeño] mis barbies empezaron a tener imagen de Galliano Couture

P. ¿Estás harto de que te pregunten que por qué no te mudas a París o Nueva York?

R. Sí, es más feo que eso porque cuando volví de Londres después de haber vivido allí cinco años y medio y antes del momento Palomo, mucha gente del pueblo me decía que no esperaban que volviese porque aquí somos mucho de criticar. Todo el mundo pensaba que habiéndome quedado fuera hubiese llegado más lejos y que volver era una especie de fracaso. Y yo decía por dentro: tengo algo planeado que va a ser mucho más grande. Yo me defendía diciendo que tenía planes más grandes y ahora todo el mundo está feliz de que viva en el pueblo, claro.

Cuando volví aquí, después de lo dura y solitaria que es la vida en Londres, recordé lo fácil que era llamar a tus amigos y salir a tomarte una cerveza enfrente o la cercanía con tus padres, que ahora mi padre lleva hasta la ropa a la tintorería, mi prima trabaja conmigo en la parte administrativa, todo es más fácil si te rodeas de gente que te quiere y que te quiere ayudar.

P. Da la sensación de que te encanta que la casa esté llena de gente.

R. Siempre, no solo trabajando, sino amigos que vienen de fuera y se quedan aquí, siempre llena de gente, me encanta.

Al llegar a Londres me di cuenta que aquello que había estudiado [en Córdoba] ni era arte ni era nada

P. ¿Cómo fue tu adolescencia en este pueblo y después estudiando en Córdoba?

R. Aquí fui al instituto, tenía mis amigos y una adolescencia normal. Yo quería huir de aquí como era típico en aquella edad, justo lo contrario que ahora, que estaba deseando volver. Para mí ir a Córdoba a hacer el bachillerato [el de arte en la escuela Mateo Inurria] era lo más. Vivía allí en una residencia llamada La Aduana, que era lo más público y lo más cutre que hay y me lo pasé increíble esos dos años. Al llegar a Londres me di cuenta que aquello que había estudiado ni era arte ni era nada, conocí otra clase de enseñanza. Aquí dibujaba bodegones de naranjas y en Londres me decían: expresa todo lo que puedas. Eso nos faltaba aquí, la creatividad. Allí daba igual que dibujases mal, querían que plasmases mil ideas.

P. En las calles londinenses descubrirías la moda en la calle.

R. Sí, eso fue lo que me hizo irme allí a estudiar. Había ido cuando tenía quince años y me fascinó ver a los chicos con los pantalones de pitillo cuando aquí no se llevaban. Descubrí que los hombres también podían ser parte de la moda y me dije: aquí tengo que venir, lo tuve claro. Hice la selectividad y pude ir a Londres a estudiar. Mis padres me dieron un mes de prueba, me pagaron la residencia un mes y todo y después me dijeron que tenía que encontrar un trabajo y que si no, debería volver. A los pocos días tenía trabajo de camarero, piso y todo.

P. ¿Y aquellos años en Londres?

R. Maravillosos. Con 18 años tienes ganas de comerte el mundo y aquello fue increíble. Trabajaba, salía, me daba tiempo a todo. Ver a la gente en la calle, ver cómo viven, cómo se visten... fue esencial en mi vida y en mi formación. Estaba acojonado cuando entré en la universidad. Antes incluso de entrar en el London College of Fashion hice antes un foundation que dura un año y que se hace allí de forma previa para todas las carreras artísticas y poder preparar tu trabajo, tu portfolio. Y a mí en la escuela de arte nadie me había explicado qué era un portfolio, pero allí en el bachillerato ya se prepara un trabajo físico para enseñar al entrar en la universidad porque allí todo el mundo tiene claro qué quiere hacer desde el bachillerato.

En Londres descubrí que los hombres también podían ser parte de la moda

Me parece muy justo porque la nota como criterio en las artes, que es algo muy subjetivo, no funciona allí. Qué es lo bueno y qué es lo malo, quién lo decide, y eso allí me empezó a encantar. Yo intenté entrar en las cuatro o cinco escuelas más importantes de moda que había en Londres y en ninguna podías entrar sin enseñar tu trabajo aunque sacases un diez en selectividad. Ellos querían ver lo que haces y les daba igual que estudiases mucho. Valoraban tu talento. Y luego empiezas y lo primero es desarrollándome una colección: haz una camisa… Y te explican los métodos y procesos para hacer una colección sin mil asignaturas extras que no te enseñan a ser diseñador.

P. ¿Saliste de allí con las cosas claras sobre lo que querías?

R. No salí con las cosas demasiado claras. Fueron cuatro años y me vine aquí de vacaciones. Después se me planteó trabajar en una tienda online muy nueva en Londres que vendía arte y querían vender mi ropa. Pero no se vendió nada. Aún así fue bueno porque había un interés, me pedían que produjese mi propia ropa y en Londres ya había estilistas que me pedían para reportajes. A todo el mundo que veía la colección le encantaba, era sex look, y si la ves está la frescura y la novedad que hay ahora. Eso me dio confianza y como tuve que producir un par de abrigos aquí en el pueblo, pues mi padre, que tenía una oficina pequeña al lado de la suya, me dejó una mesa donde empecé a coser con María Luisa, la mejor modista que había en el pueblo, e hice mi primera colección. Mientras tanto, yo hice entrevistas para Bimba y Lola, Inditex y todo esto.

P. ¿Y no te cogieron en ningún sitio?

R. En ninguno. Y mis padres no se lo creían, pero qué va.

Hice entrevistas para Bimba y Lola, Inditex... y no me cogieron en ningún sitio (...) ahora me copian

P. Ahora se tirarán de los pelos.

R. Claro, ahora me copian (risas), pero no abramos ese melón.

P. Háblame de tus padres, de Manoli y Norberto. Por lo que los nombras parecen una parte muy importante de todo.

R. Sí, me encantaría que mi padre estuviese aquí y lo conocieras, pero se ha ido hace un ratito. Mi madre es profesora y trabaja en un colegio y mi padre tiene una empresa de telecomunicación desde hace unos diez años. Pero cuando yo era pequeño mis padres tenían un restaurante que se llamaba La Belica. Mi madre también fue política aquí en el pueblo muchos años, fue teniente de alcalde [del grupo independiente de Posadas] y concejala de Cultura. El alcalde, curiosamente, era el marido de María Luisa, la costurera que comenzó conmigo y que sigue trabajando a mi lado. La historia se ha ido reescribiendo de una forma muy graciosa.

Mis padres me han educado siempre con una libertad maravillosa. No había problemas en que si el niño quería jugar a las barbies jugara, si se quería disfrazar, lo hiciera. Ellos también han sido modernos de alguna forma aunque hayan estado en la vida del pueblo, pero siempre viajando. Iban a Barcelona a trabajar con su familia. Les gusta conocer a gente, tenían amigos gays que tenían un pub en Barcelona y venían a casa y a mí me fascinaban porque no eran lo común. En una época se separaron y yo siempre he estado en medio con mi propio mundo y ellos intentando que los problemas no me afectaran, pero contándome lo que pasaba. Cuando se han separado, cuando ha habido problemas, cuando el negocio no ha ido bien… Mi madre siempre me ha hecho estar aware de todo lo que pasaba a mi alrededor. No vengo de una cuna celeste con lazos, sino de gente normal con problemas normales.

Mis padres me han educado siempre con una libertad maravillosa

P. ¿Y ahora son parte de Palomo Spain?

R. Sí. Cuando volví y empecé a trabajar cerca de mi padre él empezó a ayudarme. Me ha ayudado a financiarme invirtiendo todo su capital en mí, y eso que ellos viven en un piso que es la mitad de este salón y allí es donde hemos vivido. Ahora mi padre se puede considerar el director conmigo, porque aunque tenga su empresa viene aquí cada día y sabe todo lo que pasa, hace y deshace conmigo.

P. ¿Y discutís mucho?

R. No, porque mi padre es como yo, de ilusionarse y de lanzarse y todo esto pasa por mi padre. Es muy emotivo y disfruta con lo mínimo, con un viaje o un buen atún y eso lo tenemos en común y lo de lanzarnos también. Mi padre nunca ha tenido miedo de tirarse a la piscina, todo lo contrario que mi madre, y ahí está el equilibrio. Mi madre es de pies en la tierra, más pesimista y más nerviosa, todo lo lleva más a rajatabla, lo que nos viene de maravilla.

P. Fue ella la que te presentó a tu costurera María Luisa.

R. Sí, claro. Era una mujer cercana de toda la vida, ya que el marido fue alcalde y mi madre concejala.

Ahora ya no coso absolutamente nada

P. Me resulta muy inteligente que viniendo de Londres, con veintipocos años y siendo más moderno que nadie apuestes por la experiencia de una costurera del pueblo de toda la vida.

R. Sí, total. Llegué de Londres y sabía que la única persona que podía hacer eso conmigo era ella. Era la buena costurera del pueblo, que cosía para los señoritos, pero es que en Londres las señoras que cosían lo hacían de toda la vida y yo allí había aprendido el savoir faire, ya sabía lo que había que hacer para que una prenda fuera buena y estuviera bien terminada. Ella es muy segura de ella misma y es muy perfeccionista. Su chaqueta tiene que ser la que esté mejor hecha y ella ha sido una parte fundamental, además que nos entendíamos muy bien a pesar de llevarnos 40 años. Orlando hemos sido los dos, María Luisa y yo. Y ya está. Yo hacía los forros, rizaba… y los dos hacíamos desde el corte a los últimos detalles. Pero ahora ya no coso absolutamente nada. Qué pena que no la puedas conocer, pero es que está de crucero.

P. ¿Cuándo fuiste consciente de que estabas reinventando la masculinidad con tu moda?

R. Cuando se ha empezado a plantear lo que hacía en los medios. La nueva masculinidad, el género… Yo no lo había hecho como no género, sin género, last género, el e-gender, la androginia, esto, lo otro... esos adjetivos no estaban en mi cabeza cuando lo estaba haciendo. Sabía que jugaba con la feminidad, pero nunca ha sido nada agresivo ni demasiado intencionado en plan: le voy a poner a un tío un vestido y se va a cagar la perra. Era en plan qué guapo va a estar y qué imagen más bonita veo yo en mi cabeza, ¿sabes? No creía que iba a encender tanto el debate del género, que en realidad ha sido lo más bonito de todo este camino. Replantear algo que a largo plazo puede tener una repercusión y que le cambie a la gente la forma de pensar.

No creía que iba a encender tanto el debate del género, que en realidad ha sido lo más bonito de todo este camino

P. ¿Crees que la moda es un buen punto de partida para revolucionar la masculinidad?

R. Creo que sí y que lo vemos en los chicos, que se atreven mucho más que hace cinco años. Y no hace falta para eso que los chicos vayan con un vestido o una falda, pero sí que haya un diálogo más abierto entre la moda y los chicos.

P. ¿Qué te ha cambiado más la vida: la histórica foto de Beyonce presentando a sus mellizos con un diseño tuyo o abrir la semana de la moda de París?

R. Para mí abrir la Semana de la Moda de París fue lo más emocionante hasta el momento, con un desfile del que me siento tan orgulloso y una colección que me encanta. Además, en un momento muy difícil porque empecé a rodar Maestros de la costura, un mundo nuevo para mí, con idas y venidas todo el rato, con un agotamiento y un trabajo tan duro que compensa cuando te ves allí, con gente sentada que acababa de salir de un desfile de Prada o de Alexander McQueen, el New York Times entrevistándote con el periodista que ha entrevistado a Galliano y a mis referentes, pues fue precioso ver que era real. Fui muy feliz al igual que en mi desfile en Nueva York.

Y lo de Beyonce me encantó, para qué nos vamos a engañar, pero para mí no ha sido el mayor logro de mi carrera.

Abrir la Semana de la Moda de París fue lo más emocionante hasta el momento

P. Es curioso que los logros hayan ido en paralelo. Por un lado triunfar para el público de masas a través de una foto de Beyoncé y, a la vez, estar desfilando en París ante la crème de la moda.

R. Eso es lo que da un poco de miedo, exponerte tanto al mainstream y que la gente hable. A muchos no les gustó, por ejemplo, que apareciese en la tele [en Maestros de la costura] yo que había sido alguien tan alternativo y diferente a los que salían en en la tele. Yo llevo diez años sin ver la tele, no me interesa, pero decidí lanzarme y muchos me criticaron por haber abrazado el mainstream. Mi trabajo ha sido negar esto, ya que he hecho mi propio balance de por qué me merece la pena estar ahí, qué me aporta y qué no y, por otro lado, yo hago mis colecciones que no tienen nada que ver con esto. Yo quiero que se me respete como diseñador. Pero me parece extravagante y moderno que haya en la tele un tío como yo, que entre en los salones de las casas de mucha gente con tacones, cargado de joyas, hablando de género, con libertad absoluta, algo impensable hace nada.

P. ¿Maestros de la costura está creando cultura de la moda en España?

R. Está creando cultura de la costura, que es muy necesario. Todo el mundo que se siente atraído por la moda se olvida del oficio que hay detrás, que es algo que muchos jóvenes desconocen. La sastrería, el patronaje, todo eso es como arquitectura y es algo muy intuitivo que mucha gente no tiene. Se había perdido el gusto de hacerte la ropa, de practicar tú con una máquina, de coger la aguja, investigar, ver cómo la ropa está cortada, de saber cómo está hecha. Ahora, que Maestros de la costura no te va a hablar de moda.

Me parece extravagante y moderno que haya en la tele un tío como yo

P. ¿Repetirás en la segunda temporada?

R. Sí, empezamos a grabar en octubre.

P. Supongo que vistes el sketch de Paquita Salas en el que le dice a Amaya de OT en el camerino que salga en albornoz y que dirán que va de Palomo Spain [la cantante Rita Ora apareció en un albornoz de Palomo Spain en los MTV Europe Music Awards].

R. Sí (risas), han pasado muchas cosas muy bonitas que con 26 años puedo decir que ya he hecho en mi vida. Saludar en la ópera Garnier, un escenario que ha visto a grandes de todo el mundo, con un ballet al que yo había diseñado el vestuario y que me aplaudieran fue muy bonito. Anécdotas hay miles y soy muy amigo de Brays [Efes, el actor que da vida a Paquita Salas] y de los Javis [Calvo y Ambrossi, directores de la serie].

P. ¿Has tenido que renunciar a muchas cosas por tener ese universo propio?

R. (silencio) A lo único que yo he renunciado realmente en la vida ha sido al anonimato, que a veces pesa, no te creas. Soy una persona súper independiente, me encanta ir por la ciudad solo, mal vestido y hacer lo que me da la gana. He renunciado a eso, que a veces es bonito ser reconocido y otras veces no. Mi novio odia todo eso, no le hace nada de gracia que nos paren y él tenga que hacer las fotos, pero bueno, es bonito lo que te dicen a pesar de haber renunciado a una parte que me gusta mucho.

A lo único que yo he renunciado realmente en la vida ha sido al anonimato

P. La fama te ha acercado también a gente que admiras, como Pedro Almodóvar, que te visitó aquí hace un año.

R. Sí, un día de muchísimo calor. Ahí tienes las fotos de ese día [en un marco sobre una mesita del salón de la casa, la imagen muestra a Palomo con sus padres y Pedro Almodóvar, todos muy sonrientes]. Fue un día muy bonito. Ahora tengo más confianza con él porque nos hemos visto más, pero aquel día era la segunda vez que lo veía. Él vino a mi desfile del club Matador, aquella presentación tan caótica y tan loca y quedó fascinado. Dijo que iba a venir y vino. Aquí estaban todos emocionados. Le enseñé todo, ya ves que aquí arriba aún no había nada, paseamos, vio fotos en un collage que yo tenía aquí preparado y en el que salía Donatella Versace de joven, con la hija, y me contó un montón de cosas, de cuando iba en un taxi con Donatella y no se qué y el amante, un montón de historias de primera mano y a mí se me caía la baba. Hacía un calor horroroso, todos con las camisetas chorreando de sudor y nos hizo un arroz la gitana que nos ha cocinado toda la vida en el restaurante que estaba exquisito. Comimos morcilla y todo lo que pillamos (risas). Me dijo que no me fuera del pueblo.

P. ¿Veremos tus plumas, tejidos y transparencias en Dolor y Gloria, su inminente nueva película?

R. No, no, no. Creo que esta película es muy real y no tiene tanto momento de fantasía. En otras películas sí ha habido el Jean Paul Gaultier, el Chanel y espero que en alguna haya el Palomo, me extraña que no me haya dicho nada todavía…

Pedro Almodóvar me contó un montón de historias de primera mano de Donatella Versace

P. Almodóvar ha confesado que se siente rejuvenecer contigo.

R. Sí, me lo ha dicho y ha sido muy bonito ver eso y ver cómo se involucra y en mis desfiles siempre grita bravo y se emociona y le encanta y lo entiende y me cuenta lo que ha sentido y cómo lo interpreta y eso ha sido una gozada.

P. Has creado el nuevo look de Rosalía, la diva del momento, y una millennial de éxito como tú.

R. Lo de Rosalía me tiene loquito porque la adoro y creo que sí, que tenemos historias muy similares y retratamos nuestro trabajo de forma muy parecida, llevándolo a una observación mucho más contemporánea, fresca y natural, de hacer lo que nos da la gana. Me encanta su naturalidad y sencillez. El otro día fuimos a hacerle las pruebas a un hotel y se lo habían puesto de aquella manera, nada del glamour que la gente se cree. Son la madre y la hermana las que le llevan todo, igual que yo con mi familia, y son historias muy similares y muy bonitas. Hemos encontrado un love affair bastante duradero, espero. Pronto se verá más mío en su vestuario.

P. Lo que hemos escuchado de su último trabajo supone una transformación de todo.

R. Total, impresionante. Me considero la persona más afortunada del mundo porque el viernes [31 de agosto] me mandaron el disco completo [El mal querer, aún inédito] y he estado todo el fin de semana dándole, llamando a mis primas y diciéndoles: tenéis que venir porque este es el único sitio donde lo podéis escuchar (risas). Soy el único del mundo que tiene el disco de Rosalía, le decía a todo el mundo. El domingo me di cuenta de que me habían cortado el rollo porque era una cosa online de unos días para que me enterara y ya se ha acabado. Pero os digo que es una pasada.

Rosalía y yo hemos encontrado un love affair bastante duradero, espero

P. ¿Las mujeres por lo general estamos más abiertas a la fantasía de la moda?

R. Históricamente no. En la historia hay más hombres relacionados con la moda, pero ahora sí. Venimos de una historia reciente en la que la mujer ha sido la fantasía y el hombre lleva un esmoquin negro al lado. Luego, los hombres que aman la moda son más extremos que las mujeres.

P. ¿Te gusta que las mujeres vistan tu ropa?

R. Sí, pero no me sale de manera natural. Si tú vienes y te pruebas mi ropa y te gusta, yo feliz, pero luego tengo muchos encargos de mujeres y me cuesta mucho más crear para la mujer que para el hombre, no sé por qué.

P. ¿Tienes más compradoras que compradores?

R. No sabría qué decirte, porque, por ejemplo, online el cien por cien de los compradores son chicos. Pero luego en las tiendas compran para chicas, pero van chicos a preguntar. Yo diría que está la cosa fifty-fifty.

Los hombres que aman la moda son más extremos que las mujeres

P. Dices que no tienes talla cero pero que eres feliz.

R. (Risas) Claro.

P. En el fondo me da envidia. Las mujeres tenemos más problemas para alejarnos de los universos idílicos que nos marca la moda.

R. Va con la seguridad de cada uno. A mí también me gustaría tener una talla cero, no creas, pero soy feliz con lo que hay y lo trabajo como puedo y cada uno se saca partido como puede y como quiere. Aquí solo vestimos talla cero para los desfiles, pero el resto del tiempo vestimos a gente real, que tiene curvas, que no quiere que se le vea el culo o los pies o quiere más culo, todo el mundo tiene sus issues. No hay que confundir tanta polémica de los modelos porque los modelos son eso, modelos, y porque no vas por la calle y te encuentras a una mujer de 1’85, delgada y guapísima todos los días. Por eso ganan un dineral. Son gente con unas características especiales y les queda bien la ropa. Luego cada persona es una historia diferente.

Pero es verdad que los hombres somos más relajados y las mujeres estáis más obsesionadas con el tema. De hecho mi madre está todo el día diciéndome que no coma (risas). Luego están los hombres petados, en eso sí ha cambiado el hombre, que yo no lo entiendo, porque yo me entreno y me entreno y me mato aquí arriba y voy muy poco a poco. Hay a quien le luce la gimnasia y a quien no.

No hay que confundir tanta polémica de los modelos porque los modelos son eso, modelos

P. También hay demasiado uso de esteroides.

R. Que es horroroso en el colectivo gay o LGTBi, como queramos llamarlo, que es un colectivo bastante delicado y muy hijo de puta en muchos sentidos. Van muy de progres, pero luego hay homofobia, misoginia, plumofobia, todo este tipo de cosas, gordofobia o como se diga… Ahora todos los gays están petados y como no lo estés… no eres tan cateta como ellos.

P. Prefieres el lujo al mainstream, pero el lujo no es para todo el mundo, solo para una élite.

R. Depende del concepto de lujo. Para mí vivir aquí es un auténtico lujo y llevo una camisa de seda que es más lujo, pero el lujo está en los detalles y en buscar lo bueno, lo bonito y lo que te llene la vista. Para mí el lujo es llevar una tela buena, un diseño y un estampado bonito o vivir en un sitio espacioso. Yo este lujo no me lo podría permitir en Londres o Madrid, pero para estar trabajando, creando belleza y volcarte en lo bonito y en el detalle tienes que abrirte a un negocio que está más cerca del lujo y al que accede gente con mucho dinero o gente que, como hacemos todos, ahorra.

Yo intento llegar a todo el mundo. Vendo camisetas por 70 euros hasta camisas monas por 150 y abrigos de 1.800. Cada uno asume el lujo de la forma que le es posible. Yo no soy rico ni millonario, al contrario, tengo mucho que trabajar. De hecho aquí hay poco lujo. Esta mesa es de cuando mis padres se casaron, el sofá era de mi tía, esto todo es rapiñado.

P. Lo que pasa es que vivimos unos tiempos en los que preferimos la cantidad a la calidad y la mayoría prefiere comprar 10 prendas por 150 euros que una camisa buena por ese precio.

R. Exactamente. La moda no es algo que esté tan lejano a nosotros, eso es algo que he aprendido en Londres. A lo mejor aparecía un compañero con unas zapatillas de marca de 400 libras, y es que había estado meses ahorrando para comprárselas. Y eso hacíamos todos, juntar poco a poco con el sueldo. De aquella época, desde hace ocho años, tengo una chaqueta de Yves Saint Laurent, bonita y que no tiene nadie. El concepto de la ropa que dura solo una temporada lo tenemos aquí muy mal asumido.

El concepto de la ropa que dura solo una temporada lo tenemos aquí muy mal asumido

P. ¿Está en tus planes acercar la alta costura al prêt-à-porter?

R. Sí, [duda] yo creo que el prêt-à-porter de lujo bebe de las dos, lo que pasa que la alta costura son palabras mayores, es algo muy difícil. Aquí lo más cercano a la alta costura es la medida en el cuerpo, pero la alta costura es un mundo imaginario, diría, al que accede muy poca gente, multimillonarios, y que se hace en cuatro sitios en París. El resto que no es Chanel no tiene beneficios de la alta costura. Esta solo es una forma de embellecer una marca.

P. Algo que tampoco es para todo el mundo es el total look Palomo Spain.

R. Sí, sobrecoge ver un desfile mío. Bajando a la realidad y ahora cuando te des una vuelta por la tienda lo verás, puede haber un look para cualquiera. Ese problema lo tienen mucho las mujeres. Se piensa en la extravagancia absoluta, pero luego realmente yo a mí mismo me considero muy clásico. Trabajamos con siluetas clásicas, hay gabardinas de lana buenísima o de cashmere o una chaqueta de seda con encajes que no es la locura que la gente se cree, es ropa bonita que le puede quedar bien a mucha gente. El desfile es otra cosa, es un show, porque se lo pones a un chico, maquillado y con un sombrero con cuatro plumas y ya es otra cosa. Pero a lo mejor es un pantalón y una camisa y una chaqueta que sin esa puesta en escena son cuatro cosas por separado que puede llevar cualquiera. Ese es uno de los ejercicios más difíciles que hacemos, acercar la ropa de pasarela a la calle. Algo que es posible y viable.

Sobrecoge ver un desfile mío

P. ¿Solemos vestir acorde con nuestro personaje o nos reprimimos?

R. Hay mucha gente que no se reprime, pero es verdad que no nos expresamos tanto con la vestimenta. Nos cuesta más expresarnos o a lo mejor no tenemos personalidades tan fuertes para decir así soy yo de divertido y voy vestido de colorines todos los días. Todo tiene que meterse en una caja donde no se despunte mucho. Es una forma de uniformidad en la que tiene mucho peso la sociedad. Pero a mí me ayudó mucho Londres en eso. Allí cada uno se interpreta como le da absolutamente la gana, más allá de ser más o menos moderno, ¿sabes? Y no digo que vayan a la moda, a lo mejor van hechos un cuadro, pero ya no van todos con el mismo vaquero de Zara o de H&M. Aquí ves a 20.000 niñas igual. En Londres hasta el más cateto va con ropa de segunda mano y se viste como le da la gana.

P. ¿Y esa sexualidad que tiene tu ropa, ese deseo carnal?

R. Hubo una colección especial dedicada eso, Objeto sexual. El sexo vende muchísimo. Observando Instagram tienes más likes cuanto más sexy sea la foto o más carne enseñes. He tenido experiencias de acercamiento de chicos que a lo mejor para llevarse el modelo han intentado ligotear conmigo antes y me he dado cuenta del poder que tiene el sexo en la vida de todo el mundo. Y hoy en día más que nunca. De hecho, creo que esa fue mi colección más mediática sin duda alguna, con la que fuimos a Nueva York la primera vez. Era provocadora, colorida y convertimos el Matador [el club madrileño] en habitaciones llenas de chicos que eran como fumaderos de opio barra putillas. Es algo muy cercano a todos y es guay explorarlo.

Uno de los ejercicios más difíciles que hacemos es acercar la ropa de pasarela a la calle

P. ¿Qué hay en tu armario para este otoño?

R. De momento lo mismo que el otoño pasado (risas). ¿Qué he comprado para el otoño? No soy nada de tendencias. Hay que ponerse lo que nos apetezca. Compré una chaqueta de Issey Miyake que no tenía en una tienda de Bilbao que me flipa y estoy deseando ponérmela todo el día.

P. ¿Qué casa de lujo internacional sueñas dirigir?

R. Qué casa sueño dirigir... Jean Paul Gaultier me encantaría porque tenemos una forma parecida de ver la moda. Me gustaría tener el conocimiento suficiente para que un día un español vuelva a Balenciaga, que sería precioso. Cualquiera sería feliz en Dior, Chanel…

P. ¿No te han tirado los tejos aún?

R. No, hay siempre ideas en el aire, pero está por ver y por venir.

Es verdad que no nos expresamos tanto con la vestimenta

P. ¿Y eso sería compatible con tu propia marca?

R. Yo creo que sí, podría rodar tres días a la semana 12 o 15 horas al día y hacer una colección a la vez. Lo hacen todos los diseñadores, por qué no yo, y trabajamos con los medios limitados y con un equipo que no es todo lo experto que debería de ser. Imagínate cuando llegas a una casa de París, que tienes todos los recursos para ti. Puedes esforzarte y hacer todo lo que te pase por la cabeza en una casa de alta costura, con los mejores sastres, patronistas… Con esos recursos al alcance de tu mano el camino es más fácil. Aquí todo es más difícil, de hecho.

P. No parece tan inviable que el nuevo Valentino o el nuevo Alexander McQueen salga de una casa de lujo internacional en Posadas.

R. Sí, sí, sí, ojalá. Esperemos.

Me encantaría dirigir Jean Paul Gaultier porque tenemos una forma parecida de ver la moda Palomo Spain | ÁLEX GALLEGOS

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9 de septiembre de 2018 - 02:01 h
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