En el fútbol, como en la vida

Los aficionados recordaron a quienes se fueron. FOTO: ÁLVARO CARMONA
El Córdoba deja escapar el triunfo ante el Mirandés, y con él buena parte de su ilusión por reengancharse a la lucha por el play off, todo después de recordar a los que ya no están

play off

Apenas unos segundos bastan. Ese breve período de tiempo es suficiente para que se produzca un giro de 180 grados. Todo cambia en un instante. De repente la luz deja paso a las sombras. Y viceversa. En el fútbol, como en la vida. Tan pronto uno sonríe como muestra un semblante serio. El gol marca el límite entre la felicidad y la desazón. Un detalle modifica el estado de ánimo, como sucede en la existencia. Las ilusiones se apagan cuando se marcha el triunfo. Es la sensación que queda en El Arcángel tras el duelo con el Mirandés. El conjunto burgalés se lleva un punto y consigo buena parte de las últimas opciones que restan a los blanquiverdes de soñar con un play off que, sin embargo, se mantiene cerca. Un tanto en el minuto 72 rompe las cuentas de una afición que una hora antes piensa incluso en el ascenso directo. "El resultado de la Ponfe nos viene muy bien, por si todavía podemos pillar al Dépor", comenta alguien a su compañero de vivencias en la grada.

Todo cambia. En el fútbol, como en la vida. A las ocho de la tarde el coliseo ribereño enmudece. Llega el momento de recordar a los que ya no están. El árbitro, en la moda actual de los colegiados españoles, recorta los 60 segundos que se dedica a honrar la memoria de quienes se marchan. Aun así, tanto en la grada como en el césped se respeta el silencio. Un silencio que suena bien alto. Quizá se hallan ausentes, pero están presentes. Porque medio siglo atrás, un día como éste, un autobús no llega a su destino. Se pierde en el camino la vida de 11 personas, tantas como conforman un equipo al inicio de cada partido. Son cordobesistas. Siguen ahí. Sólo unos segundos bastan para que la alegría con que uno se dirige a su estadio, su casa, se convierta en un duro final. En la mente está también quien lucha para ganar. La partida la pierde, pero su ejemplo es muestra de que vence. En ese banquillo en que se sienta Carlos Terrazas se mantiene Tito Vilanova.

Un instante nada más y lo que es negro pasa a ser blanco. La delgada línea es el gol. Como el que se fabrica Pedro al filo del descanso. Y El Arcángel se convierte en una fiesta. Surgen las cuentas. Todavía se puede soñar. La cuarta victoria consecutiva está por llegar. Porque entre atender con temor al precipicio y contemplar la cima existe un buen trecho. Son suficientes 90 minutos cada siete días para que los ojos se dirijan a un lugar o a otro. Pero nada es para siempre si no se trabaja para que así sea. Es lo que ocurre a orillas del Guadalquivir. El Mirandés gana poco a poco la partida y las caras no son las mismas en la grada. Un detalle y la alegría se torna decepción. Lo saben los aficionados. De suponer es que también lo conocen los jugadores. Falta garra, trato balón y, sobre todo, alguna que otra ocasión. El visitante sí lleva peligro, y marca.

Un período tan breve de tiempo que apenas uno es consciente. El balón entra y toca volver a empezar. Un detalle convierte la victoria en un empate. Aunque puede ser peor. Los burgaleses lo intentan. Aparece Juan Carlos. La afición intenta dar alas, pero no se producen cambios en positivo. Los instantes se repiten, si bien por fortuna esta vez no tienen consecuencias. Detiene el guardameta del Córdoba. La madera también ayuda. Es la ligera diferencia entre el gol y lo que sólo es una oportunidad. Si entra, la desazón es mayor; si no lo hace, al menos queda el punto. Y al final, todo se queda igual, aunque es diferente. Porque otros no están y porque la ilusión pierde fuerza. En el fútbol, como en la vida.

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