Dignidad

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ANTONIO VIOLA | Ex director de Comunicación y Marketing del Córdoba CF

Según el diccionario de la RAE se define la palabra que da título a este artículo como “la cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden”. Sirvan por tanto estas líneas para reivindicar la de quien les escribe.

Antes de avanzar en ellas me detengo a explicarles quién soy. Muchos no me conocen en esta ciudad, a la que llegué hace poco más de un año para trabajar en el Córdoba Club de Fútbol como director de Comunicación y Marketing. Fue quizá entonces cuando este concepto del que les hablo comenzó a cobrar mayor valor en mi día a día. Les habrá pasado, cuando uno llega nuevo a un sitio lo hace con la mayor ilusión. Quiere y siente la necesidad de hacerlo bien. Mucho más cuando ello implica trasladar a tu familia.

Anda que me lo pensé dos veces... Tardé sólo quince minutos en decir que sí. Sin pensarlo, mi vida personal y profesional entró en una espiral de la que poco a poco voy saliendo. Precisamente por eso, por dignidad. Ahora les explico a qué me refiero.

Me ha costado algo más de cinco meses volver a sentarme delante del teclado para escribir (y eso que me he ganado, desde hace ya algún tiempo, la vida con ello), pero es difícil hacerlo en la situación en la que nos encontramos muchos de los profesionales que recientemente prestamos nuestros servicios a este club. Seguro que más de uno de los que han estado hasta hace poco en nómina se siente identificado con esta situación. Puede que haya incluso quien esté pasando por lo mismo, se calle y aún mantenga en vigor su relación contractual...

Vuelvo a lo mío. El caso es que, pasado el tiempo, yo tengo la sensación de haber estado en el mejor sitio posible... en el peor momento de su historia. No hace falta que les detalle ahora lo mucho que para cualquier profesional, sea cual sea el campo al que se dedique, significa que le llame el Córdoba.

Les puedo asegurar que hay quienes dieron su vida por ello. Sin mirar el reloj, ni si era domingo o festivo. La mayoría de las veces sin cobrar, sin poder llevar a casa nada más que un saco de problemas, angustias y dolores de cabeza. Salvo aquella tarde de primavera en la que después de cuatro meses sin percibir un céntimo, tuvieron la bondad de entregarnos a los que allí habitábamos un sobre con doscientos euros “para ir tirando”. Habrá quien prefiera o intente “preservar sus miserias”, a otros no nos da vergüenza contar por lo que hemos pasado, sobre todo cuando salir del bucle al que la situación te lleva se vuelve imposible.

Que te despidan puede ser algo asumible, mucho más cuando hablamos de empresas privadas; lo que uno jamás podrá entender es el afán del empresario por cerrar la puerta de otras empresas a todos ésos a los que, en muchos de los casos, despachó con crudeza y tiranía. No sólo nos privaron de llevar a casa el pan de nuestras familias, también quisieron robarnos la dignidad.

En mi caso, sucedió a tan sólo unos días de mi boda.

Se justificó mi salida por no haber sido capaz de cuidar la imagen que del presidente se había empezado a forjar en la opinión pública por no cumplir su palabra o haber dejado de pagar a sus acreedores. No añado ni una coma, ésta es la explicación literal que se me dio. Parece que hay quien no entiende que trabajar a destajo (y sin cobrar muchos meses) no implica la concesión de milagros…

Pues bien, no contentos con ello, nos cerraron otras puertas, abusaron del poder que otorga okupar el sillón presidencial para quitarnos el derecho a trabajar; incluso nos acusaron de traidores. Nuestro único delito fue, en muchos de los casos, negarnos a protagonizar determinadas prácticas de dudosa legalidad o llevar la contraria cuando pretendían ejecutarlas. Buscar trabajo después de este calvario es algo tan digno como imposible si estuviste bajo el yugo del Tieso, apelativo con el que el mismo presidente del Córdoba Club de Fútbol se bautizó a sí mismo.

Pasear por Córdoba y que te sigan, sentarte en un restaurante a comer con otros empresarios y que de repente llegue a la mesa un empleado del club para desacreditarte en presencia de terceros, amenazarte de muerte sin pudor e, incluso, acusarte de no sé cuántas barbaridades. Recibir llamadas preguntándote si estás en casa “para ir a verte” o “invitarte a café”, estar reunido y que le suene el teléfono a quien se sienta contigo para que se levante y dé por finalizado el encuentro o, directamente, incluirte en no sé qué complot, empiezan a ser parte de tu vida cotidiana.

Como si de una película de Hollywood se tratase, intentas normalizar lo anormal.

Esta es la vida que llevamos, por desgracia, algunos de los que alguna vez trabajamos para Jesús León. Esperando durante meses un finiquito que no llega, acudiendo a la Policía un día sí y otro también, mirando hacia atrás cuando se abre la puerta del garaje o teniendo que explicar a nuestras familias qué hacer si alguien nos aborda por la calle. Mientras tanto, ellos acuden a sus comparecencias escuchando la banda sonora de Rocky, dejando claro quién manda, la agresividad que reina en sus vidas y la impunidad con la que estos hostigadores deambulan en una ciudad sin ley.

No tengo miedo, ni lo tendré jamás. No responderé con violencia y seguiré haciendo lo que sé: trabajar con las únicas armas que conozco; mi teclado, un micrófono o una cámara. Con dignidad y la cabeza alta. Seguro de haber hecho lo correcto y deseando despertar de una pesadilla que tarde o temprano será sólo un mal sueño.

He vuelto, cantaba Selu el de El Barrio. Pues sepan que esta vez es para quedarme. Me ampara mi derecho al trabajo y, cómo no, de nuevo mi dignidad.

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