El Coto Córdoba CB devuelve la pasión por el baloncesto a un Vista Alegre de récord
Hay victorias que se explican desde la estadística y otras que solo se entienden desde la piel, y la de este pasado domingo en Vista Alegre pertenece al segundo grupo. Porque cuando Fernando Bello se levantó desde el perímetro a falta de veinte segundos para clavar ese triple que valía un liderato, el balón no lo empujó solo su muñeca. Lo empujó el aliento contenido de casi 3.000 personas que, por primera vez en mucho tiempo, sintieron que algo grande se está cocinando en el Palacio Municipal de Deportes de Vista Alegre.
El derbi andaluz ante el Caja 87 fue una nueva ceremonia de madurez para el proyecto del Coto Córdoba CB. Lo deportivo ya es historia, con ese 75-71 agónico, la pérdida de una renta de catorce puntos y una defensa numantina final para mantener el pulso en el liderato e imponerse a uno de sus más inmediatos perseguidores. Sin embargo, el poso que deja la jornada trasciende lo que diga el mero resultado. Fue la tarde en la que el baloncesto cordobés se miró al espejo y se reconoció de nuevo como una potencia capaz de generar esa atmósfera eléctrica de las grandes ocasiones que parecía olvidada.
Y todo ello en una tarde que nació encogida, con el corazón en un puño. El respetuoso minuto de silencio por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz y el homenaje a los servicios de emergencia dotaron al arranque de una solemnidad que, paradójicamente, sirvió para unir aún más a la grada. El silencio dio paso al himno de Andalucía, entonado por ambas aficiones, y, de ahí, al fragor de la batalla. Y vaya si la hubo. La presencia de más de 200 aficionados sevillanos, ruidosos y coloridos, fue el ingrediente que le faltaba al guiso para dejar de saber a partido de fase regular y empezar a saber a fase de ascenso.
La rivalidad, sana pero intensa, despertó al gigante dormido de la afición local. Vista Alegre no fue un espectador pasivo, sino un actor decisivo. Cuando el Caja 87 apretó las tuercas en el último cuarto y el miedo a perder atenazó las muñecas de los jugadores con ese inquietante 72-71, la grada entendió su papel. No era momento de murmullos, sino de rugidos.
La comunión necesaria para creer
Desde el club lo tienen claro. “Ayer no solo dimos un paso adelante en lo deportivo, dimos un salto como club, como proyecto y como ciudad”, rezaba el mensaje institucional tras el encuentro. No es retórica vacía. Las gradas. con cerca de 3.000 espectadores, pobladas por las canteras del Ciudad de Córdoba y el Colegio Virgen del Carmen, las autoridades en el palco y, sobre todo, el aficionado de a pie que pagó su entrada y se dejó la voz, confirman que el Coto Córdoba ha logrado lo más difícil, que es generar sentido de pertenencia.
El sufrimiento final, lejos de empañar la fiesta, la hizo más auténtica. Ganar de veinte gusta, pero ganar sufriendo, viendo cómo el rival te respira en la nuca y saliendo vivo del envite, forja el carácter. Esa tensión compartida entre la pista y la grada actuó como pegamento. La explosión de júbilo con la bocina final no fue solo por sumar la duodécima victoria y dormir colíderes junto al Valladolid. Fue una liberación, un grito colectivo de una ciudad que quiere volver a ser importante en el mapa del baloncesto nacional.
Un futuro que ya no es una promesa
Y, por todo ello, el Coto Córdoba sale de este derbi con mucho más que dos puntos. Sale con la certeza de que Vista Alegre sigue convirtiéndose, cada vez más, en una caldera donde los rivales saben que tendrán que sudar sangre para llevarse el botín. El domingo, Córdoba no solo ganó un partido de baloncesto. Ganó la confirmación de que la ilusión ha dejado de ser un eslogan para convertirse en una realidad palpable, ruidosa y tremendamente ilusionante. El baloncesto ha vuelto y esta vez parece que para quedarse y para seguir creciendo, tanto en lo deportivo, como en lo pasional.
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