Vicente Amigo elige el presente para celebrar su pasado
Cuando se cumplen 40 años de carrera construida desde la más absoluta independencia, sin que eso le haya impedido firmar la banda sonora de miles de personas ni acumular premios nacionales e internacionales, uno puede permitirse casi todo. Vicente Amigo es una figura que no tiene par en la música española actual. Hay muy pocos guitarristas como él, de quienes siempre se espera lo máximo, tanto en el estudio como sobre el escenario.
Probablemente, Amigo sea el tocaor que mejor ha tendido los puentes entre la escuela de Paco de Lucía y la de Manolo Sanlúcar. Del primero tiene su gusto por el cante gitano, la exigencia y la aproximación a otros géneros; del segundo, la serenidad poética y el gusto por los arreglos orquestales, a veces barrocos. De ambos heredó la técnica, el genio y la capacidad compositiva.
En el primer concierto de esta gira, Amigo ha querido que luzca especialmente esta última faceta. Gran parte del público que llenó el Gran Teatro acudía esperando un recital de mayor peso flamenco. Sin embargo, el protagonismo acabó siendo para su último disco, Andenes del tiempo (2024), un disco complejo, menos dócil con el oyente, y en el que precisamente compuso y dirigió los arreglos orquestales.
Así que los vientos —con un soberbio Javier Márquez— y las cuerdas —la violinista Eles Bellido y el contrabajista Antonio Fernández— acabaron teniendo más protagonismo que el excelso cuerpo de cante flamenco que acompaña al tocaor en esta gira, formado por Los Mellis y Rafael de Utrera.
Al final, en un concierto que muchos esperaban como un recorrido por sus grandes éxitos —no en vano se presentó como el del 40 aniversario—, reinó el último disco, que aportó siete de los trece temas interpretados: Pasodoble a José Tomás, Plaza del Cabildo, Manuela, Bolero del Hermano, Andenes del tiempo, El Pocito y Turrón del Chocolate.
Nada que objetar. En tiempos de IA, algoritmos y expectativas que conducen a la frustración, todavía hay artistas que exigen al público dejarse llevar por lo desconocido. Y el público, todo hay que decirlo, aceptó el viaje con respeto, conteniendo los oles y guardándose las manos en los bolsillos a la espera de los temas más flamencos.
Que no es que no los hubiera. Tras arrancar en solitario, Amigo se lanzó con Tangos de arco bajo, incluidos en Un momento en el sonido. A esta le siguió Autorretrato, de Paseo de Gracia, con un Rafael de Utrera que cantó los primeros versos con aire morentiano para abordar el estribillo con un quejío que inevitablemente recordaba a El Pele. El bis quedó reservado para dos de sus clásicos más universales: Réquiem y Roma. También hubo tiempo para recuperar Bolero a los padres y Estación Primavera, del disco Tierra. Y en todos ellos apareció un Vicente Amigo de sonido limpio, preciso y profundamente lírico, haciendo parecer sencillo lo que muy pocos guitarristas son capaces de ejecutar.
En todos los temas estuvieron especialmente presentes el percusionista Paquito González y el bajista Ewen Vernal, quienes sustentaron rítmicamente la propuesta. Añil Fernández, segundo guitarra y escudero fiel de Amigo, estuvo alternando el instrumento con las palmas durante buena parte del recital.
Un recital que tendrá continuidad este viernes, aunque todavía es una incógnita cuánto variará el repertorio. Hacía 26 años que Vicente Amigo no ofrecía dos conciertos consecutivos en Córdoba. Aquella vez fue con Ciudad de las Ideas, una de las obras mayores del guitarrista, que en el arranque de esta gira ha preferido dejar fuera del repertorio, probablemente para disgusto de una parte del público.
Sinceramente, es indiferente. Vicente Amigo se ha ganado los galones para navegar a su aire, sin rendir cuentas ante nadie que no sea él mismo. En la despedida, mientras Córdoba le dedicaba una ovación de varios minutos, él le tocaba el corazón a cada uno de los músicos que le había acompañado. Exigente, puro y distinto a los demás: quizá el último guitarrista de una estirpe.
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