El Cabildo se suma al año de Del Castillo

Una imagen de la exposición | MADERO CUBERO
La Mezquita Catedral y diversas iglesias exhiben obras del principal pintor barroco cordobés en el cuarto centenario de su nacimiento

Quien visite estos días la Mezquita de Córdoba encontrará en una de las zonas por las que se accede al crucero de la Catedral cuadros de Antonio del Castillo y de su época. Bajo sendas arcadas cuelgan algunas de las obras que el Cabildo posee del principal pintor cordobés del Barroco. De esta forma, la Iglesia se suma a la muestra Antonio del Castillo en la ciudad de Córdoba, que en el cuarto centenario del nacimiento del creador convierte a la ciudad en un gran museo dedicado a él.

Los organizadores -la Junta, la Diputación, el Ayuntamiento, la UNED, la UCO, la Diócesis y la Fundación Cajasur- buscan que el visitante entienda el ambiente artístico y cultural en el que trabajó el artista. Desde aquellos que le precedieron, como el maestro Pablo de Céspedes, que murió ocho años antes de que naciese Del Castillo tras importar de Italia las principales novedades estilísticas de la pintura del momento.

Además, junto a las obras de Antonio del Castillo, los comisarios de la exposición han escogido pinturas de aquellos que le siguieron los pasos, como el artista Antonio Palomino, que empezó inspirándose claramente en los modelos que había asentado Del Castillo antes para evolucionar en un barroco mucho más decorativo y acorde con su tiempo.

La Iglesia participa con las obras de la Mezquita y del Santuario de la Fuensanta, pero también se exhiben en la Iglesia de San Francisco y de San Eulogio, la de San Andrés, Jesús Nazareno, San Agustín y Santa Marina.

La vinculación de Antonio del Castillo con la Iglesia como uno de sus principales patronos fue larga. Trabajó con distintos estamentos de la ciudad pero los encargos de las instituciones religiosas fueron una constante en su carrera. De esta forma, en el Santuario de la Fuensanta se conservan varios lienzos que pertenecieron al Santo Oficio y que posteriormente fueron donados al santuario por el presbítero Antonio Salvador de Valderrama.

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