Blow Up expone la mirada de José Muñoz sobre el circo

Una foto de un equilibrista en un circo | JOSÉ MUÑOZ
La muestra fotográfica se exhibirá hasta el 12 de febrero

A principios de los 90, al fotógrafo José Muñoz no le dejaba de rondar una idea: retratar el mundo del circo. Pero no las triples pistas centrales, el público expectante, las sonrisas de los niños o las muecas de los payasos. A Muñoz le interesaba más fijarse en la trastienda embarrada, en los instantes previos a salir a escena, la tensión de los trapecistas justo antes de echarse a volar o los duros ensayos de los malabares. La sala Blow Up exhibe una colección de estas imágenes en una exposición titulada Circo, que se inauguró anoche.

Muñoz siguió durante años a la curtida tribu circense. y sus fotos en blanco y negro muestran la grandeza y la amargura de un oficio siempre maltratado y nunca plenamente reconocido. Antonio González escribió: " Hay en la fotografía de José Muñoz algo excepcional. Pertenece a una amplia colección dedicada al circo y, sin embargo, posee una autonomía que la singulariza y permite desgajarla de sus compañeras sin perder sentido ni fuerza".

El afán de economía es el carácter que más resalta González de la fotografía de Muñoz. Una economía que iguala a la fotografía con otros lenguajes y mide su eficacia. "En dos sentidos funciona la economía en la foto de José Muñoz: por una parte el color. No podemos hablar de blanco y negro que se mueve en una finísima gama del gris que le otorga un carácter de bajorrelieve, un regusto a plomo, a estaño, ocupando la práctica totalidad del formato. La figura es tan gris como el fondo. Por otra parte la economía reduce los elementos a tres: elefante, hombre y martillo vinculados por un juego contrapuesto de miradas", dice poniendo como ejemplo una de las imágenes en la que un elefante, de fondo, es testigo del trabajo de uno de los obreros del circo.

En este sentido, prosigue González, "el hombre mira el martillo que lo esclaviza, pero inconsciente de la mirada atenta del paquidermo, inocente fuerza de una naturaleza sometida a quien va dirigido, en definitiva, el martillo. Sobrecoge la idea de una naturaleza consciente que, en el seno de su esclavitud, percibiera la ajena: el reo que se apiada de su verdugo".

González concluye que la "hábil fotografía" grapa en un instante "con relieve de plomo la mutua esclavitud de seres antagónicos golpeados por un mismo martillo".

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