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REPORTAJE

Los rostros e historias que hay detrás de la regularización de migrantes

Inicio de la atención presencial del proceso de regularización de personas migrantes

Juan Velasco

Oficina de Correos (Avenida Libia) —
20 de abril de 2026 19:59 h

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A las nueve de la mañana, antes incluso de que el ritmo habitual de la ciudad despierte del todo, Rubén ya está esperando en la puerta de la oficina de Correos. Ha llegado el primero. Paraguayo, con dos años en España, sostiene junto a su mujer una carpeta gruesa, cargada de documentos que resumen toda una vida atravesada por fronteras.

Él nació en Asunción; ella, en San Lorenzo. Sus dos hijos, sin embargo, vinieron al mundo en Argentina, durante una primera migración que ahora complica su situación administrativa. Son cuatro expedientes en uno, cuatro historias que deben encajar en un sistema que, esta mañana, tampoco parece funcionar con fluidez.

Rubén trabajaba como consultor en Paraguay. Hoy es albañil. Ha pasado por Málaga y Sevilla, pero asegura que no cambiaría Córdoba por nada: “Es tranquila, aquí estamos felices”. La regularización, si llega, será mucho más que un trámite. “Sería un cambio muy importante”, dice. Poder acceder a mejores trabajos, dejar atrás la incertidumbre, echar raíces.

Inicio de la atención presencial del proceso de regularización de personas migrantes

Dentro de la oficina, la escena es un pelín tensa y cotidiana a la vez. Para quien está tras el mostrador y para quien está delante. La mujer de Rubén se muerde las uñas; él la abraza con cariño, tanto a ella como a los niños, que intentan entretenerse como pueden durante una espera que se alarga (y eso que, a primera hora, lo de no ir al colegio parecía un gran plan para ellos).

Todo va con bastante fluidez hasta que, a las 10:40, un fallo en uno de los escáneres de la oficina detiene todo el proceso. Tras una llamada telefónica y algunos intentos, toca volver a empezar de nuevo desde el principio a subir los documentos de los cuatro. En medio del parón, ella sale con los pequeños. Rubén se queda solo, paciente. Media hora después regresan con un mate que él bebe con calma, como si ese gesto mínimo pudiera ordenar el tiempo.

La concentración es máxima. Lo demuestra incluso la directora de la oficina, que ignora una llamada entrante en su teléfono: “No lo voy a coger”. “Es por si quieres ver quién es”, le dice su compañera. “No me interesa”, responde. El volumen de documentación y la presión del primer día no dejan mucho margen para distracciones, sobre todo cuando un pequeño fallo puede demorar los trámites.

Inicio de la atención presencial del proceso de regularización de personas migrantes

Cuatro horas de espera

Andreína es finalmente la primera persona que logra completar el envío ese día en la avenida de Libia. Venezolana, lleva un año en España y ha tenido que pedir entrar más tarde a su trabajo, cerca de la Mezquita. Su proceso -según confiaba ella al principio- es más sencillo debido a que no tiene hijos. Cuenta que recopilar la documentación tampoco ha sido demasiado tedioso. Pero la espera la desgasta.

Pasan las horas. Cuatro en total. En un momento dado tienen que acercarle una silla. Cuando sale finalmente de la oficina de Correos, con el trámite terminado, no quiere fotos. Solo quiere llegar a tiempo a su jornada laboral y se marcha andando con rapidez camino de la avenida de Barcelona.

También de Venezuela son Carlos y su esposa. Llevan cerca de dos años en España. Sin papeles, la vida se reduce a sobrevivir y a aceptar trabajos aquí y allá, que les permitan seguir tirando. “Nos ha sostenido nuestro hijo”, explica él. Fue el primero en llegar, quien logró regularizar su situación y hacerse cargo de la familia. Mientras tanto, ellos han ido encadenando empleos informales: jardinería, pintura, lo que salga.

Carlos era maestro de albañilería en su país. Aquí espera poder volver a ejercer con normalidad. Han preparado la documentación con tiempo; lo más lento fue conseguir y apostillar los antecedentes penales. Un mes de espera desde Venezuela. Ahora, frente a la ventanilla, todo se resume en una oportunidad: “Formalizar nuestra situación es una oportunidad muy grande para poder trabajar con garantías, claro”.

Hablan de Córdoba con cariño. “Nos encanta este ciudad, la verdad. Es tranquila y vivimos muy bien”, repiten, como si esa palabra -tranquilidad- resumiera todo a lo que se puede aspirar en la vida.

Inicio de la atención presencial del proceso de regularización de personas migrantes

Cambiar la seguridad por la incertidumbre

Fuera de la oficina, Jonathan espera con su hija, mientras su otro pequeño y su mujer esperan dentro de la oficina. Su historia rompe algunos tópicos. Jonathan trabajó durante veinte años en un banco en Colombia. Tenía estabilidad, seguro médico privado, una vida construida. Pero también miedo.

“Nos llevó dos años tomar la decisión”, cuenta sobre el viaje transoceánico que hicieron él y su mujer, ambos con estudios en económicas, y sus hijos, ambos en colegios privados. No es la imagen que tienen en la cabeza quienes habitualmente criminalizan a los migrantes. En su caso, su tránsito no respondió a una cuestión laboral. Fue la violencia, la sensación constante de inseguridad. “Mis hijos están aquí más seguros”, afirma rotundo.

Hoy trabaja en un bar como camarero. Su esposa, con formación en administración financiera y especialización en proyectos, cuida personas. Sus títulos, de momento, no tienen validez práctica en España, aunque esperan que los tengan a partir de la presentación de los papeles para la regularización y así puedan seguir creciendo en este país donde, según cuenta, la vida les trata bien.

Inicio de la atención presencial del proceso de regularización de personas migrantes

Jonathan no evita la comparación cuando habla con clientes o conocidos. “Yo escucho muchas cosas en el bar, personas quejándose de la seguridad o de la educación, y a veces pienso que no sería mala idea que algunos españoles pudieran vivir unos meses —o un año— en mi país, para ver si podrían hacer lo mismo que hacen aquí con esa tranquilidad”, dice. “Allí no es así. Allí una situación así, hablar mal de un colectivo por ejemplo en un bar, puede terminar muy mal”.

Y sabe de lo que habla. Hace menos de un año asesinaron a su cuñado en Colombia. Desde entonces, sus hijos no quieren volver allí. Él tampoco y eso que la irregularidad pesa. Limita movimientos, genera incertidumbre. En el pueblo de Palma del Río vive con cierta tranquilidad, pero salir a ciudades más grandes le incomoda. Aun así, a veces cede: “Mis hijos se aburren, me dicen de ir al cine… y al final vamos. Porque pienso: Si la poli me pide los papeles, pues ya veré lo que hago”.

Jonathan no oculta la contradicción: dejó atrás una vida estable, con una pensión casi asegurada -le faltaban cinco años para poder acceder a ella-, por empezar de cero en otro estado, a miles de kilómetros y no precisamente siendo un jovencito. Se vinieron siguiendo a su suegra, que se había asentado en esta localidad de la Vega del Guadalquivir unos años antes que ellos. “Mucha gente me dice: ¿por qué prefirió venir acá?”. Él lo tiene claro cuando mira a sus hijos. Habla de la educación. De cómo se han adaptado. De cómo los colegios públicos han estado pendientes de evitar el acoso, de integrarlos. “En Colombia pagaba un colegio privado, y fue dinero botado”, dice sin rodeos.

Aquí todo es más duro en lo laboral de lo que era en Colombia. Pero hay algo que pesa más: la seguridad, la tranquilidad, la posibilidad de un futuro distinto.

Inicio de la atención presencial del proceso de regularización de personas migrantes

Un sistema a prueba

El primer día del proceso ha sido bastante movido, aunque no caótico. Fallos técnicos, esperas más largas de lo deseado y oficinas con más vida de lo habitual, en las que solo se podía ir a hacer el proceso con cita previa. Pero detrás de cada número, de cada expediente, hay historias como estas cuatro. Carpetas gruesas que no solo contienen papeles, sino decisiones difíciles, renuncias, duelos y expectativas.

Quince días. Ese es el plazo que le han dado a Rubén, Andreína, Carlos y Jonathan para recibir una respuesta. Quince días que pueden cambiarlo todo. Para ellos y para miles de personas que, en silencio, hacen y harán cola los próximos días con la esperanza de que, esta vez, su vida encaje en un sistema y se abran todas las oportunidades que habitan en sus cabezas. Que, a la vista está, no son tan distintas a las de quienes tuvieron la fortuna geográfica de nacer en este país.

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