El merendero del Rey: el desconocido morabito que emerge en sequía en el pantano del Guadalmellato

Primer plano del morabito de Alfonso XIII.

Hace casi un siglo, el 15 de enero de 1925 el rey Alfonso XIII tuvo que llegar en canoa hasta un paraje que hoy es prácticamente inaccesible. 96 años después, cada vez que aprieta la sequía, el embalse del Guadalmellato hace emerger el histórico testimonio de su construcción y de su puesta en servicio: un estupendo merendero en piedra tallado al más puro estilo neomudéjar que solo sirvió una vez.

A día de hoy, el Guadalmellato, un auténtico tesoro hidrológico que garantiza el regadío en amplias zonas del Valle del Guadalquivir y el suministro de agua potable en Córdoba capital, es uno de los embalses que mejor está aguantando la sequía en toda la cuenca. Está al 37% de su capacidad (cuando la media en la provincia de Córdoba es inferior al 14%) y retiene 54 hectómetros cúbicos de agua, una cantidad suficiente como para garantizar que en Córdoba capital no habrá restricciones en, al menos, dos años. Pero a pesar de ello, de su interior emerge un histórico y muy desconocido testimonio histórico, el morabito de Alfonso XIII sobre la recién bautizada como isla de los Cormoranes.

En enero de 1925 el rey visitó Córdoba para inaugurar el embalse y el canal del Guadalmellato. Alfonso XIII embarcó en un canoa en Las Tablas de Don Sancho, remontó el pantano y alcanzó la presa de derivación. Allí activó las compuertas que por primera vez llenaron de agua un canal que aún hoy sigue funcionando y que une este enclave de Sierra Morena con Almodóvar del Río.

Pero sobre una isla que antes fue una montaña que presidía el valle en el que confluían los ríos Cuzna y Guadalbarbo, el rey disfrutó de un lunch, según el relato del periódico de la época La Voz, que acompañó al monarca. Allí, en el morabito, Alfonso XIII disfrutó de “vinos de acreditadas marcas, fiambres y habanos”. Después, regresó a la canoa, al coche y a Córdoba, para disfrutar de un nuevo banquete en las Bodegas Cruz Conde.

El morabito, que hoy está protegido como enclave cultural asociado al embalse, se quedó allí, perenne, esperando a que el agua lo sumergiera. Aún hoy, aunque muy deteriorado por el paso del tiempo y la acción del agua, sigue mostrando cierto punto de majestuosidad. Mantiene una cúpula dorada que brilla con el sol desde la distancia. El hexágono está sostenido por columnas, que a su vez protegen un arco de herradura que le dan un aspecto neomudéjar. El diseño es de Vicente de la Puente, el responsable de la obra.

Tanto el morabito como la presa de derivación quedaron sumergidos por las aguas. El primero en cuanto se llenó el embalse. La presa, cuando se construyó San Rafael de Navallana, aguas abajo. Ambos son elementos históricos muy difíciles de ver. Para hacerlo se tienen que vaciar los embalses en prolongados periodos de sequía.

La cúpula del morabito comienza a ser visible cuando el Guadalmellato está por debajo del 70% de su capacidad. Hoy, al 37%, ha emergido toda una isla en mitad del embalse, en la que anidan familias enteras de cormoranes, lejos de los depredadores de Sierra Morena. Además, están aún más tranquilos desde que la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir prohibió la navegación en el pantano. Es decir, o día el acceso al morabito es imposible. Tan solo se puede contemplar desde los márgenes de un embalse de dimensiones colosales en Sierra Morena, al que van a dar fincas que también son privadas.

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