Diario del Confinamiento | Comentario de texto

Unas gafas sobre un libro.

¿Se acuerdan ustedes de los “comentarios de texto”? Alejado, como estoy de toda actividad docente reglada, desconozco si aún existen –o si volverán “como las golondrinas sus nidos…”-.

A mí me gustaban. Me gustaba suspender el ejercicio, de eso me di cuenta más tarde y acabo de citar sin querer a Gil de Biedma.

Me hace gracia viejuna que a aquellas cosas les llamasen “ejercicios” cuando tenían tan poco que ver con la física de nuestros cuerpos adolescentes.

Hoy debo esbozar dos comentarios de texto. Tienen que ver con el espacio y con el tiempo: yo caminaba a las puertas de una iglesia-fea, anodina, son pocas así en Córdoba, pero las hay-, después de comprar una telera, cuando me sonó una alarma en el móvil: era un mensaje de Roberto Loya, a pesar de su apellido, o gracias a él, un gran poeta de nuestros tiempos. Decía: “Quizá no haya nada más puro que un ateo rezando”. (Creo que es una cita de Vicente Alexandre; en este momento yo hubiera subido nota en el ejercicio).

Coño, pensé a las puertas de la nacional parroquia de Cristo Rey. Qué buen momento para enseñarles este mensaje a estos chavalitos que llevan un jersey verde montería sobre sus hombros y acuden con los padres y los titos a este templo. Pero no lo hice, por mantener la distancia social. Voy a repetir: la distancia social que nos separa.

Y, después, me puse a ver una entrevista con Leonard Cohen, ese judío tan ocurrente que hacía canciones bonitas y que contaba que a los indios americanos, los colonizadores, les ofrecieron espejos y ellos dijeron: “no, no los queremos, tu rostro es para que lo vean las demás gentes, no para que te lo veas tu mismo”.

Y pensé en el ateo rezando, en los besos que se han robado en las ciudades chinas, en Cohen, en los indios y en la propia China.

En los espejos y en la gente reflejada y en las máscaras. Y ya.

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