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Sobre este blog

Estudié para profesor de inglés pero nunca pisé un aula, porque lo que siempre me gustó fue escribir y contar historias. Lo hice durante 15 años en El Día de Córdoba, cumpliendo sueños y disfrutando como un enano hasta que se rompió el amor con el periodismo y comenzó mi idilio con el coaching y la Inteligencia Emocional. Con 38 años y dos gemelas recién nacidas salté al vacío, lo dejé todo y me zambullí de lleno en eso que Zygmunt Bauman llamó el mar de la incertidumbre. Desde entonces, la falta de certezas tiene un plato vacío en mi mesa para recordarme que vivimos en tiempos líquidos e inestables. Quizás por eso detesto a los vendehúmos, reniego de la visión simplista, facilona y flower power de la gestión emocional y huyo de los gurús de cuarto de hora. A los 43 me he vuelto emprendedor y comando el área de proyectos internacionales de INDEPCIE, mi nueva criatura de padre tardío. Me gusta viajar, comer, Queen, el baloncesto y el Real Madrid, y no tiene por qué ser en ese orden.

Skill, upskill, reskill*

Skill, upskill, reskill*

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David Barrera comienza su muy recomendable libro El formador 5.0 hablando de un interesante concepto: la vida útil del conocimiento. El autor explica que hasta hace unos años esa utilidad se medía en décadas, y de hecho la mayoría de nuestros padres desarrollaron una carrera profesional lineal y hasta cierto punto exitosa basándose en lo que aprendió en su juventud. Dicho de otra manera: lo que aprendieron de jóvenes les bastó y sirvió para ganarse la vida hasta la jubilación.

A principios del siglo XIX, la humanidad necesitaba un siglo para duplicar su conocimiento. Hoy se asume que la esperanza de vida de cualquier contenido se mide en meses, y los más aventurados vaticinan que en 2030 las fuentes de conocimiento para cualquier ser humano se duplicarán en apenas 12 horas. Es decir, estamos condenados a aprender cada día, a actualizarnos, a renovar nuestro set de destrezas y competencias, pero con la seguridad de que es probable que lo que aprendamos hoy no nos sirva de mucho a final de año. Puede que sí nos sea útil en su esencia, pero tendremos que renovarlo, adaptarlo, actualizarlo o customizarlo de alguna manera para que nos siga siendo operativo. Es más sencillo de lo que parece: lo que sabemos hoy será de utilidad inmediata, pero estamos condenados a seguir aprendiendo continuamente porque es muy probable que no nos sirva para llegar mucho más lejos.

En un mundo dominado por la incertidumbre, por no saber qué va a pasar mañana, es lógico pensar que el conocimiento debe adaptarse a las necesidades de una sociedad líquida, cambiante e inestable. Lo contrario no es sólo erróneo, es absurdo. De ello se encarga la flexibilidad cognitiva y conductual, la competencia que nos lleva a aprender, reaprender y desaprender cuando sea necesario. Porque si importante es actualizar los conocimientos, más lo es saber cuándo tenemos que despojarnos de ciertas formas de hacer las cosas que nos sirvieron para llegar hasta aquí, pero que, sencillamente, pueden ser inútiles para lo que nos espera.

Aferrarnos a lo que sabemos es algo natural y humano, porque nos aporta seguridad y certezas, una cierta sensación de poder y conocimiento. Por eso nos jode tanto asumir que lo que aprendimos en su día ya no nos sirve. No olvides que el cerebro no está diseñado para hacerte feliz, sino para protegerte de los peligros y factores exógenos. Por eso vive cómodo en el mundo de la certidumbre, de lo conocido, aunque sea en la certeza de lo malo o incluso de lo inútil. Eso es lo que te incomoda al tener que aprender algo nuevo, porque te reta, te desafía y te coloca de nuevo en la casilla de salida del aprendizaje.

“¿Cómo yo, un profesional de mi categoría y mi experiencia, me voy a tener que poner a estudiar ahora y asistir a este curso?”. Me he enfrentado a ese perfil cientos de veces, ante vendedores, comerciales o trabajadores de cualquier sector con 30 años de oficio y el colmillo retorcido que me miraban con pinta de a ver qué me va a enseñar a mí este niñato. Esa soberbia y falta de humildad son el principal enemigo del aprendizaje, porque esa actitud es en sí misma una defensora a ultranza de la falsa sensación de seguridad o, si quieres llamarla así, de la zona de confort. 

¿Y pasa algo por vivir en la zona de confort del conocimiento? Es decir, ¿pasa algo por no querer aprender algo nuevo y distinto? No, no pasa nada, pero en un doble sentido. No pasa nada porque te puedes tirar toda la vida tranquilamente tirando de lo que aprendiste en su día sin añadir ni una coma. El problema es que no pasará nada… más. Serás siempre el mismo, algo que no es malo de por sí, si no fuera por el pequeño detalle de que todo lo que existe y sucede a tu alrededor está cambiando y regenerándose a un ritmo vertiginoso, y eso sí te cambia a ti. Es como si tienes mil euros en el banco y no los mueves nunca, pero el IPC cambia repentinamente del 1% al 10%. Creerás que tu pasta no cambia, pero cada día tendrás menos y te servirá para menos cosas. Con lo que sabes pasa lo mismo, pero multiplícalo de forma exponencial.

Para explicarlo, la periodista Raquel Roca acuñó en 2015 un término muy descriptivo: knowmad, nómadas del conocimiento. La explicación es ciertamente lógica: si asumimos que cada cierto tiempo cambiaremos de coche, de casa, de ciudad, de pareja, de trabajo e incluso de profesión, ¿cómo podemos pensar que no tendremos que hacer mudanza en nuestra cabeza y meter en cajas y tirar todo lo que ya no nos sirve?

“Cualquier persona, desde CEO hasta un empresario, un autónomo o el empleado de primera línea puede ser un knowmad”, dice Roca, y lo peor es que “no es una moda pasajera, porque ese va a ser el tipo de profesional que más crezca y se desarrolle en un futuro cercano”. Es decir, ya.

En Europa hace tiempo que se trabaja con el término lifelong learning, que se podría traducir como el aprendizaje continuo y permanente más allá de los grados académicos o universitarios. La Comisión Europea lo incluyó en sus recomendaciones de 2006, y las actualizó en 2018 definiendo las ocho competencias clave para la educación de adultos. Entre ellas sigue destacando la competencia de “aprender a aprender”, en un proceso sin fin que consiste en “adquirir, procesar y asimilar nuevos conocimientos y capacidades, así como buscar orientaciones y hacer uso de ellas”. De eso se trata: aprender, reaprender, desaprender.

 

 *Aprende, actualiza, recicla

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Estudié para profesor de inglés pero nunca pisé un aula, porque lo que siempre me gustó fue escribir y contar historias. Lo hice durante 15 años en El Día de Córdoba, cumpliendo sueños y disfrutando como un enano hasta que se rompió el amor con el periodismo y comenzó mi idilio con el coaching y la Inteligencia Emocional. Con 38 años y dos gemelas recién nacidas salté al vacío, lo dejé todo y me zambullí de lleno en eso que Zygmunt Bauman llamó el mar de la incertidumbre. Desde entonces, la falta de certezas tiene un plato vacío en mi mesa para recordarme que vivimos en tiempos líquidos e inestables. Quizás por eso detesto a los vendehúmos, reniego de la visión simplista, facilona y flower power de la gestión emocional y huyo de los gurús de cuarto de hora. A los 43 me he vuelto emprendedor y comando el área de proyectos internacionales de INDEPCIE, mi nueva criatura de padre tardío. Me gusta viajar, comer, Queen, el baloncesto y el Real Madrid, y no tiene por qué ser en ese orden.

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Publicado el
31 de mayo de 2021 - 07:58 h
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