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El morboso show del caso Bretón

Antonio López

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Tras más de un año de instrucción, ha comenzado esta semana la vista oral del caso Bretón en la que se enjuiciará la presunta responsabilidad de aquél en el asesinato de sus dos hijos, Ruth y José. El luctuoso suceso ha trascendido las fronteras de nuestra ciudad y ha sido cabecera de los principales medios de comunicación nacionales, tanto por la gravedad de los hechos, como por la calamitosa instrucción en la que, entre otras cuestiones, llegaron a confundirse huesos humanos con restos óseos de carácter animal, circunstancia ésta que genera cierta inquietud sobre la pericia de nuestros forenses y los medios cotidianos de que disponen para realizar su labor.

La repercusión del citado proceso ha sido de tal calibre que se han acreditado para su seguimiento más de 125 periodistas, cifra que contrasta con los tres o cuatro profesionales de la información que suelen cubrir la actividad diaria en la Audiencia Provincial. Obviamente, la vetusta instalación judicial no está preparada para albergar a tanto corresponsal por lo que ha sido necesario acometer ciertas reformas en la misma. Además, debido a las reducidas dimensiones de la sala en la que se desarrollará el litigio y con el fin de garantizar su seguimiento a todos los informadores asistentes, se televisará la vista oral por medio de una señal institucional que se le ha encargado a la federación de televisiones autonómicas (FORTA).

En medio de esta vorágine, no he podido evitar recordar el epílogo de la película “Tesis” que, por aquel entonces, dirigió un desconocido Alejandro Amenábar. Más allá de la interesante trama, el filme nos invita a reflexionar sobre la peligrosa relación “oferta-demanda” que puede suscitarse en el mundo audiovisual. En los últimos segundos de la película, los protagonistas avanzan por el pasillo de un hospital y comprueban estupefactos cómo los pacientes de las diferentes habitaciones observan con avidez las noticias que relatan el suceso que ellos mismos han vivido en primera persona: la desaparición de jóvenes que eran torturadas y asesinadas delante de una cámara de vídeo que grababa la escena para después vender la producción a seguidores del fenómeno conocido como “snuff-movie”. La totalidad de los enfermos seguían la información atentamente, sin pestañear, demostrando su interés por la misma. Seguramente, apenas habrían prestado atención a la programación televisiva durante el resto del día pero el morbo que rodeaba esa noticia les atraía de tal manera que nada más importaba a su alrededor. Así pues, a modo de conclusión, podríamos afirmar que, si el telespectador desarrolla un gusto por estos temas, los medios de comunicación prestarán una mayor atención a los mismos para incrementar y fidelizar su audiencia.

Al igual que sucedió con “Tesis”, el caso Bretón ha suscitado nuevamente el debate sobre la persecución del morbo en televisión, sobre si la cobertura de una tragedia de este calado responde más a la simple búsqueda de audiencia que a satisfacer el legítimo derecho a la información de los ciudadanos. El triste destino de Ruth y José se suma a las desgracias de Marta del Castillo, de Mari Luz Cortés… hasta llegar a las chicas de Alcásser. ¿Dónde termina la información y comienza el show? No estoy seguro de dónde termina la información, pero sí dónde comienza el show. Algunos argumentarán que el origen radica en los medios de comunicación pero, en mi opinión, está en nosotros mismos y no en aquéllos. Sí, en nosotros, los ciudadanos, los televidentes, los radioyentes, los lectores, los internautas… Estamos tan acostumbrados a echar la culpa a los demás que es difícil asumir la propia. El contenido de los medios de comunicación depende de la audiencia y ésta manda. La audiencia no es un monstruo extraterrestre que ha invadido nuestros cuerpos, sino que es un ente compuesto por una suma indefinida de sujetos y sus preferencias son el resultado de la suma de las preferencias individuales de aquéllos, es decir, de nosotros mismos. Algunos pueden defenderse intentado argumentar su postura en la empatía, en la solidaridad con el dolor. ¿De verdad? Espero que un día una sociedad educada, culta, realmente solidaria y empática respete el dolor ajeno, una sociedad en la que el morbo por el morbo no se convierta en un show. En nosotros está construir una sociedad distinta.

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