Contrarreforma

Me suele interesar mucho lo que otros dicen de uno mismo, la imagen que reflejamos tanto como nuestra autopercepción. En multitud de ocasiones que me he encontrado con personas del norte de Europa o Países Bajos, suelen hacer referencia a la contrarreforma cuando han conocido mi nacionalidad. Me parecía una insistencia fuera de lugar, referida a una realidad remota, y que poco tenía que ver con la España actual. Imaginaba que los episodios históricos de finales del XVI (más abordados en cine y televisión por la industria inglesa que por la española), con la consolidación de los Tudor, la derrota de la Gran Armada, y la configuración de Castilla como el brazo ejecutor de Roma para conseguir la homogeneidad religiosa del continente, habían construido un imaginario que resistía a pesar de las evoluciones recientes de nuestro país. Y quizás la cosa no sea tan sencilla.

No me gusta pensar en términos seculares, ni en recurrencias históricas, pero pienso que lo que está ocurriendo en nuestro país se parece mucho a otras iniciativas frustradas de modernización. España no ha contado con una guerra de secesión, ni una revolución francesa, todo el XIX fue un siglo de amagos de modernidad, abortados por la reacción, y no sé si se habrá aprovechado el pasado año en Cádiz para reflexionar sobre esto. En el XX la única revolución triunfante fue una contrarrevolución, la franquista, que apagó otro de los momentos de luz (con sus sombras) de nuestra historia. La transición española de los 70 aparecía de nuevo como un intento de cruzar ese umbral para que España fuera definitivamente un país moderno, con derechos políticos reconocidos, y una concepción de la igualdad a la altura de su tiempo. Y hasta hace no mucho pensábamos que lo habíamos conseguido, y que habíamos superado esos traumas históricos.

No me parece ahora exagerado decir que, de nuevo, en España ha triunfado la contrarreforma. En otro artículo de Cordópolis ya analicé algunas de las circunstancias que provocan la fuerte crisis de legitimidad que sufre el sistema político actual. La política fiscal ( que se ceba en los asalariados y privilegia a los grandes capitales) ; la política energética (que respalda el expolio que unas cuantas corporaciones hacen de los ciudadanos), la regulación bancaria (que sobreprotege a los bancos y mantiene una normativa hipotecaria de principios del XX pero propia del XIX que da todas las garantías al banco y ninguna al ciudadano); y por último el mantenimiento de los privilegios de la Iglesia católica ( que evidencia que seguimos sin realizar la separación entre Iglesia y Estado que define al mundo moderno). Y en general, la servidumbre del poder político a todos estos poderes.

No niega esto los avances democráticos y de bienestar social, pero creo que no es ni mucho menos la expectativa que se abría a finales de los 70. De pronto nos hemos despertado y de nuevo nos encontramos a la España eterna, la de la desigualdad, la emigración, un país inculto, que no ha interiorizado valores democráticos centrales, desesperante. El sistema político se parece cada vez más al de la Restauración, con un turno de partidos que mantiene las constantes de esa defensa del status quo. La transición fue modélica y pacífica, y tan pacifica y modélicamente se nos ha colado la contrarreforma, y nos encontramos un país que ya no reconocemos, la madrastra ineficiente y sin remedio que solía ser.

Y no me gusta nada que aquellos  ingleses, holandeses y  alemanes que conocía terminen teniendo razón.

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Publicado el
5 de febrero de 2013 - 02:31 h
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