Cine vs. Audiovisual

En los medios de comunicación, especialmente la prensa escrita, suele privilegiarse el impacto, la sentencia resolutiva, el no va más. Es por esto que, en ocasiones, hemos podido leer en magazines especializados y las secciones culturales de los periódicos frases como "el cine ha muerto". Esta expresión de resonancias nietzscheanas ha salido, al menos, de la mente de controvertidos directores de cine como el galés Peter Greenaway o el franco-suizo Jean-Luc Godard.

Greenaway argumentó que desde la invención del mando a distancia en la televisión, el cine terminó. Esto que dijo a principios del siglo XXI no fue óbice para que siguiera realizando películas, probablemente las peores de su filmografía, como el fallido proyecto multimedia Las maletas de Tulse Luper. En cualquier caso, no se trata de defenestrar a este autor que, por otra parte, cuenta con una original obra que alcanzó su cenit en los años 80 (El contrato del dibujante, El vientre del arquitecto…). Sus orígenes experimentales, así como su inquieto espíritu, lo convierten en un referente del proceso en el que estamos inmersos. Pero no deja de sorprender que, a raíz de sus conclusiones, haya decidido acercarse al vídeo arte cuando ya hacía algo similar, aunque en 8 y 16mm, en sus inicios.

Por su parte, Godard está considerado como uno de los príncipes de la modernidad cinematográfica, y también ha hecho uso de la expresión de marras, aunque quizás de modo más sentido, por ser su caso también el de un analista del medio, pues no en vano su obra Histoire(s) du cinéma levanta acta del Séptimo Arte empleando, curiosamente, trucajes y efectos propios del vídeo arte. Es esto un síntoma inequívoco de aquello que apunté en la primera entrada del blog: que estamos en un momento en el que un nuevo conjunto de márgenes difusos llamado audiovisual se describe para aglutinar a todas las manifestaciones de esta naturaleza, independientemente de su valor artístico.

Hace cinco años Víctor Erice ofreció una emotiva conferencia en el marco de la Muestra de Cine Rural de Dos Torres (Córdoba), en la que hablaba, en tono melancólico, del cine como "rey destronado" o "arte crepuscular", situación ésta propiciada por la aparición de lo que denominó, quizá desdeñosamente, como "el audiovisual". Pero donde él parecía ver el tono ocre del otoño, otros podían estar viendo la luminosa primavera, pues su joven audiencia, copada de estudiantes, había crecido en la era digital.

Por tanto, no se trata ya de considerar que el cine muere como medio porque está agotado en sus vetas creativas, antes bien, desaparece por la sustitución progresiva del soporte analógico por el digital. Lo que indica Paolo Cherchi Usai en, volvemos al principio, La muerte del cine, un insólito ensayo en el que advertía de la desaparición de las películas debido a sus difíciles posibilidades de conservación por el inexorable deterioro del celuloide. Es la opinión de un restaurador, si bien llega a comparar el digital con la energía nuclear. Cherchi Usai hizo estas declaraciones en la presentación del libro en nuestra Filmoteca de Andalucía. Por cierto, en aquella ocasión le pedí al autor una dedicatoria del ejemplar. El texto, escrito en italiano, reza: "A Fernando, que ayuda al cine a vivir".

Con la eclosión del digital, las fronteras entre el cine y el resto de disciplinas audiovisuales se hacen más porosas. Ya lo eran. Solo hay que remontarse a José Val del Omar, o al origen del vídeo arte, que partió de las bellas artes, los museos, pero ha contribuido también a evolucionar el audiovisual; el documental de creación o ensayo está vinculado, en ocasiones, con el vídeo arte, pero también es observado por los estudiosos como el siguiente eslabón en la cadena del realismo cinematográfico. Tampoco es extraño ver cómo un centro de arte contemporáneo dedica un ciclo a un cineasta u organiza correspondencias audiovisuales entre dos autores de prestigio. Los cineastas se hacen videoartistas. Y videoartistas como Pipilotti Rist (Pepperminta) o Steve McQueen (Shame) se meten de lleno en rodajes.

El cine, lo que ha representado Hollywood, por citar una cinematografía, seguirá formando parte de nuestras vidas. Su aura mítica fue perdiendo paulatinamente brillo, aunque sigue latiendo débilmente. Ahora consumimos imágenes mediante una multiplicidad de canales. Y parece tener el mismo valor ver un vídeo de gatitos en YouTube que contemplar la última cinta de Manoel de Oliveira. Democratización con todas las consecuencias. Pero esto es otra historia.

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21 de septiembre de 2012 - 08:09 h
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