Amarga victoria

L'amour d'une femme (Jean Grémillon, 1953)

No es el nombre de Jean Grémillon uno de los primeros con los que uno se topa cuando se dedica a repasar el cine francés anterior a 1959. Tampoco es una de esas figuras a las que habitualmente se le dedique un concienzudo repaso que intente hacer justicia a su figura y sitúe convenientemente su obra en el conjunto de un cine francés que, por lo general, nos tiene acostumbrados a la excelencia. Arrinconado por los modernos, olvidado por los clásicos, el abandono de un autor como Jean Grémillon por parte de las nuevas generaciones representa fielmente el caos programático, caprichoso y desnortado, que conduce buena parte de la singladura cinematográfica de no pocos cinéfilos acumuladores de bajadas.

Sin embargo, Grémillon representa, como pocos, esa tendencia del cine francés que nace con la vanguardia de los años veinte -a la que el autor de Le ciel est à vous (1994) se uniría tardíamente-, se introduce en el documental, y se pasea con maestría por el cine de ficción, con todo el bagaje aprendido en su paso por esos otros cines que soñaron con un cinematógrafo ajeno a las presiones industriales y a los gustos dominantes de la burguesía. Es por ello, que los grandes títulos de Grémillon (de Maldone a L'amour d'une femme) mantienen el recordatorio de la materialidad que interactúa con los actores, del registro fotográfico, de que un filme es también la crónica de su rodaje.

Si pudiera trazarse una línea invisible que uniera a Grémillon con cineastas como Jean Epstein y Jean-Daniel Pollet ésta sería sin duda a partir de títulos como L'amour d'une femme. Fechada en 1953, L'amour d'une femme puso fin al cine de ficción de su autor, ya que durante los años siguientes, hasta su retiro en 1958 -moriría al año siguiente-, tan sólo filmaría cortometrajes documentales, algunos tan excelentes como La maison aux images (1955) y, su testamento, André Masson et les quatre éléments (1958).

Rodada en la Isla de Ouessant, en Finisterre, Francia, L'amour d'une femme narra la historia de Marie, una joven doctora que llega a la isla sustituyendo al antiguo médico que acaba de jubilarse. Pronto traba amistad con la maestra, a la que le queda poco para jubilarse, lo que le ayudará a soportar mejor las reticencias iniciales de los isleños ante su persona. Una noche, conoce a un ingeniero que junto a un grupo de trabajadores se encuentra en la isla realizando una serie de reparaciones. Aunque inicialmente se mostrará indiferente ante sus avances, terminará por enamorarse de él y comenzar una relación, sin prestar atención a los comentarios de los lugareños. Mientras pasa una tarde con este, su amiga la maestra sufre un infarto y fallece. En el multitudinario entierro queda conmocionada por la frialdad del pueblo ante la muerte de una mujer que llevaba muchos años educando a generaciones y generaciones de niños. Éste será el detonante que la llevará a aceptar la proposición de matrimonio de su amante, que le había planteado que sólo se casaría con ella si aceptaba renunciar a su trabajo y dedicarse íntegramente al cuidado de la casa y de sus futuros hijos. Pero una noche, la joven doctora recibe una llamada de los fareros, donde se le informa que uno de ellos se encuentra aquejado de vómitos y fuertes dolores intestinales. En medio de una furiosa tempestad, es conducida en una barca por un grupo de hombres al faro, donde realizará una operación de urgencia que salvará la vida del enfermo. De vuelta, rodeada de la admiración de los hombres ante los que realizó la intervención, es invitada a tomar unas copas y disfrutar de su éxito y reconocimiento, mientras su enamorado contempla distante la escena, descubriendo por primera vez la exultante felicidad que irradia el rostro de Marie al sentirse reconocida por haber salvado una vida gracias a sus habilidades como cirujana. De vuelta a la casa, la pareja discute acaloradamente sobre si ella debe o no dejar su trabajo para convertirse en ama de casa. El ingeniero le propone con la boca pequeña que tal vez podría seguir trabajando pero sólo con algunos pocos pacientes, ella acepta entusiasmada, y él descubre en ese momento que está enamorado de una mujer que sólo será una mujer completa si sigue trabajando como doctora, algo que no está dispuesto a soportar. La pareja rompe amargamente, y al día siguiente, mientras el ingeniero y su cuadrilla recogen su equipo y abandonan la isla, la doctora recibe la visita de una joven maestra que acaba de instalarse en la isla, mientras escucha la sirena del barco que parte llevándose a su amor. Probablemente, nunca antes en el cine, una victoria de la libertad y la independencia fue tan amarga. Final, que es también el reverso, en todos los sentidos, lúcido, moderno y libre, de la sobrevalorada Brief encounter (David Lean, 1945).

Aunque no soy partidario de apoyarme en las sinopsis para analizar un filme, en este caso he creído necesario hacerlo, ya que uno de los atributos de L'amour d'une femme es su feminismo vanguardista, algo bastante inhabitual en un filme de 1953, y que aquí supone el conflicto esencial de la película; un conflicto social que podemos suponer que en esos años estaba alboreando en no pocas parejas donde ella era una profesional cualificada que no quería renunciar a su carrera, y que Grémillon recoge no sólo tomando el pulso a su tiempo, sino, nos atrevemos a decir, que incluso casi adelantándose a él en unos pocos años. Su tratamiento elude el maniqueísmo, el trazo grueso y la simplificación del conflicto y de los personajes; estamos pues en las antípodas del filme de tesis agitprop feminista, a pesar de estar sirviendo a una causa, denunciando un estado de cosas, dando testimonio de una realidad. Pero lo que en realidad convierte a L'amour d'une femme en una obra maestra es la forma que tiene Grémillon de acercarse a una comunidad y hacer de ella un elemento dramático capital a la hora de desarrollar este melodrama. En este sentido, aunque en clave prosaica y en acordes menores -o sea sin la exaltación de los ritos y las tradiciones-, no estamos tan lejos, como pudiera parecer, del Ford -con borrachín incluido, muy similar a los papeles encarnados por Barry Fitzgerald- de How green was my valley (1941) y The Quiet man (1952). Y la secuencia del entierro del personaje de la anciana maestra, interpretado por Gaby Morlay, rodada en un registro absolutamente documental, bien podría formar parte de cualquiera de ese puñado de inolvidables maravillas que en la Bretaña francesa rodó Jean Epstein.

Es pues esa materialidad, ese pulso documental que alimenta la ficción, lo que va haciendo de L'amour d'une femme una obra única. Sólo así se entiende la forma en que Grémillon rueda toda la secuencia de la operación al farero: la salida del barco en el que van a hacer el viaje, filmada en lo que parece una tempestad real, con la imagen casi borrosa y el objetivo de la cámara completamente salpicado de gotas de agua; y la operación en la que tiempo real y tiempo cinematográfico coinciden, y donde Grémillon filma en planos explícitos -absolutamente inhabitual en el cine clásico- el pinchazo de la anestesia, el corte del bisturí, la separación de los tejidos con fórceps, los dedos expertos de la cirujana buscando la hernia estrangulada y finalmente la sutura y la colocación de las grapas en la herida. Grémillon no sólo está documentando la ejecución de un oficio y su técnica, sino que nos está haciendo partícipes de la profesionalidad callada, ajena a toda ostentación y a cualquier reclamo de gloria o estipendio desmedido, de la protagonista; profesionalidad que en unos escasos minutos acaba de salvar una vida, culminación material de sus años de estudio, sacrificio y trabajo. Sólo a partir de haber sido testigos de ese milagro -no menor, sin necesidad de la intervención divina, al que oficia el sacerdote de Sous le Soleil de Satan (Maurice Pialat, 1987)-, y de la pequeña celebración posterior, entre risas y copas, en la que muestra a la protagonista, como una más, integrada en el grupo de marineros que la han conducido al faro, estaremos en condiciones de poder entender, en toda su dimensión, la trágica pérdida que supondría renunciar a su oficio y aceptar las demandas de su futuro esposo.

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24 de marzo de 2014 - 10:11 h