El abrazo

El abrazo en el fútbol es la metáfora más ajustada de la euforia. La tensión sostenida, concentrada en el objetivo, la obsesión contenida, el hambre acumulada, encuentran su exaltación de júbilo cuando el balón traspasa la línea que separa la gloria de la frustración. Siempre me ha fascinado la carrera larga con los brazos abiertos. La mutua búsqueda del protagonista y de sus compañeros, la explosión coral de la grada, el salto en solitario en el sofá doméstico. Descubrirse uno corriendo por el pasillo gritando, liberando todas las cosas que quisimos ser y se quedaron dentro.

Nunca he creído en las celebraciones premeditadas, los gestos ensayados, los que evitan a sus compañeros para enviar un mensaje que nadie les pide. Sólo queremos abrazarnos todos. Darnos fraternalmente la paz. Fuera el perrito, el trenecito y el dedo como chupete a la boca. Fuera el bailecito, la coreografía, el saludo militar, el banderín como pareja de baile. Fuera el arquero, el que no celebra el gol ante su ex-equipo, el que muestra su enfado con la grada. Fuera los cortes de mangas repetidos. Volvamos a la melé amorfa de la alegría. A Iniesta de mi vida. A Sergio Ramos gritando en Munich, frente a la cámara, "aquí estoy yo". Y por qué no. A Uli Dávila haciendo carne el verbo resucitado de la esperanza

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5 de mayo de 2014 - 08:00 h