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Sergio Gracia Montes es graduado en Derecho por la Universidad de Córdoba. En 2018 impulsa desde Córdoba el Centro de Investigación de la Extrema Derecha (Cinved), con el que analiza y estudia los movimientos populistas y extremistas en España y a nivel internacional. Gracia cuenta con amplia formación en materia religiosa, política y de derechos humanos, e interviene en medios nacionales (Cuatro, La Sexta, Huffington Post, El Independiente, El Confidencial o El Temps) como experto en fanatismos y movimientos de ultraderecha.

Matemáticas de combate e IA: cuando la guerra se decide antes del disparo

Matemáticas de combate e IA: cuando la guerra se decide antes del disparo

Sergio Gracia

30 de octubre de 2026 20:04 h

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La guerra siempre ha tenido matemáticas: trayectorias balísticas, rutas de suministro, cálculos de combustible, códigos cifrados o mapas de posiciones. La diferencia de nuestro tiempo es que esas matemáticas ya no se limitan a describir el campo de batalla. Aspiran a anticiparlo, ordenarlo y, cada vez con más frecuencia, a recomendar qué hacer con él.

La IA procesa en segundos volúmenes de información que antes requerían equipos enteros para trabajar sobre imágenes de satélite, videos de drones, comunicaciones interceptadas, datos meteorológicos, movimientos de población, actividad digital o fuentes abiertas. Bajo la promesa de la precisión, estos sistemas identifican patrones, priorizan alertas y sugieren amenazas. Pero una cuestión permanece incómodamente abierta ¿Quién decide qué patrón es peligroso, qué vida puede ser considerada un “riesgo” y qué error es asumible?

Desde una mirada progresista, el debate no consiste en estar a favor o en contra de la tecnología. Consiste en decidir al servicio de qué proyecto político se utiliza. La IA puede servir para prevenir conflictos, localizar personas desaparecidas, retirar minas, reforzar la ayuda humanitaria o detectar campañas de desinformación. Pero también puede servir para acelerar una lógica de vigilancia, convertir poblaciones enteras en perfiles sospechosos y rebajar el tiempo- y la responsabilidad- que separa un dato de un ataque.

Del mapa al algoritmo: la promesa de preverlo todo

Un mapa clásico mostraba el terreno. Un sistema algorítmico pretende mostrarlo, predecir lo que ocurrirá y ofrecer una respuesta antes de que el ser humano haya podido valorar plenamente sus consecuencias. Esa es la promesa de la guerra basada en datos, reducir la incertidumbre a través de modelos predictivos.

Hay usos que pueden salvar vidas. Analizar imágenes para localizar infraestructuras dañadas, anticipar desplazamientos forzados, diseñar corredores humanitarios o advertir de riesgos para la población civil son aplicaciones con un evidente potencial protector. La cuestión es que la misma infraestructura tecnológica puede cumplir una función radicalmente distinta cuando se incorpora a la selección de objetivos, a la vigilancia masiva o a la gestión automatizada de listas de sospechosos.

El problema aparece cuando la velocidad se confunde con verdad. En los conflictos, el tiempo para verificar puede considerarse un obstáculo operativo; sin embargo, verificar es una garantía democrática y humanitaria. Una anomalía detectada por un sistema no equivale a una amenaza. Un teléfono conectado, un vehículo detenido, una ruta frecuente o una red de contactos no convierten (o al menos no debería) automáticamente a una persona en objetivo legítimo. La correlación no es culpabilidad; la probabilidad no es una sentencia.

Los datos no son neutrales: el riesgo de automatizar el prejuicio

La IA suele presentarse como más objetiva que el juicio humano. Sin embargo, ningún algoritmo nace neutral. Se entrena con datos producidos por instituciones, empresas, ejércitos y servicios de inteligencia; datos que contienen prioridades políticas, lagunas, estigmas y desigualdades acumuladas.

Cuando una comunidad ha sido vigilada de forma desproporcionada durante años, deja más registros que otras. Más controles, más incidentes documentados, más mapas de riesgo, más indicadores de sospecha. Un modelo puede interpretar esa acumulación como prueba de peligrosidad, cuando es también la huella de una vigilancia desigual. El sesgo deja entonces de presentarse como prejuicio y adopta el lenguaje aparentemente incontestable de la técnica.

Esta lógica conecta con la datificación del cuerpo. Las personas dejan de ser sujetos con derechos, historias y contextos para convertirse en perfiles, puntuaciones, patrones de movilidad o coincidencias estadísticas. En una guerra, esa reducción es especialmente grave. El enemigo no necesita ser conocido, basta con que sea calculable. Y cuando una población es tratada como una masa de datos sospechosos, la distinción entre protección y castigo colectivo empieza a desdibujarse.

No basta con un humano que pulse el botón

El debate público suele centrarse en las armas autónomas, como si el problema comenzara cuando una máquina dispara. Pero la automatización actúa mucho antes, en la selección de información, en la clasificación de perfiles, en la prioridad de las alertas y en la recomendación de los objetivos.

Puede haber una persona al final de la cadena, pero esa presencia no garantiza una decisión humana significativa. Si el sistema ofrece una recomendación con apariencia de certeza, si el tiempo es mínimo y si cuestionar al algoritmo parece una demora o una debilidad, el operador corre el riesgo de limitarse a ratificar una decisión ya preparada.

Por eso no basta con afirmar que hay un “humano en el circuito”. Hace falta control humano real, acceso a la información que fundamenta la recomendación, tiempo para contrastar el contexto, capacidad efectiva de detener la acción y responsabilidad identificable en toda la cadena. Quién diseña el modelo, quién suministra los datos, quién lo integra en una operación y quién autoriza su uso deben responder por sus consecuencias.

La guerra informativa también se calcula

Las matemáticas de combate no operan únicamente en el territorio. También combaten en el espacio informativo. Las plataformas permiten segmentar audiencias, medir respuestas emocionales, probar mensajes y amplificar contenidos diseñados para alimentar el miedo, el resentimiento o la deshumanización del adversario.

La desinformación no necesita convencer a todo el mundo. A menudo le basta con dividir, saturar y erosionar la confianza. Si una sociedad deja de creer en los medios, en las instituciones o en la posibilidad misma de conocer los hechos, queda más expuesta a aceptar discursos de excepción y respuestas autoritarias. Las redes coordinadas, los contenidos sintéticos y la manipulación audiovisual abaratan esa operación y hacen más difícil distinguir entre un testimonio, una pieza propagandística y un montaje.

La batalla por el relato puede preceder a la violencia física. Antes de atacar, se construye el marco que vuelve aceptable el ataque. Antes de restringir derechos, se fabrica la sensación de amenaza permanente. La IA no crea por sí sola esa lógica, pero puede amplificarla a una escala inédita.

Seguridad no es vigilancia ilimitada

Una política progresista de seguridad debe negarse a elegir entre derechos y protección. La seguridad democrática no se construye convirtiendo a poblaciones vulnerables en un archivo de sospechas ni aceptando que la opacidad sea el precio inevitable de la eficacia.

La tecnología militar y de vigilancia necesita límites claros: respeto estricto al derecho internacional humanitario, prohibición de decisiones letales sin control humano significativo, auditorías independientes, evaluación de impacto en derechos humanos y vías reales de investigación y reparación cuando se produzcan daños. También exige transparencia sobre qué empresas desarrollan estas herramientas, qué contratos públicos las financian y qué mecanismos existen para auditar sus resultados.

No es un asunto técnico reservado a ejércitos, gobiernos o grandes corporaciones. Es un asunto democrático. Las decisiones sobre qué sistemas se despliegan, qué datos se recogen y a quién se considera una amenaza afectan directamente a libertades, vidas y derechos. Por eso deben ser debatidas y sometidas a escrutinio público.

La innovación al servicio de la vida

El progreso no consiste en acortar el tiempo entre detectar y destruir. Consiste en ampliar la capacidad colectiva para proteger, reparar y prevenir. La inversión pública en IA debería priorizar el desminado, la gestión de emergencias, la anticipación de catástrofes, la identificación de campañas de odio, la protección de infraestructuras civiles y la mejora de la coordinación humanitaria.

Esta orientación también obliga a regular el poder de las empresas tecnológicas. No pueden presentarse como proveedores neutrales mientras diseñan herramientas que determinan qué se vigila, qué se clasifica y qué se vuelve accionable. La responsabilidad debe alcanzar a quienes convierten la infraestructura digital en una pieza de la maquinaria bélica.

Recuperar la inteligencia humana

Las matemáticas pueden estimar probabilidades, pero no determinar el valor de una vida. Pueden ordenar datos, pero no comprender por sí solas el contexto de una comunidad, la dignidad de una persona o el significado político de una decisión. Pueden acelerar una respuesta, pero no responder por sus consecuencias.

Cuando la guerra se decide antes del disparo, la obligación no es construir sistemas cada vez más rápidos, sino impedir que la precisión técnica se convierta en coartada para la deshumanización. Una política progresista de IA no debe medir su éxito por la velocidad con la que identifica un objetivo, sino por su capacidad para proteger vidas, limitar la arbitrariedad y evitar que la desigualdad se convierta en una variable automatizada en la guerra.

El mayor riesgo no es que las máquinas desarrollen voluntad propia. Es que las personas, las instituciones y las democracias renuncien a ejercer la suya.

Sobre este blog

Sergio Gracia Montes es graduado en Derecho por la Universidad de Córdoba. En 2018 impulsa desde Córdoba el Centro de Investigación de la Extrema Derecha (Cinved), con el que analiza y estudia los movimientos populistas y extremistas en España y a nivel internacional. Gracia cuenta con amplia formación en materia religiosa, política y de derechos humanos, e interviene en medios nacionales (Cuatro, La Sexta, Huffington Post, El Independiente, El Confidencial o El Temps) como experto en fanatismos y movimientos de ultraderecha.

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