Robert: El último baile del hombre de hierro

¿Qué le empujó a enrolarse en el Córdoba, un club recién ascendido que había padecido 17 temporadas encadenadas en Segunda B? ¿Por qué un jugador internacional, con más de medio millar de partidos en Primera División, siempre en clubes de élite, siempre como titular, siempre con el brazalete de capitán bien amarrado al brazo, decidió que podría ser una buena opción prolongar su carrera en El Arcángel? ¿Qué buscaba Robert Fernández?

No era el dinero, desde luego. Ni lo necesitaba ni, por supuesto, el club blanquiverde se lo podía ofrecer porque, para no perder la costumbre, la tesorería lanzaba un mensaje dramático. Era, claramente, un destino de segunda fila. Sin alicientes económicos, con un porvenir deportivo incierto, marcado por las convulsiones internas -tres presidentes habría en un año- y unas condiciones de trabajo marcadas por unas infraestructuras pésimas. Pero tenía 37 años. Y en el negocio del fútbol, cuando rondas los 30, te colocan la etiqueta con la fecha de caducidad. Lo quieras o no. Rindas bien, regular o mal. Todo el entorno te recuerda cada día que tu etapa se acaba y te señalan la puerta de salida sin pudor. Al novato se le perdona todo; al veterano, nada.

Roberto Fernández Bonillo (Betxí, Castellón, 1962) fichó por el Córdoba en verano del 99 por razones íntimas y personales. Ni quería despedirse con lágrimas -había descendido con el Villarreal, al que condujo a Primera en un trienio anterior espectacular- ni estaba dispuesto a dejarlo sin responderse a una pregunta: ¿Sería capaz de desafiar a las leyes de la física, de la lógica y del negocio para continuar rindiendo tal y como él se exigía? Los aficionados del Córdoba conocieron la respuesta. Las generaciones jóvenes que se incorporaban a la legión de consumidores de fútbol, los que hasta ahora sólo habían alimentado su pasión con la televisión, el Marca y las estampas de fútbol, aún siguen hablando del impacto que les causó ver en directo al gran Robert, el veterano más joven de la historia del club.

Vino de la mano de Manuel Palma Marín, efímero presidente del Córdoba tras -previo pago de su importe- coger el sillón que ocupaba Manolo Oviedo, cabeza visible de la directiva en el curso del ascenso. El empresario de Cañete de las Torres, con negocios en la Comunidad Valenciana, seguramente convenció -sin demasiado esfuerzo- al afamado futbolista para que le ayudara a lanzar al Córdoba por la rampa de la modernidad. En aquellos tiempos, si no tenías un "fichaje mediático" no eras nadie. Posiblemente le tocara la fibra sensible, ese orgullo deportivo que algunos competidores natos tienen y que les empuja a no rendirse, incluso a ver un estímulo en las dificultades. El Córdoba era, desde luego, una plaza complicada. Y Roberto -que por entonces ya se llamaba Robert- dijo que sí. Quienes pensaran -que los hubo al principio- que el ex internacional venía para pasearse por el césped y a trincar un puñado de billetes encontraron rápidamente motivos para desechar esos temores.

El 1999-2000 fue, en apariencia, un buen año. Un año magnífico. El equipo consiguió la permanencia de manera holgada y tuvo momentos francamente divertidos. Escalante estuvo en el banquillo toda la temporada completa, lo que le suponía atornillar de modo aún más fuerte su situación como leyenda del cordobesismo. Robert fue una de las piezas clave del grupo. Nadie jugó más partidos que él. Salió al campo como blanquiverde 40 veces, las mismas que Diego Ribera. Su presencia daba empaque y notoriedad mediática al Córdoba, que trataba de sacudirse los complejos enraizados después de casi dos decenios peleando por escenarios de poco fuste y alejado de la órbita del fútbol profesional. Robert habló sobre el campo. Y lo que dijo resultó brillante. Por detrás de la bonanza deportiva estaban los manejos de la trastienda, las luchas intestinas y los movimientos en la sombra que terminarían construyendo la imagen de marca del Córdoba en la primera década del siglo veintiuno. Ya saben: un vodevil con tantos disparates y dinero como poca sensatez en la gestión. Pero ésa es otra historia.

El ex jugador del Castellón, el Valencia, el Barcelona y el Villarreal, 29 veces internacional, con dos Copas del Rey y una Recopa en su palmarés, además de tres Eurocopas y dos Mundiales disputados con la selección absoluta, se acopló a la perfección a una plantilla repleta de canteranos que se habían curtido en los años duros de Segunda B. Juanito, Espejo, Rafa Navarro, Leiva, Óscar, Requena, Andrés Armada... Al lado de Robert, todo resultaba más sencillo. El castellonense tenía 20 años de servicio a sus espaldas como profesional. Y además de un expediente sensacional, demostraba una ética de trabajo que inspiraba a todos. Honrado, con coraje, este centrocampista con gol que terminó como defensa -era líbero, esa posición tan romántica y ya sepultada en los manuales de táctica- nunca se quiso rendir. Si pretendía retirarse cuando él quisiera y no cuando se lo mandaran las circunstancias, realmente lo consiguió. El Córdoba, ese modesto club de provincias ansioso por lograr el respeto de su nuevo vecindario en Segunda, fue el espacio ideal para el último baile del hombre de hierro.

De su carácter habla un episodio de la temporada 93-94, en la que tuvo una lesión en el talón de Aquiles. La única grave en su trayectoria. Tenía ya 31 años y jugaba en el Valencia, un grande, donde la competencia era feroz y los entrenadores no tenían -no podían- tener paciencia. Los dolores hubieran hecho desistir a cualquier otro. Pero Roberto siguió adelante. Se recuperó, se cambió el nombre -de Roberto a Robert- y se reinventó como jugador. El brasileño Carlos Alberto Parreira, entrenador en la 94-95 en Mestalla, se dio cuenta de que aquel tipo estaba construido de un material distinto al del resto. Volvió a ser titular en el Valencia, al que retornó después de cuatro años (del 86 al 90) en el Barcelona de Johan Cruyff, donde ganó títulos pero nunca una Liga. Se fue justo cuando nacía el Dream Team. Después, el Villarreal. Un equipo desconocido que emergía en Segunda para acabar alcanzando el cielo con él como pilar. Y, finalmente, el Córdoba. El punto final de una carrera que inició con 17 años en el Castellón y terminó al borde de los 39 con un homenaje inolvidable en El Arcángel.

El 10 de junio del 2001, tras su segunda temporada en el club -otra permanencia bien trabajada, aunque ya con locuras desde la cúpula directiva: tres entrenadores-, Roberto Fernández Bonillo cerró un ciclo. A los 87 minutos del partido que enfrentó al Córdoba CF con el Albacete, el castellonense sustituyó a Manolo. El estadio le tributó una ovación atronadora, que se prolongó ya hasta el final del partido y durante la vuelta de honor que hizo ante la mirada de su mujer, Consuelo, y sus dos hijas. El Córdoba perdió aquel partido por 1-4, pero a nadie le importó. Era el día de Robert, el último como futbolista. El Córdoba ya tenía un nuevo ídolo. Algo más de tres años después, Robert Fernández volvió a club como entrenador. Era la temporada 2004-05, la del cincuentenario de la fundación de la entidad. Y el mismo presidente que lo agasajó aquella tarde de 2001 en El Arcángel -sí, exactamente: Rafael Gómez- lo puso en la calle después de cinco partidos.

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18 de septiembre de 2013 - 11:00 h
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