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Jugadores del Córdoba, este miércoles en el primer entrenamiento de Merino | ÁLEX GALLEGOS

Paco Merino

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Uno suele hacerse preguntas trascendentales después de vivir situaciones traumáticas. Y a veces hasta encuentra respuestas o, al menos, salidas para evitar caer en la locura. Al Córdoba se le vino el mundo encima en el primer minuto de la Liga, justo cuando se abrió la batalla con fuego real después de una pretemporada histórica e idílica, con pleno de triunfos frente a adversarios que no volverá a ver. Todos nos sentimos bellos e irresistibles. Nos quisimos ilusionar porque así funciona este negocio de los sentimientos. Solo quienes tienen el pellejo muy duro y unas convicciones pétreas -benditos sean- son capaces de emprender una relación sospechando -aunque sea con fundamento- que todo saldrá mal. Y fue aún peor.

El Cádiz le dio la primera bofetada al equipo y lo dejó desnortado, sin estima propia ni cariño ajeno. Y ahí sigue. Diez jornadas después, está en puesto de descenso y figura como el conjunto más goleado de toda la Segunda División. El domingo pasado todo el mundo se juramentó para demostrar que eran capaces de adecentar su marcha. ¿El resultado? Su más abultada derrota de todos los tiempos en la categoría de plata (1-5) ante un Nástic que no había salido del grupo de los peores desde la jornada uno. El Arcángel se quedó vacío antes de tiempo. El personal ni siquiera protestó. Entre la decepción y la vergüenza se marchó a casa paladeando el sabor del fraude. Esa noche echaron a Carrión -aunque no se oficializó hasta casi 48 horas después, en una estrategia del club tan incomprensible e injusta para el técnico como tantas otras- y el dueño del club decidió activar la maquinaria para la sucesión en el banquillo.

Si en otro tiempo se daban tortas para entrar en el Córdoba, parece claro que ahora la tendencia ha cambiado. El Arcángel ha perdido -¿por qué será?- casi todo su atractivo como destino profesional, pero aún queda por ahí algún valiente. Este miércoles ha empezado a trabajar al frente del grupo Juan Merino, un obrero del fútbol de quien dicen que su ideario es, ante todo, pragmático. Lo demostró nada más aterrizar. En la misma sala de prensa. “El objetivo es salir del descenso”, soltó el entrenador de La Línea de la Concepción. Para eso le han contratado. Y hará lo que sea necesario para conseguirlo. No hubo milongas de estilo, filosofía, promesas ni humo. Le han llamado para resolver un problema. Si lo consigue, podrá montar por primera vez su propio proyecto en una segunda temporada de contrato. Pero eso será otra historia. De momento, Merino tiene tarea por delante.

Lo peor del Córdoba actual no es su clasificación. Ni sus resultados. Ni su fútbol de garrafón. Ni el modo tan grotesco en que ha reventado su plan para convertirse en alguien relevante dentro de la Segunda División. Lo peor es que se ha transformado en un desconocido para su propia gente, en un equipo despersonalizado cuyos argumentos de seducción son inconsistentes. Hoy sale con una cara, mañana con otra, pasado quién sabe. El cordobesismo anda confundido, sin saber qué puede esperar de los suyos y preguntándose si realmente puede considerarlos así. “Espero que con mi marcha baje el nivel de tensión”, expresó Carrión, que dijo adiós del modo más elegante. Pero atrás quedan los González, que siguen sin encontrar la fórmula -¿la han buscado? ¿realmente les importa?- para evitar que el Córdoba sea un ente cada vez más ajeno a la ciudad que lo acoge.

Lo mejor de todo este desastre es que el Córdoba, al menos, ya tiene una meta fijada: evitar el descenso. No tendrá que estar durante meses explicando que por qué hace una cosa u otra. A partir de ahora, lo bello es lo útil. Pronto llegará la apertura del mercado invernal y seguramente habrá movimientos para ajustar una plantilla con deficiencias y sobrevalorada. Para entonces se espera que aquellos futbolistas por los que se pagó un buen dinero en verano -y bien que lo pregonaron los rectores- hayan realizado una aportación positiva. Los Jona, Josema, Jaime, Joao, Jovanovic... Ese equipo de cinco jotas que ahora no pasa de mortadela empaquetada. Todos serán imprescindibles para salvar del mejor modo posible una temporada que irá dedicada a todos los que se reían de nosotros por celebrar la salvación en la última jornada.

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