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Pueblo de Obejo: ¿crónica de una muerte anunciada?

Campanario de la iglesia de Obejo | RAFAEL FERNÁNDEZ SAEZ

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En nuestra sierra cordobesa, en uno de los entornos naturales más privilegiados, el pueblo de Obejo parece ir languideciendo poco a poco, perdiendo su pulso vital. Durante muchos siglos esas tierras fueron alimentando y sosteniendo a innumerables generaciones de sus habitantes; a veces con dificultades y otras con mayor esplendor. Pero entre penurias y abundancias, tiempos de conflictos o de paz, de revoluciones o involuciones, se fue configurando un sesgo propio cultural transmitido por cada uno de los eslabones que forman la memoria colectiva de este pueblo y, con ella, una forma de vivir y de relacionarse con el medio que les rodea y acoge.

Sin embargo, en estos tiempos de ratios, de algoritmos o estadísticas parece que el lenguaje numérico, de resultados, se va imponiendo al lenguaje humano. Ya no resulta rentable mantener un centro de salud si no es para no sé cuántos miles de habitantes; ya no resulta rentable una oficina bancaria si no se alcanza no sé qué cifra de negocio; ya no resulta rentable unas buenas líneas de comunicación si no es para no sé cuántos pasajeros. En definitiva, algunas formas de vida, algunos lugares, que por su distancia a los grandes núcleos poblacionales se les condena al ostracismo, ya no son rentables. Y así, sus habitantes, especialmente los jóvenes, ante este creciente abandono y olvido, han iniciado su propia diáspora, su viaje, para muchos de ellos, a ninguna parte.

Ahora parece que la única alternativa, la única forma de vida es la de juntarnos en urbes cada vez mayores. Y la propia vida humana ya solo parece rentable si cuando se nos cuenta somos más de tropecientos mil. Es la supremacía del homo macro urbanus, con sus inmensas praderas de alquitrán, sus bosques de cemento y su aire perfumado de monóxido de carbono. Esa nueva vida en la que solo se percibe los cambios climáticos si no puedes pagar el aire acondicionado o llenar tu piscina, donde el entorno natural nos queda tan lejos de nuestra cotidianidad diaria que apenas si tiene cabida en un par de documentales o en alguna excursión dominguera.

Pero esta apología de la masificación, de las macro urbes, de una vida cada vez más virtual que natural, donde nos vamos convirtiendo más en dígitos que en personas, donde nadie escucha a nadie sin un número o cita previa, está teniendo sus consecuencias. “Aquí no queda sitio para nadie”, nos canta Sabina en “pongamos que hablo de Madrid”. “Aquí no queda sitio para la vida humana”, puede que nos cante alguien en “pongamos que hablo de nuestro planeta”.

Por todo ello, por lo que se intuye, por lo que se avecina, parece evidente que hay muchas cosas que debemos replantearnos, muchas cosas que cambiar. Y para ese cambio sería transcendente mantener o devolverles la vida a esos pequeños núcleos poblacionales insertados en el medio natural, como el pueblo de Obejo, para que puedan continuar, reconstruir o potenciar una forma de vida sostenible y en equilibrio con esa naturaleza que, al fin y al cabo, nos sustenta a todos. Y también, por qué no, para que nos sirva de ejemplo o punta de lanza que impulse los cambios que nuestro actual modelo de vida, incuestionablemente suicida, necesita.

El pueblo de Obejo y sus habitantes, según los parámetros actuales, ya no son rentables. Si seguimos así puede que la propia naturaleza nos ponga de manifiesto sus incontestables parámetros para hacernos comprender que, para ella, para la continuidad de la vida, nosotros, los humanos, no les somos rentables.

*José Moral es miembro de la Iniciativa ciudadana por el Parque Natural Sierra Morena de Córdoba y de la Plataforma A Desalambrar.

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