Por la declaración de BIC de la taberna el Gallo

Es triste ver cómo desparecen personas y también lo es ver cómo desaparecen los espacios que con ellas frecuentamos.

Lugares como el Gallo donde vivimos momentos entrañables y tardes en las que veíamos pasar la vida a través de su  cristalera.

Sobra decir que la mítica Guía Miguelín de Bares y Tabernas, ya en su edición de 1936, le concede al Gallo cinco estrellas, con esta argumentación:

‘Tanto por sus inigualables gambas rebozadas como por su único y renombrado vino amargoso, este establecimiento raya a la altura de la morada de los dioses que habitaron la colina donde se halla.

No obstante, es necesario advertir a las personas susceptibles que sus estancias impregnan a sus parroquianos de una huella inmaterial’.

Por otra parte, volviendo al presente, es inquietante que nuestra ciudad, como tantas, vaya perdiendo su identidad para verse amalgamada en calles que pueden pertenecer a cualquier otra.

G.K. Chesterton, el inclasificable novelista inglés, decía que la educación es simplemente el alma de una sociedad pasando de una generación a la otra.

Nuestros bares, tal y como los entendemos, quizá no formen parte de nuestra educación pero sí de nuestra cultura.

De ahí, la necesidad de rescatar de la persiana bajada, del cerrojazo, del olvido esas paredes, ese solería de agua, esa barra de mármol donde apoyarse para hablar, comer, beber y estrechar lazos de amistad frente a esas columnas que con la segunda copa en el espíritu nos hacen pensar que quizá  aunque morimos, seamos eternos.

José Carlos Castillo Torronteras

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Publicado el
3 de febrero de 2019 - 01:01 h
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