El monte que levantó el Aceite Andaluz en Roma

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Estrabón (inicios de s. I d. C), en el libro III de su Geografía, nos describía los paisajes agrarios de nuestro Guadalquivir medio: "Es un placer para la vista, pues las tierras reverberan de bosques de todas las variedades de plantaciones". Por eso la Turdetania, es decir, el valle del Genil, del Guadalquivir, Sierra Morena y un poquito de su más allá, "exporta muchísimo cereal, vino y aceite, no sólo en enorme cantidad, sino de excelente calidad", de lo que hablan con claridad el tamaño y el número de sus barcos "pues sus enormes naves mercantes navegan rumbo a Puteoli y el Golfo de Nápoles, y Ostia, el puerto de Roma, rivalizando casi en número con las naves libias (es decir, del norte de África)".

Todo ello tenía un planteamiento estatal organizado de retaguardia. Roma había ordenado y fiscalizado el territorio en nuestro valle; había intervenido, a la manera de los antiguos. Asignación de tierras, desarrollo del paisaje agrario, fomento de la villae como centros de explotación. Todo cuanto se iba a llevar por delante el tradicional modelo del pequeño campesinado, se había puesto en marcha. Sin embargo, todo ello generó el momento de mayor desarrollo agrícola de esta región, ese en el que, para Plinio, la Bética, únicamente era comparable a la Provincia de Asia, las dos muy por encima del resto.

Un proceso de siembra intensiva de olivar incentivado por la administración debió iniciarse en torno a los años 20 a. C, para que fuera posible la exportación de tal masa de aceite, dos décadas después, a partir del cambio de Era. Tanta como para formar un monte en Roma. El estado romano, mediante la Annona (una suerte de "Agencia Estatal de Manutención de la Población y el Ejército"), abastecía las provincias, las legiones que defendían la frontera con los Germanos, y hasta el norte del mundo atlántico; todos se inundaban de aceite bético.

Roma no externalizó el negocio. Ni dejó que se evaporase en manos ajenas. Ni dejó que su riqueza no se sintiese en origen. Ni mucho menos. Aunque en un sistema de monopolio, la política agrícola de los emperadores, sobre todo en el s. II d. C., supuso un apoyo a los industriales olivareros, a los que garantizaba una compra justa y comercialización de una parte de su producción aceitera. El resto era para libre mercado. Para ello, las villae, los latifundios, acabaron mayoritariamente organizando el territorio. Centros mayores de producción, fueron sin duda lugares de innovación agropecuaria, donde el aceite incentivó otras industrias, ganaderas y agrícolas, entre las cuales, por supuesto, el vino.

Los possessores cada vez tenían más negocios que atender y su personal crecía. Las ciudades, como centros de administración, lograron con ello un buen desarrollo: cómo si no se puede explicar la pujanza monumental de Écija entre final de s. I y s. II d.C. Los grandes propietarios pasaban cada vez más horas enfangados en los negocios del campo en la ciudad. Sus encargados, de nuevo Columela, miraban para sí mismos más que para el propietario, de modo que este acabó dando terruños a los esclavos a cambio del tercio. Esclavos que, con ello, acabaron pagando su manumisión y llegaron a ser nuevos, y los mejores, comerciantes.

No todo el óleo relucía. La usura de los grandes possesores no dejaba de centrarse en la miseria de los pequeños, que a veces a duras penas resistían, pero que, con el estado, tenían al menos cierta salida para su producto. A malas cosechas, mayores cargas de deuda y mayor concentración de tierra en menos manos. Las villae, no dejaban de crecer engullendo el minifundio. La economía pujante entre tanto reciclaba a los pequeños agricultores en semi-proletarios. El trabajo por cuenta ajena, iba resultando positivo para todos.  Mal que bien, había una planificación y un plan de contingencia.

Veinticinco millones de fragmentos de ánforas de aceite de la Bética (30kg de tara, 90kg llenas) dieron lugar a uno de los barrios más famosos y singulares del Roma: el Testaccio. El monte de los Tiestos, que investigadores españoles estudian desde décadas.  A sus cercanías llegaban las naves béticas, descargaban el aceite y desechaban el ánfora, no apta para otro producto y demasiado cara y pesada para traerla vacía de vuelta. En su lomo constaba toda la información fiscal del aceite, desde el productor al transportista, prueba de la excelente organización administrativa del aceite andaluz. En sus asas el alfar de producción.

No serán los romanos, claro que no, los mejores defensores del libre comercio, de propietarios ni de la libertad de los jornaleros. Sin embargo ellos intervinieron y protegieron favoreciendo a todos cuantos trabajaban la tierra.

Quizás por ello nunca nuestras ciudades fueron más prósperas que cuando mejor le fue al campo.

Ay, qué bonica

Verla en el aire

Quitando penas

Quitando hambres

Verde, blanca y verde

(Don Carlos Cano)

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Publicado el
17 de febrero de 2020 - 11:15 h
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